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El otro Franco

El Caudillo tuvo en el siglo XVII un alter ego, un sacerdote jesuita con el que no sólo compartía nombre y apellido, sino también una fuerte devoción por la Virgen del Pilar

  • Grabado que representa a Francisco Franco ante el Tribunal del Santo Oficio
    Grabado que representa a Francisco Franco ante el Tribunal del Santo Oficio

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28 de febrero de 2016. 22:08h

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29/2/2016

¿Era Francisco Franco sacerdote? El otro Franco, sí. Aludimos a un personaje singular que ahora nos disponemos a rescatar del abismo sideral de la Historia, llamado exactamente igual que el hombre que rigió los designios de España durante casi cuarenta años, por increíble que parezca. Sacerdote jesuita, en su caso, Francisco Franco no fue en modo alguno un personaje de ficción. Nació en el año de gracia de 1591, en la localidad zaragozana de Sediles, convirtiéndose con el tiempo en rector de Huesca y Zaragoza, donde falleció en 1679. Pese a vivir en siglos tan distintos y distantes, el sacerdote y el militar tuvieron en común no sólo el nombre. Ambos compartieron su mismo sentido trascendente de la existencia: mientras el clérigo invocaba siempre a su santa predilecta, Teresa de Jesús, para que le ayudara en su vida ascética, el Generalísimo de los Ejércitos llevaba siempre consigo en sus campañas de la Guerra Civil la mano derecha, que no la izquierda, de la célebre Doctora de la Iglesia.

Sagrada conversación

El padre Francisco Franco manifestó al tribunal del Santo Oficio que le absolvió finalmente, que además de sus locuciones privadas con Jesucristo y la Virgen María, escuchaba con cierta frecuencia la voz de su santa preferida. Su homónimo el Caudillo no llegó tan lejos como él, pero siempre que podía tenía a la vista la mano derecha de Teresa de Jesús, que le fue entregada por las monjas de las Carmelitas Descalzas cuando desalojaron su convento malagueño de Ronda. En sus desplazamientos por el frente o la retaguardia, un asistente especialmente designado por él transportaba y custodiaba tan valiosa reliquia, con mayor celo aún que si guardase las claves secretas de las posiciones de todas sus baterías. Al acostarse, el general colocaba la mano de Santa Teresa sobre su mesilla de noche. Años después, con ocasión de su enfermedad circulatoria, la reliquia de la santa fue llevada a la habitación 609 del Hospital del Generalísimo. Los «dos Franco» profesaban también gran devoción a la Virgen del Pilar, patrona actual de Zaragoza y de la Guardia Civil. Hallándose en Roma en 1642, como procurador de Zaragoza, el jesuita Francisco Franco informó al Papa Urbano VIII, sucesor de Gregorio XV, del milagro del Cojo de Calanda.

La noticia sobre Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda, población situada en el bajo Aragón, reclamó el interés del rey Felipe IV de España, de la Santa Sede y de la mayoría de los reinos de Occidente, propiciando incluso la composición de esta sentida copla popular: «Miguel Pellicer/ vecino de Calanda/ tenía una pierna/ muerta y enterrada. /Dos años y cinco meses, / cosa cierta y probada, / por médicos cirujanos/ que la tenía cortada...».

Francisco Franco dio fe ante el Papa de que el infortunado Pellicer, de veintitrés años, había sufrido un accidente en el campo mientras recolectaba trigo. Una rueda de carro pasó por encima de su pierna derecha, triturándosela. Gangrenada por completo, el cirujano no tuvo más remedio que amputársela cuatro dedos por debajo de la rodilla en el hospital público de Zaragoza. La pierna fue enterrada, como era costumbre, en el cementerio del hospital. Desde entonces, Pellicer se dedicó a pedir limosna a la puerta del Santuario del Pilar, frotándose luego el muñón con un poco de aceite de una lámpara de la iglesia tras asistir a misa. Hasta que el 29 de marzo de 1640, mientras dormía plácidamente, le fue reimplantada repentina y definitivamente la pierna derecha que dos años antes había perdido.

Inocencio VIII se quedó boquiabierto al escuchar el relato de Francisco Franco; lo mismo que el rey Felipe IV, padre del Carlos II «el Hechizado», cuando el jesuita le entregó un memorial donde se le conminaba a cambiar de inmediato su vida de crápula. No en vano, se atribuían al monarca hasta cuarenta hijos bastardos, entre ellos don Juan José de Austria. El sacerdote instó al rey, con valentía, a que volviese su mirada a Dios. De lo contrario, la dinastía de los Austrias se extinguiría para siempre de España y habría muchas guerras. Mientras el soberano leía el comprometedor documento, el visionario jesuita contempló despavorido al rey muerto con sesenta años. Su cadáver apareció ante sus ojos vestido con traje de terciopelo de amusco en el interior de un catafalco de plata y terciopelo rojo. El rostro inerte del monarca era alargado, los ojos estaban cerrados, la mandíbula saliente, y el largo y fino bigote con las guías hacia arriba. La profecía de Francisco Franco se cumplió a rajatabla.

*Historiador

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