Enrique Nuere: «Somos astillas de nuestros progenitores»

Enrique Nuere / Arquitecto. Ha sido galardonado con el Premio Internacional Rafael Manzano por haber descifrado los secretos de la carpintería arquitectónica

Enrique Nuere, arquitecto
Enrique Nuere, arquitecto

Ha sido galardonado con el Premio Internacional Rafael Manzano por haber descifrado los secretos de la carpintería arquitectónica

Ha plasmado su huella en los nuevos techos de las galerías del Patio del Alcázar de Toledo, en la armadura del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en la sala de visitas del Palau Güell en Barcelona o en el Castillo de Cuenca. E incluso en la casa marbellí de Julio Iglesias. El arquitecto y carpintero –o viceversa– Enrique Nuere ha sido galardonado con el Premio Internacional Rafael Manzano por su aportación a la arquitectura tradicional a través de sus obras de artesonado, conocido como mudéjar, así como por el descifrado de las reglas geométricas originales plasmadas en los manuscritos de la carpintería del siglo XVII. Su hazaña conmemora el oficio de los carpinteros de lo blanco, quienes a lo largo de cuatro siglos crearon en nuestro país algunas de las más bellas y reconocidas joyas arquitectónicas.

–Dicen que es usted la máxima figura de la carpintería tradicional.

–No se tenía en cuenta, porque no se estudiaba en Arquitectura. Y en Historia del arte tampoco se le ha dado mucha importancia. Lo más conocido es lo que se hizo en la Alhambra. Los viajeros románticos lo difundieron por todo el mundo, y como en España nos interesamos por las cosas según lo que le interese a los de fuera...

–¿Cuáles son las principales diferencias con respecto a la actual?

–La de hoy ha pasado al olvido. A partir del siglo XX la madera se fue abandonando por el hormigón. Pero sigue siendo un material muy válido, siempre que se sepa emplear y usar.

–¿Puede lo tradicional ser vanguardista?

–Sí, pero también conlleva algún peligro. Muchos quieren que se vea bastante madera sin saber que está expuesta a la humedad, a los insectos esperando a que se quede jugosa y sabrosa... Las termitas, que gracias a sus antenas tenían WhatsApp antes que nosotros, se enteran de todo eso.

–Debe de gustarle mucho. ¿Se paladea?

–He paladeado cosas mucho más exquisitas, como unos buenos calamares en su tinta. Soy muy aficionado a la madera, pero tampoco fundamentalista.

–Los bichos se la comen...

–Porque también les gusta. Pero sólo si está tierna.

–¿Usted la prefiere seca, húmeda, crujiente...?

–Seca. Y si me la tuviera que comer, con un 20% de contenido húmedo, que es como está sabrosa (risas).

–¿La madera es moderna?

–Hasta que no aparecieron el acero y el hormigón era de obligado uso si queríamos hacer pisos en una casa. Hasta finales del siglo XIX no había otra alternativa.

–¿Será eterna?

–No es verdad que la madera sea un material vivo. Cuando se corta un árbol se mata a la madera. ¿Puede morir algo que está muerto? Claro que será eterna.

–Ha sido galardonado por sus obras de artesonado y por descifrar las reglas geométricas originales plasmadas en los manuscritos de la carpintería del siglo XVII. ¿Me desvela el secreto?

–Descubrí el contenido de uno que llevaba tres cuartos de siglo sin que lo entendiera nadie. Era una joya de la que se publicaron 500 ejemplares. En él se describía una práctica que usaron los carpinteros visigodos basada en cómo hacer una cubierta manejando unas plantillas con forma de triángulo-rectángulo –llamadas cartabones– y con las que se hacía todo. Gracias a esa geometría, aparentemente tan compleja, estos carpinteros fueron capaces de asumir los fantásticos trazados orientales.

–¿Una técnica visigoda? Pensé que era mudéjar...

–Los visigodos hacían sus estrellas antes de que los musulmanes llegaran a España, pero eso nunca nos lo han contado los historiadores, porque no tenían ni idea. El historiador de arte sólo es un cronista de lo que se ve, no de las técnicas que hicieron falta para terminar la obra.

–¿Hablamos de enigmas?

–¡Qué va! Son recetas facilísimas, pero nadie se había interesado por ello. Es una técnica que se desarrolló durante cuatro siglos por todo el país, lo que me hizo pensar que sería sencilla. Desde que empecé a divulgarla, han surgido por toda España carpinteros que saben hacerlo, y bien.

–Será usted un profeta para los carpinteros...

–Es un trabajo didáctico más que profético.

–¿Las maderas hablan?

–Me han contado muchas cosas.

–Chíveme alguna.

–Estos trabajos no los hacían los mudéjares. La historia nos ha contado mentiras que costará mucho tiempo desmontar. Ésta es una técnica originalmente visigoda.

–Más allá de su origen, ¿deberíamos reconquistarla?

–Se está reconquistando.

–Por su culpa.

–Algo de culpa tendré.

–¿Usted se considera un genio?

–Aunque haya que llevarlo dentro, los genios se hacen. Yo no me considero ningún genio, simplemente soy un currante. Y punto.

–Le van a llamar Fernando el Católico por aquello de reconquistar.

–(Risas) No sé si era proclive a esta técnica, porque en Aragón no se hacía. Peor sería que me tuvieran que llamar Isabel.

–¿Ha sido la madera la gran olvidada del siglo XX?

–Efectivamente. Sobre todo, en España, donde en la posguerra se llegó a prohibir el uso de la madera como elemento estructural. Casi todo Madrid, desde el Palacio de Oriente hasta el Barrio de Salamanca, está construido con entramado de madera.

–¿Tocar madera da suerte?

–Siempre se ha dicho. Por algo será.

–¿De tal palo, tal astilla?

–Sí. Somos astillas de nuestros progenitores.

–¿Un edificio que le gustaría restaurar?

–Hay muchos, pero no he pensado en ello.

–¿Y el Congreso?

–Supongo que ya lo está.

–¿No necesita más madera?

–El Congreso necesitaría menos madera en la cabeza de los que están dentro.

–No le vayan a prender fuego...

–¿Al Congreso o a la cabeza de los diputados?

– Yo no digo nada.

– (Risas) Pero si le prendieran fuego los diputados podrían estar más tranquilos en un edificio con estructuras de madera que en otro con estructura metálica.

–¿Si le pregunto qué ha hecho con los 50.000 euros del premio se enfadaría conmigo?

–No (risas). Los iré gastando. El dinero no vale para otra cosa. Si valieran para tapar agujeros, perfecto, pero los agujeros de hoy en día suelen ser más grandes.

–Pues si tuviera que tapar alguno, espero que lo haga con madera.

–Sería una buena forma. Además, lo podría hacer yo mismo con mis propias herramientas.

El lector

Lee muy poco la prensa debido a la falta de tiempo. Pero cuando viaja en avión o en tren ojea algunos, entre los que escoge LA RAZÓN. Prefiere informarse a través de la radio, antes de acostarse, «aprovechando esos momentos de insomnio en los que uno se entera bien de las noticias», asegura Nuere.