El Orson Welles punk

El actor fue el coronel Kurtz, un ex boina verde con su propio ejército que se deja adorar por los nativos
El actor fue el coronel Kurtz, un ex boina verde con su propio ejército que se deja adorar por los nativos

¿Cuál es la diferencia entre talento y genio? Si hubiera que personalizar esa diferencia de alguna manera, la figura más adecuada para hacerlo sería la de Francis Ford Coppola.

¿Cuál es la diferencia entre talento y genio? Si hubiera que personalizar esa diferencia de alguna manera, la figura más adecuada para hacerlo sería la de Francis Ford Coppola. Sabida es su admiración por Orson Welles y John Ford (de éste último incluso escogió su segundo nombre de pila); por tanto su tendencia a mirarse en el espejo de lo genial, más que en el del esforzado talento, data ya de sus primeros pasos. Sea como fuere, lo innegable es que Francis Ford es, casi con toda seguridad, el único director que ha alcanzado la consideración pública de genio en una hornada repleta de cineastas talentosos. Probablemente se debe a dos cosas: a sus arriesgadas decisiones artísticas y a su terca voluntad individual. Sólo esas dos complejas características le permitieron saltar el abismo generacional y convencer o hechizar con sus historias a las generaciones siguientes. No es casual que Coppola se embarcara en la dirección de «Apocalypse Now» (la película sobre Vietnam que acaba con todas las películas sobre Vietnam) precisamente en 1976, el año en que en Londres se incubaba el punk. Los jóvenes de esos años crecían en la desesperanza. Sobre su cabeza, la crisis económica y la posible guerra nuclear planeaban diariamente desde los telenoticias televisivos. Las buenas intenciones de los sesenta habían desembocado en aquella ceremonia de la confusión tan sólo diez años después de proponer sus utopías. Es comprensible que toda aquella juventud se uniera bajo el eslogan «No hay futuro». A esa juventud parecía que tipos como Coppola podían entregarle poca cosa, más allá de incomprensión y desconcierto. Al fin y al cabo, había nacido veinte años antes que ellos y sólo parecía un hippie que había tenido suerte y buen gusto para personalizar italianizadamente un best-seller de Mario Puzo. Pero Francis Ford no se quedó ahí: mezcló la novela de Joseph Conrad «El corazón de la tinieblas» (que también había interesado a Orson Welles) con sus ideas de hacer una película sobre Vietnam. Y se pasó tres años en la selva filipina luchando para sacarla adelante.

En 1979, creo que sólo esa película podía entregar a la generación joven un retrato de la confusión, el despropósito, la barbarie y la locura de la guerra, a la altura emocional de lo que estaban presenciando cada día a su alrededor. Del relato de Conrad finalmente había tomado poco argumento, pero el aire que lo animaba (el terror de lo desconocido, de la barbarie irracional y la intemperie) estaba allí. Mostraba esos rasgos como recurrentes en la vida humana, comprometiendo seriamente su futuro. Los punks adoramos esa película honrada, descarnada y fascinante. Tan cruelmente verosímil como «Out of the Blue» de su colega Dennis Hooper (quien, por cierto, también aparecía en «Apocalypse Now» haciendo un papel de fotógrafo correveidile). Su acierto no fue flor de un día: cuando el punk se convirtió en nueva ola, se mostró capaz de entregarles a esos mismos contemporáneos dos retratos veraces y creíbles de su desconcierto juvenil en filmes como «La ley de la calle» y «Rebeldes».

¿Qué rasgos convierten a todas las obras citadas en elementos de genio? Sólo dos cosas: la intensidad y la concentración. Las dos cualidades más necesarias para los poetas. Coppola sabe cómo manejarse con ellas, pero además es tan consciente de su importancia que pone siempre a su servicio la terca voluntad individual de la que hablábamos y jamás duda en tomar decisiones arriesgadas artísticamente para no alejarse de ellas. Sólo así se explica que los de mi quinta viéramos cómo, diez años después, seducía y fascinaba a la generación siguiente (los nacidos en 1971) con una de las mejores adaptaciones de «Drácula» que jamás se han hecho.

El último rasgo que acompaña al genio es siempre la polémica y también la encontramos en la filmografía de Francis Ford con «Corazonada», una obra maestra del año 82 tan personal que sólo es posible amarla u odiarla. Narcótica, dulzona; muestra las dos caras del genio: tan capaz de retratar la enervación nerviosa del horror humano en su Apocalipsis como la melancolía detenida de las endorfinas amorosas. Tantas dianas complejas no se consiguen con simple talento expresivo o narrativo. Hay genio.