Emilio Lledó: «La indecencia lleva a un país a la ruina, a la destrucción»

Si no fuera el hombre humilde y entregado al conocimiento que es, sino un advenedizo o un oportunista de los que se acomodan en el halago, puede que ayer Emilio Lledó hubiera flotado varios centímetros por encima del resto de los mortales: en el mismo día en que la Asociación de Editores le hacía entrega del XVIII premio Antonio Sancha, el Ministerio de Cultura le concedía el Nacional de las Letras, un reconocimiento a toda su obra. Dos premios en una mañana. Tres con el José Luis Sampedro, que hace un mes recibía en el festival literario Getafe Negro. Pero Emilio Lledó (Sevilla, 1927) no olvida el humor –«es ‘‘demasié’’, ¿no te parece?»– y sólo aparenta elevarse cuando habla de Kant, de Aristóteles, de Hegel o de ética y acude a conceptos tan oportunos como la filautía o tan sencillos como la bondad, sustantivos que a veces olvidamos –¿bondad?, ya me parece oír las risas de los cínicos– pero que convertirían el mundo en un sitio mejor. Lleva buena parte del día hablando con medios de comunicación cuando atiende a LA RAZÓN. «Espero que mi garganta resista todavía», advierte, aunque después, con una amabilidad y un trato que hacen honor a su imagen de sabio, contesta paciente y amablemente a todas las preguntas.

–¿Qué significa para usted el Premio Nacional de las Letras?

–Me ha caído tan de pronto, inesperadamente, que no sé muy bien. Pero las letras, la literatura, la lectura, ha sido una de mis pasiones. No lo digo como un mérito. Sencillamente, cada uno es como es.

–¿Que se dé un galardón de las letras a un filólogo y filósofo es una forma de subrayar que la filosofía es también un arte, una rama de la escritura?

–No sólo eso, sino que ha sido siempre la conciencia crítica en el seno de un determinado tiempo. Eso fue para los filósofos y para los que querían entender el mundo en el que estaban, captarlo, interpretarlo y comunicarlo. La filosofía no es una cosa que está por las nubes flotando en espacios extraños, sino que es la vida de los seres humanos que quieren enteder el mundo en el que viven.

–Usted ha hablado y escrito sobre la importancia del lenguaje. En esta sociedad, la palabra empieza a ser tratada con liviandad, con ligereza. ¿Puede eso afectar también a los conceptos filosóficos?

–Confío en que esa liviandad sea transitoria. Los seres humanos somos palabra, comunicación, lenguaje escrito y hablado. La vieja definición de que el hombre es un animal que habla. Su característica esencial es que tiene logos, por eso es tan importante cultivar ese logos y enseñar la lectura a los jóvenes y los niños, el amor a las letras, etc.

–¿Diría que hay un vínculo entre la palabra, la filosofía y los tiempos que vivimos, con esta falta de ética y de valores?

–Eso, si me permites que lo diga con una palabra radical, es vergonzoso. En la esencia de la política, en los orígenes de la filosofía política, hace 24 siglos, se dijo que para ser político había que ser decente. La característica esencial de aquel que administra los bienes de otros, de quien organiza tu vida y la mía, tiene que ser la decencia. La indecencia es la muerte no sólo del individuo; lo grave es que, si tiene poder, lleva al país a la ruina, a la destrucción.

–¿Qué papel puede jugar en ese sentido la enseñanza de la filosofía?

–No sólo la enseñanza de la filosofía sino la de las humanidades, de la cultura literaria, de lo que hay escrito. Vivimos en un mundo tecnológico, que es importante, sin duda, pero lo que crea a los seres humanos es lo que hay en su mente, en su inteligencia, en su sensibilidad, en su despertar del amor hacia los otros. Claro que tiene que ser un amor que empiece por nosotros mismos. Hay una idea muy hermosa de la filosofía griega, en sus orígenes, que dice que las relaciones afectivas que tengamos con los demás empiezan por las que mantenemos con nosotros mismos. Si somos decentes, parece que irradiamos esa decencia y la queremos encontrar en los demás. Eso no tiene que ver con el egoísmo: los filósofos griegos de la política lo llamaron «filautía», el amor a uno mismo. Pero tú no te puedes amar si eres un sinvergüenza o un lindo.

–Muchos quizá no lo entendieron y pensaron que consistía en amarse demasiado...

–Tal vez, pero eso se llama codicia. Y también está dicho que el atarse excesivamente a los bienes materiales es típico de almas innobles. Está en la «Política» de Aristóteles.

–Sus bienamados Aristóteles y Platón, a los que tanto ha estudiado, ¿cómo cree que verían nuestra sociedad?

–Bueno, ellos tenían también sus contradicciones. Yo no los sublimo demasiado. Pero pensaron, y se extrañarían de que, después de tantos siglos, y con tantos medios como tenemos debidos a la ciencia, a la medicina, etc., todavía pase esa patología de la corrupción. Es inconcebible. Cada uno, si es un sinvergüenza individual, allá él. Pero si tiene poder para «sinvergonzonear», y creo que la RAE admitiría la palabra, es terrible. Que haya gente sin ética que condicione tu vida y la mía me parece inaceptable.

–Al margen de la ética, ¿qué preguntas le quedan por hacerse?

–Muchísimas. Cada vez que leo a un filósofo, a Kant, a Hegel, a Nietzsche o a Platón, me surgen nuevas dudas. Y eso es lo hermoso de la filosofía y del diálogo que podemos hacer con esa tradición maravillosa de escritura que ha llegado hasta nosotros. Imagina qué tristísima sería nuestra vida si no pudiéramos enriquecernos con el pensamiento de Platón, de Nietzsche, de Hegel, de Cervantes, de Jovellanos, de Galdós, de quien quieras. Esa posibilidad de diálogo con los otros, que ya no laten en el mundo, me parece un privilegio maravilloso. ¿No crees? Por eso hay que cultivarlo: por eso la educación tiene que abrirse a ese universo en las escuelas, en las universidades, a través de la lectura.

–Vivió en dos ocasiones en Alemania. ¿Se considera un filósofo «germanista»?

–Lo poco que sé se lo debo a ellos. Pero no me considero un «germanista». Los «ismos», sea el que sea, nunca me han... Yo nací en el barrio de Triana. Cuando tenía seis años, mis padres se vinieron aquí. Mi padre era militar y lo destinaron al regimiento de Artillería en Vicálvaro; estudié en Madrid; después, al acabar el servicio militar, con 22 o 23 años, me fui a Alemania, 10 años en Heidelberg; después he sido catedrático de Instituto en Valladolid, de Universidad en la Laguna, en Barcelona, ahora en Madrid... No sé de dónde soy... por fortuna.

–Es complicado retratarle...

–Sí, pero estoy feliz, porque todos esos espacios geográficos me han enriquecido.

–Usted ha escrito también sobre la felicidad. ¿Somos más felices ahora?

–Me temo que no, y mira que tenemos adelantos enormes, importantísimos. Tendríamos que estar coherentes con esos adelantos, pero a veces el afán de tener, la codicia, puede corromper la posibilidad de sentir, de entender, de querer y amar de verdad. La codicia, la «pragmacia», es una enfermedad espantosa.