Franco ha vuelto (pero no como se dice)

La actual retórica del uso partidista de la figura del dictador y la lucha contra el fascismo que hacen partidos como Podemos, que quedó aparcada hasta el año 88 por el espíritu de la Transición, comenzó a labrarse en los años del zapaterismo y su «memoria histórica»

La actual retórica del uso partidista de la figura del dictador y la lucha contra el fascismo que hacen partidos como Podemos, que quedó aparcada hasta el año 88 por el espíritu de la Transición, comenzó a labrarse en los años del zapaterismo y su «memoria histórica»

El uso público del antifranquismo ha pasado por varias fases. Una primera, entre 1977 y 1988, estuvo marcada por la Ley de Amnistía y el espíritu de la Transición. Los hombres de aquel tiempo, desde los comunistas hasta los democristianos, renunciaron a tomar la Guerra Civil y la represión posterior como armas políticas. No hubo cobardía, sino generosidad para la reconciliación. Reconocían que ninguno de los bandos había sido ejemplo de libertad y democracia, echaron el pasado al olvido y construyeron un modo de convivencia. Recogían así el testimonio de políticos e intelectuales, como Americo Castro, Ortega o Araquistain, que vivieron el conflicto. Hubo un empeño en la superación de la dialéctica del enfrentamiento. La guerra del 36 quedó como cosa de historiadores.

Perdón y olvido

La represión se orilló, del mismo modo que se hizo con los episodios criminales protagonizados por las izquierdas durante la contienda, como la liquidación del clero, las sacas, las checas, las purgas, los asesinatos masivos como en Paracuellos, o la guerra entre comunistas y anarquistas. Hubo un acuerdo implícito para el perdón y el olvido que no fue el resultado de una presión externa, sino de la convicción de que el antifranquismo se circunscribía a procurar la democracia, no a una revancha.

Esto no quitó el que se hicieran homenajes a personalidades que se opusieron a Franco, como Salvador de Madariaga o Dionisio Ridruejo. Sin embargo, se pusieron límites. Los restos de Francisco Largo Caballero llegaron a Madrid en 1978. Las izquierdas y los republicanos montaron una manifestación de casi 400.000 personas hasta el cementerio civil. Felipe González, convencido de la necesidad de no remover el pasado, impuso entonces en el PSOE que no hubiera identificaciones ideológicas con símbolos del pasado, resumido en la frase: «¡No más cenizas!». De esta manera, el centenario del nacimiento de Indalecio Prieto en 1983, histórico líder socialista, se celebró de forma discreta.

El nombramiento de Jorge Semprún como ministro de Cultura de 1988 inició el uso público del antifranquismo. Al año siguiente se celebró el cincuentenario del final de la Guerra Civil y el exilio republicano, combinando la emotividad con la reivindicación de personalidades. La cronología facilitó que se trajeran a la vida política el recuerdo de Manuel Azaña, Lluís Companys y Julián Besteiro, tres opositores considerados víctimas del franquismo por igual. A esto contribuyó la retirada de Carrillo y el ascenso de Julio Anguita, quien devolvió la estética y el discurso guerracivilista al PCE. Durante los años de gobierno socialista, entre 1982 y 1996, se fue creando una imagen de Franco a través de la educación, el cine, la literatura y los medios, con la implicación de muchos intelectuales, cuyo objetivo era desmontar el «mito del Caudillo» construido durante la dictadura. Era preciso ridiculizar todas sus facetas para que el poder político y cultural de aquel momento, que se arrogaba en exclusiva la esencia de la democracia y del progreso, tuviera definido su contrapunto.

El imaginario antifranquista comenzó con su origen familiar. La infancia de Franco se contó desde una perspectiva psicológica, aludiendo a la estricta religiosidad de su madre y a la dureza de su padre. Carlos Castilla del Pino, prestigioso psiquiatra y militante comunista, decía que Franco tenía un «complejo de castración» que le convertía en una persona fría, egoísta y rencorosa sin interés por el sexo. Además, su físico no le acompañaba: bajo, con sobrepeso, de «rostro feminoide» y voz atiplada. La comparación con otros «fascistas» más varoniles e intelectuales, como José Antonio, Mola o Ramiro Ledesma, le dejaba en ridículo. Franco solo había sido un militar rencoroso y cruel, hijo del conservadurismo católico y provinciano, «un hombre ignaro y carente de visión histórica», escribió López-Aranguren, falangista reconvertido en socialdemócrata. El dictador tenía el mismo interés por la cultura o la tecnología –cuestiones que ya se atribuía en exclusiva la izquierda– «que un rodaballo por la música», al decir del militar e historiador socialista Gabriel Cardona. La frialdad y la ambición de Franco, añadían, habían generado su crueldad. Un ejemplo era su orden de bombardear Guernica, una leyenda no documentada que reproduce algún historiador como Xabier Irujo. Incluso se le llamaba «el gallego» en el sentido peyorativo de impasible.

