Cultura

El Prado da voz a las mujeres: de la “celebrity” Anguissola a la emprendedora Fontana

Eran dos mitos en su época, dos creadoras admiradas por su talento. La pinacoteca dedica una muestra a Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, las artistas que rompieron los tabúes y abrieron el camino del arte a las mujeres

Eran dos mitos en su época, dos creadoras admiradas por su talento. La pinacoteca dedica una muestra a Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, las artistas que rompieron los tabúes y abrieron el camino del arte a las mujeres.

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Estaban ahí y nadie las veía. Eran los cuadros invisibles de las colecciones, los nombres que la memoria de los visitantes no retenía: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Unas mujeres que en su época, finales del siglo XVI y principios del XVII, gozaban de enorme reputación y arrastraban consigo una aura mítica. Disfrutaban de fama, la admiración de sus colegas y el respeto de los compradores y coleccionistas. Pero el destino, que desconoce el significado de la palabra justicia, después de permitirlas disfrutar del éxito en vida, posteriormente relegó sus figuras a ese desván sin corriente eléctrica que es el olvido hasta nuestros días. «Ellas abrieron el camino, rompieron los tabúes existentes. Después ya vino Artemisia Gentileschi. No son las primeras en pintar. Ya habían existido con anterioridad iluminadoras que, en la oscuridad y el silencio de los conventos, habían dado pruebas de su talento en los libros miniados que se copiaban en los scriptorium, pero no sería hasta el siglo XVI cuando las artes dejaron de ser algo restringido al mundo masculino. Estas dos mujeres cimentaron los primeros peldaños, los que resultaron los más productivos, sobre todo en cuanto a la visibilidad. Van a conseguir derribar unas compuertas que permanecían cerradas para que, en adelante, las mujeres pudieran ahondar en la práctica artística, algo que será frecuente a lo largo del siglo XVII, un periodo en el que ya se consideraba honorable que ellas también practicaran la pintura». Leticia Ruiz, Jefa del departamento de Pintura Española hasta 1500 del Museo del Prado, es la comisaria de una exposición que continúa la senda que esta misma pinacoteca abrió con Clara Peeters, una iniciativa que pretendía reparar una injusticia enquistada: la ausencia de muestras dedicadas a las pintoras. Su exposición saca a relucir dos biografías que comparten abundantes semejanzas, pero también muchas diferencias, aunque tienen un nexo común: la pasión por el lienzo. Las dos nacieron en Italia: Sofonisba en Cremona y Lavinia en Bolonia. La primera provenía de la nobleza baja, pero nobleza en todo caso, y conjugó su devoción por los pinceles –una pasión que su padre promovió entre sus hijas– como una afición más que como una profesión. La segunda, procedente de un estamento más humilde, pero de un evidente talento innato que sobresalió en su pubertad, tuvo la fortuna de contar con un progenitor artista, que posteriormente se casara con un hombre atraído también por el arte (y que ante el empuje y el indiscutible don de su esposa decidió dar un paso atrás) y alcanzar el mérito, nada menospreciable, de ser la primera mujer en inaugurar un taller.

Las dos se beneficiaron del ambiente aperturista y tolerante que existía en el siglo XVI. Unas décadas que deseaban dignificar el papel de las mujeres, que abogaban porque recibieran una educación apropiada (que tuvieran conocimientos sobre diversas materias, aunque no fueran muy abundante) y que propició que, por primera vez, el género femenino disfrutara de la posibilidad de acceder a unos aprendizajes y abandonar el silencio de clausura que predominaba en los monasteriores. Después llegaría la Contrarreforma, que traería nuevos vientos, aunque eso sería otra historia. «Sofonisba, que alcanzaría una enorme maestría en el retrato y que acometería numerosos autorretratos, era una verdadera celebrity, entendido en el sentido moderno, en su país. Su ascendencia noble logró, a su vez, ennoblecer la pintura. Lavinia recogerá esa antorcha y usará la pintura para crecer socialmente, ya que gracias a su antecesora, pintar estaría considerado como algo aristocrático. De esta manera se convirtió en la primera profesional de la pintura», explica Leticia Ruiz.

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El Prado, a través de 65 obras, 56 de ellas préstamos, repasa las diferentes etapas, facetas y estilos que recorrieron estas creadoras. Unas virtuosas que cultivaron con éxito el retrato, el cuadro religioso y la pintura/relato, que destacaron de una manera notable en las peligrosas pautas del dibujo y la apuntación rápida, y que no se detuvieron jamás ante la barrera que pudiera suponer ningún género. «Esta es una pintura dirigida a convulsionar nuestras mentes. La mayoría piensa que ellas desarrollarían una pintura propia de mujeres, como bodegones o composiciones piadosas de reducido tamaño, pero a través del primer óleo, con el que precisamente comienza el recorrido de la muestra, un cuadro dedicado a la diosa Minerva, que se la considera la inventora de las artes, de la aguja y el telar, y a partir de ahí, por tanto, de la pintura, nos damos cuenta de que no es así. Este cuadro, una formidable realización de Lavinia, la primera profesional de la pintura y la primera mujer que aborda algunas de las grandes prohibiciones presentes en su época, es una verdadera declaración de principios», comentó Leticia Ruiz.

La exposición no es únicamente un repaso por sus trabajos (de Sofonisba se conservaban en todo el mundo alrededor de cincuenta piezas y de Lavinia, unas 150 en total), sino una mirada a la manera diferente que estas mujeres tuvieron de acometer sus carreras. A pesar de las concomitancias que existen entre ellas, las dos poseen una forma distinta de abordar su oficio. Sofonisba, que también enseñó a sus hermanas a manejar el pincel, no podía cobrar por sus telas. A cambio, recibía regalos, prendas textiles de alto valor o joyas (como la que recibió de Carlos de Austria). Enseñó a pintar a Isabel de Valois y sus hijas durante su estancia en España. Sofonisba demostró su gran capacidad de adaptación y no tardó en emular el estilo que prevalecía en la corte de Felipe II: esa severidad y distancia de los Habsburgo, pero a la que añadió una penetración psicológica mayor. Al revés que Lavinia, no practicó tanto la pintura religiosa y nunca tuvo un taller. Lavinia, en este sentido, pudo ensanchar la senda que ella había inaugurado. Recibió encargos, se atrevió con la pintura doméstica y la religiosa. Y, con el tiempo resquebrajó el último muro: la pintura mitológica, que es donde, por lo general, se practicaba el desnudo, algo que estaba terminantemente prohibido para una mujer y que ella elevó a un territorio erótico que jamás se había explorado.

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