El misterio del comprador del Caravaggio de 100 millones de dólares

A pesar de las dudas sobre su autoría, «Judith y Holofernes» se vendió por más de cien millones de dólares 48 horas antes de salir a subasta.

Unos trabajadores embalan «Judith y Holofernes», atribuido a Caravaggio por un experto, que el martes se vendió antes de llegar a la subasta. Foto: Reuters
Unos trabajadores embalan «Judith y Holofernes», atribuido a Caravaggio por un experto, que el martes se vendió antes de llegar a la subasta. Foto: Reuters

A pesar de las dudas sobre su autoría, «Judith y Holofernes» se vendió por más de cien millones de dólares 48 horas antes de salir a subasta.

Caravaggio, el Jim Morrison de la pintura, un tipo con mala prensa. Las acusaciones de poseer un carácter violento, retratar prostitutas en sus cuadros religiosas (algunas de ellas aparecen en varias obras y se conocen tanto quiénes eran como cuáles eran sus nombres), arrastrar el mito de una sexualidad equívoca, ser un reconocido proxeneta y haber liquidado en un encuentro con hierros por medio a un rival en el Campo de Fiori en Roma y, sobre todo, hacer alarde (casi todo en él lo era) de un talento extraordinario con los pinceles, le han convertido en un «hit» incontestable de la historia del arte. Uno de esos maestros capaces de organizar colas interminables frante a los museos. Sus exposiciones son éxitos garantizados de antemano. Hay gente que viaja desde otros países para asistir a las retrospectivas y montajes sobre el pintor y que, incluso, se jactan de haber visto todos sus cuadros. Hay personas que coleccionan cromos y otras pinturas «vistas», que ya pueden tachar de la tabla de obras visitadas.

La descripción de este éxito no es casual y sirve para comprender mejor lo que ha sucedido el último martes por la noche. ¿A qué museo no le gustaría contar con un Caravaggio en su colección o un Leonardo que sirva de reclamo y atraiga al público? Lamentablemente, ambos artistas tienen una obra limitada (y,a demás, no eran tan prolíficos como otros) y la adquisición de piezas nuevas que hayan salido de su mano resulta difícil porque la mayoría ya están en museos, instituciones o en particulares que no los piensan soltar. Claro que siempre puede encontrarse un óleo nuevo en el sótano, o en un ático, como ha sido el caso de de «Judith y Holofernes», que apareció debajo de un colchón en una casa de Francia.

El hallazgo se aireó pronto y, junto a la atención que suscitó, surgieron también numerosas dudas sobre su autoría. Todos apelaron, para resolver el misterio de la atribución, a la restauración. Eric Turquin, como juez de la tarea, no dudó y autentificó el lienzo como obra de Caravaggio. Añadió, además, que «era una de sus mejores pinturas». Y, como al parecer no era suficiente con eso, también la valoró y lo hizo en 170 millones de dólares. Argumentó, para defender tan decidida postura, que las pruebas radiológicas habían constatado que «cambió mucho a medida que se pintaba, aplicando bastantes retoques. Eso prueba que es un original». Y original será, pero no tiene por qué ser de Caravaggio, un pintor, como saben todos los expertos, que no hacía dibujos previos en la tela y que, como demostró, entre otros, David Hockney, empleaba cámara oscura para dibujar (por eso sus cuadros contienen errores de perspectiva).

Muchos especialistas italianos han expresado sus dudas sobre la decisión que incluirlo en el canon oficial de las obras de Ca-ravaggio, pero eso no ha impedido que ayer se vendiera, se dice que por 132 millones de dólares, cuarenta y ocho horas antes de que saliera a subasta. Una verdadera rareza, al igual que Francia permita exportarlo, cuando otro país habría prohibido sacarlo. La horquilla que se manejaba para su venta oscilaba entre 100 y 150 millones, incluso se hablaba de la posibilidad de que alcanzara los 170. ¿Por qué se ha tomado esta decisión? ¿Por miedo a que no se vendiera por las dudas más que razonables que existe sobre el autor?

Un nuevo tipo de subasta

La venta se ha hecho mediante un contrato de confidencialidad que impide decir quién es su nue-vo propietario y la suma que ha pagado por él. Pero se rumorea que ha superado los cien millones. Desde la casa de subastas Labarbe, quien lo iba a sacar a puja, ha basado su decisión de venderlo a un particular por una oferta que ellos consideraban irrechazable. Y, también, porque se lo ha quedado una persona vinculada a un museo relevante (¿los de Dubai y Qatar?).

Parece que desde hace tiempo las casas de subastas se han quitado de en medio complejos y han apostado por sacar a la venta obras de grandes maestros, pero sobre los que pende la espada de Damocles de su autenticidad. La operación, mucho más popularar y aireada, vino con el «Salvator Mundi», que se atribuyó a Leonardo da Vinci, pero que, a pesar de estar detrás la palabra de uno de los mayores expertos en el maestro, no convence del todo. Turquin ha intentado refrendar sus explicaciones basándose en documentos. Asegura que la primera verisón que hizo de este tema es de 1598, que se encuentra en el Palazzo Barberini, pero que esta segunda es la que corresponde a 1606. Una época compleja para el pintor, porque en ese año tuvo que huir. Un percance, afirma él, que le obligó a pintar de manera más precipitada y «espontánea». La familia que lo poseía asegura que un antepasado lo pudo traer de Italia durante las campañas napoleónicas.

¿Pero quién más lo pudo pintar?

Si este óleo no es de Caravaggio, ¿de quién puede ser? Para muchos expertos, detrás podía estar la mano de Louis Finson, uno de los discípulos de Caravaggio. Sería un caravaggista muy adiestrado en la técnica del claroscuro y que, de ser él, podría haberse fijado en el original del artista para ejecutar su obra.