Finura y vehemencia

Obras de Brahms, Beethoven y Chaikosvki. Piano: Joaquín Achúcarro. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Director: Gilbert Varga. Auditorio Nacional, Madrid, 19-V-2018.

Hacía tiempo que no escuchábamos a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que tiene nuevo titular desde hace unos meses, el joven norteamericano Roberto Treviño. No hay duda de que el conjunto ha crecido artísticamente. Nos parece ahora más ajustado, equilibrado y maleable. En manos de Gilbert Varga, que la gobernó hace tiempo, ha sonado brillante, potente, segura. Puede que su sección de metales sea demasiado cruda, exenta de la redondez deseada. El espectro global, vigoroso, es muy claro, a falta tal vez de una gama de claroscuros más rica.

La batuta de Varga circula en todos los planos, es fustigante y de contagiosa vitalidad. Es maestro minucioso en las entradas y gusta de «tempi» rápidos, bien administrados en los finales de las codas del primer y último movimiento de la «Sinfonía nº 4» de Chaikosvki, donde, con excelente prestación del conjunto, corrió que se las peló. No nos convenció del todo la planificación de ciertos pasajes, como el del clímax del desarrollo del primer movimiento. Se abrió con una vitalista y rotunda Obertutra Académica de Brahms y se regaló al final una bien cantada «Amorosa» de las «Diez Melodías vascas» de Guridi. Director y orquesta acompañaron atentamente a Achúcarro, una de nuestras glorias pianísticas reciente Honoris Causa por la Autónoma, en el que todavía hemos podido apreciar la solidez de la técnica, la seguridad del concepto. Puede que haya perdido algo de energía, pulso, contundencia en ciertos ataques, seguridad y claridad en la digitación. Algo muy lógico. Su versión del «Concierto nº 4» de Beethoven fue lírica, concentrada, de elocuencia bien medida y, aún, considerable vigor. Cierto es que en determinado pasajes del primer movimiento observamos algunas premiosidades. «Pecata minuta», podríamos decir, porque en lo absoluto, el severo y poético mensaje de la composición, su luz interior, nos fue dado con generosidad. Aunque echáramos en falta una mayor gama de matices, de colores y luces, que aparecieron, recogidamente, en el sublime «Andante» y en el «Intermezzo» de Brahms ofrecido como bis. Muy bien expuesto el tema del «Rondó», con mesura, ligereza y claridad y estupendo diálogo con la orquesta.