En la imagen antifranquista el dictador despreciaba al pueblo –sujeto al que creía y cree representar la izquierda en régimen de monopolio–, por lo que los contactos públicos con los españoles eran cada vez menos, y siempre gracias al truco del «autobús y bocadillo». Era, además, un hombre encerrado, no un cosmopolita, ajeno a Europa –esa misma que, empero, le apoyó y toleró desde 1936 y con la Guerra Fría– y a la modernidad. Franco, por contra, tenía un gusto provinciano, motivo por el cual se alojó en un palacio feo, en El Pardo, y en otro en Galicia, el Pazo de Meirás, que, claro, había robado al pueblo gallego. La pequeñez lo era todo en el dictador, algo que compensaba con su egolatría; de ahí la construcción de El Valle de los Caídos por «los esclavos de Franco», según novela el periodista Isaías Lafuente a pesar de que eran voluntarios, para acoger su cadáver –algo que decidió Arias Navarro cuando Franco estaba en fase terminal–.

Liquidar a «los rojos»

La perfidia y el disimulo habrían sido otras dos características de Franco. Traicionó a la República después de «masacrar obreros» en octubre de 1934, al decir del anarquista Abad de Santillán. Luego se incorporó tarde al golpe del 36 por cálculo personal. Sobre su jefatura se levantaron grandes sospechas: había propiciado la muerte de Sanjurjo y Mola, las dos personas que podían hacerle sombra. Si la guerra se prolongó durante tres años, se lee en cierta historiografía, fue para liquidar a «los rojos», obviando así los errores militares de Franco, por ejemplo, en la toma y cerco de Madrid en 1936 y 1937.

Los años de mayoría absoluta del PP iniciaron una nueva fase en el antifranquismo. La mayoría popular aceptó en septiembre de 2002 una proposición socialista, presentada por Alfonso Guerra y Fernández de la Vega, para reparar a los exiliados. Y el 20 de noviembre de 2002, el PP, PSOE, IU y otros pactaron en el Congreso una condena de la dictadura y un compromiso de ayuda a sus víctimas. El gran cambio se produjo con la victoria de Zapatero en 2004. Asumió el discurso de la izquierda radical y de los nacionalistas que no habían aceptado la reconciliación de la Transición y reabrió el problema. Ese año, el nuevo presidente se comprometió a «devolver» los papeles de Cataluña a la Generalidad de Pujol, y en 2006 lo ordenó Carmen Calvo, ministra de Cultura. Los socialistas hicieron entonces suyo el concepto de «memoria histórica», como si el Estado pudiera imponer un único relato del pasado.

El resultado fue la Ley de 2007, que no solo financiaba la búsqueda de fosas y la reparación personal, cosa que ya se hacía antes, sino que subvencionó asociaciones y cátedras dedicadas a crear un relato del antifranquismo, vincularlo al PP, y traer a la vida pública el lenguaje guerracivilista como legitimador de la política gubernamental. Zapatero quiso recuperar una identidad perdida durante los mandatos del PP y las derrotas electorales recurriendo justamente a aquello que el mejor PSOE había sabido apartar: el fantasma de la Guerra Civil.

La emotividad del discurso reforzó los años de propaganda antifranquista y lo hizo suyo la izquierda populista de Podemos, quien lo ha llevado a primer plano. Han recuperado el discurso de la Liga Comunista Revolucionaria, que constituyó ETA VI Asamblea, el de Grapo y el FRAP, ambos marxistas-leninistas, quienes consideraban traidores y oportunistas a Carrillo y su PCE de la Transición. Podemos recogió la letra y el espíritu de la IU de Anguita para tomar el imaginario antifranquista como principal argumento histórico para su retórica política demagógica, señalarse como los auténticos herederos de la Segunda República y hablar del ajuste de cuentas con el pasado. Así, aquel discurso que en la década de 1970 solo sostenían grupos terroristas o soviéticos, marginales, que perjuraba que el franquismo había perdurado sin hacer «justicia» y que había hurtado la «democracia popular», se ha hecho fuerte y está presente en los medios de comunicación más allá de nuestras fronteras.

La memoria interesada en Italia

La proclamación de la República en Italia en 1947 precisó de una reconstrucción de la identidad nacional sobre el antifascismo por los dos años de guerra civil (1943-1945) entre la República de Salò, de Mussolini, bajo protección nazi, contra la Italia del armisticio con los aliados. La «República antifascista» generó una «retórica de la Resistencia», donde los partisanos eran presentados como luchadores por la libertad, «precursores» de la República cuyos nombres se leían en placas, monumentos, escuelas y calles. La nueva clase dirigente eran represaliados, exiliados y antiguos partisanos. El fascismo se definía como un paréntesis en la historia. Mussolini había sido fusilado el 28 de abril de 1945 y humillado en Milán. Tras ser enterrado, el cadáver fue robado y escondido en una iglesia hasta que el Gobierno, en 1957, decidió recuperarlo y darle sepultura en la capilla familiar de San Cassiano. El antifascismo fue el discurso oficial de la República hasta 1995, cuando la crisis del sistema de partidos creado en 1947 obligó a reconsiderar el régimen. Hoy no se usa.