El último Capote, a sangre fría

El legado dejado por el autor de «Desayuno con diamantes» en la casa de su amiga Joanne Carson sale a subasta y muestra algunos de los más íntimos secretos del gran autor estadounidense.

Las fotografías que salen ahora a subasta, muchas de ellas inéditas,  muestran a un Capote feliz, anciano y sin problemas a ser pillado in fraganti con sus vicios. Como en la imagen superior, en pleno chute de «adrenalina».
Las fotografías que salen ahora a subasta, muchas de ellas inéditas, muestran a un Capote feliz, anciano y sin problemas a ser pillado in fraganti con sus vicios. Como en la imagen superior, en pleno chute de «adrenalina».

El legado dejado por el autor de «Desayuno con diamantes» en la casa de su amiga Joanne Carson sale a subasta y muestra algunos de los más íntimos secretos del gran autor estadounidense.

Todo se puede vender, aunque a veces ese material sirva para explicar las muchas sombras relacionadas con la etapa final de uno de los grandes nombres de la literatura estadounidense del siglo pasado. Si hace unas semanas se conocía, tal y como explicó este diario, que la casa de subastas Julien’s Auction, en Los Ángeles, dejaría en manos del mejor postor parte de las cenizas del autor de «Desayuno con diamantes», ahora sabemos que en esa misma subasta podremos encontrar más documentos y objetos personales que explican los últimos capítulos de una vida complicada, de alguien que tras el éxito obtenido por «A sangre fría» no pudo culminar su carrera con el que debía ser su gran libro, «Plegarias atendidas».

Todo este material procede del legado dejado por quien fue su última amiga, guardiana de sus secretos y mecenas de algunos de sus excesos, Joanne Carson, fallecida en mayo de 2015 a los 83 años. La que fuera esposa de la popular estrella de la televisión Johnny Carson acogió en su casa de Bel Air al autor de «Música para camaleones» y fue en ese lugar donde tuvo el último espacio en el que poder trabajar en el manuscrito de «Plegarias atendidas», aunque nunca logró acabarlo. Tal era la amistad entre Carson y Capote que ambos están enterrados en el mismo nicho en el Westwood Memorial Park bajo el epitafio «Beloved Friends», es decir, «Queridos Amigos».

Hasta su fallecimiento, Joanne Carson guardó como auténticas reliquias todo cuanto dejó Truman Capote en su casa, desde ropas a libros pasando por los botes de pastillas o sus sombreros, un conjunto que se deja en manos del mejor postor el próximo 23 de septiembre. A ello se le sumó la caja con una parte de las cenizas del escritor que acompañó a Joanne hasta el punto de que, como decía ella, su presencia en casa le daba tranquilidad. El cofre, en el momento de escribir estas líneas, se encuentra en 3.750 dólares (3.300 euros), aunque se espera que llegue a los 6.000.

Joanne Carson fue la autora de un conjunto de fotografías, en su mayoría inéditas, que nos permiten ver a un Capote casi anciano, pero feliz y al que no le importaba ser retratado en las situaciones más insólitas. Son imágenes que el escritor sabe que se están tomando, pero no parece molestarle que exista una cámara delante.

En este sentido destaca un conjunto de inagenes impresas, diapositivas y negativos –con un precio de salida de 150 dólares– con Capote acompañado de Joe Petrocik, uno de sus más íntimos camaradas en los años 80. Es aquí donde Capote, vestido solamente con calzoncillos y una camiseta con comentarios lascivos, baila como hacía cuando apuraba las últimas horas del día en la pista Studio 54. ¿Puede que esa actitud se deba a las adicciones del escritor? Imposible saberlo, aunque en el mismo lote podemos ver al autor de «El arpa de hierba» aplicado ante un pequeño espejo y cortando con sumo cuidado lo que parece ser cocaína, todo ello ante la presencia de Petrocik que sonríe divertido a la cámara. En la otra instantánea, inédita hasta ahora, Capote comienza a inhalar mientras Petrocik observa el momento, casi como un notario de las «debilidades» de su célebre amigo.

Las dos últimas imágenes citadas confirman que Truman Capote tenía una estrecha relación con las drogas. En uno de los muchos artículos aparecidos poco después de la muerte del narrador, el 25 de agosto de 1984, la escritora y columnista Julie Baumgold apuntaba que empleaba la cocaína para poder escribir de nuevo en los 80. El autor le había confiado a un amigo que la tomaba en «dosis controladas», además de guardarla en una Biblia con fondo falso que escondía en el lavabo.

Otro conjunto fotográfico nos presenta a Capote junto a Petrocik y Myron Clement, la pareja de este último. Capote surge eufórico, alejado de las preocupaciones por la entrega de «Plegarias atendidas», un libro que le reclamaba su editor desde hacía años. El escritor baila en la playa, trata de taparse del sol en una piscina, se tumba apoyándose en Petrocik o besa en los labios a Clement, todo ello recogido por el objetivo de Carson.

Uno de los lotes más morbosos de la subasta es el número 519. Son un polo azul a rayas y un colorido pantalón corto. Es la ropa que llevaba Capote en el momento de su muerte, cuando descansaba en la habitación que tenía en la casa de Joanne Carson. El polo está manchado, aunque parece difícil identificar si se relacionan con el momento del fallecimiento del escritor. El conjunto se complementa con el informe de la autopsia practicada a Capote. Con un precio de salida de 500 dólares, son el rastro del último momento del autor, de la mañana en la que Carson encontró pálido a su fiel amigo. Preocupada, trató de llamar a una ambulancia, pero Capote le pidió que no lo hiciera y que pasara con él el rato, dialogando como en los viejos tiempos cuando la ayudaba a completar sus memorias. Pasaron las horas hablando hasta que el escritor fue apagándose. Cuando quiso que un médico llegara a la casa, éste solamente pudo certificar que estaba muerto. La autopsia determinaría que había fallecido por causas naturales, aunque era posible que los muchos medicamentos a los que era adicto podrían haber contribuido a ese final.

Otra documentación curiosa está relacionada con el funeral de Truman Capote y que tuvo lugar en Westwood Memorial Park, cementerio en el que también reposan algunas de las amistades del autor, como su admirada Marilyn Monroe, a la que dedicó el fascinante relato «Una adorable criatura». En este sentido, se encuentra el libro con las firmas de aquellos que pasaron por la capilla ardiente, algunas imágenes de Joanne Carson recibiendo el pésame de sus amigos o de la casa con la disposición de los objetos y las fotografías dejadas por Capote y que quedaron dispuestas casi como si fuera un templo a su memoria. Pero lo más desgarrador es una carta de la pareja de Capote, Jack Dunphy, de 1977: «Me voy esta noche. Buena suerte. Estate sobrio. Si no lo haces morirás».