Harkaitz Cano: "En el País Vasco ha habido mucho atizador y poco matizador"

Acaba de publicar "La voz del Faquir", novela que se centra en una ETA cultural, de lucha antifranquista, previa a lo que después desembocó en un movimiento terrorista

"La voz del Faquir", de Harkaitz Cano, narra la historia de Imanol Lurgain, un músico que apoyó a ETA con su música en unos inicios en los que el terrorismo solo era incipiente

Hace poco más de 30 años que Dolores González Catarain, más conocida como Yoyes, fue asesinada a base de pistola delante de su hijo de tres años. Fue la primera mujer dirigente de ETA y, tras el asesinato de Argala, también dirigente de la organización, Yoyes decidió ir apartándose paulatinamente de lo que terminó siendo uno de los episodios terroristas más sufridos de la historia de España. Al abandonar ETA, fue acusada de traición por sus ex compañeros y asesinada sin ningún tipo de estupor. Ocurrió en 1986, durante una época convulsa en la que había miles de ramificaciones dentro de la reivindicación contra la dictadura de Franco que creció en el País Vasco. Y en una de esas ramificaciones está Imanol Larzábal. O Imanol Lurgain, nombre con el que Harkaitz Cano se refiere narrando su historia -bastante ficcionada- en su nueva novela: “La voz del Faquir”. “Le mantengo el nombre como homenaje pero por respeto le cambio el apellido”, argumenta el escritor, “porque me he tomado muchas libertades al ficcionar sus intimidades y su vida”. Se trata de un músico de San Sebastián que murió en 2004 a los 56 años y que utilizó su don con las expectativas de cambiar el mundo. La canción como arma, la voz como herramienta para transmitir sus ideas en un panorama de desarrollo de ETA como una lucha antifranquista.

“Imanol es una especie de pararrayos que estuvo en momentos muy señalados y en sitios muy importantes”, explica Cano. Este personaje vivió muy de cerca acontecimientos clave de la historia del País Vasco y, según confiesa el escritor, “me apetecía contar su historia por su arco dramático”. Este cantante vasco militó en la lucha antifranquista en una ETA que entonces no era terrorista sino cultural, y en esta situación destacaron dos sucesos: el asesinato de Yoyes y la fuga de la cárcel de Martutene de Joseba Sernandia (1985). En el primer caso, Imanol se pronunció “en un festival homenaje a Yoyes y, por ello, se quedó sin público”, comenta Cano, “y esto marcó su trayectoria hasta el final”. Por otro lado, Sernandia, poeta y miembro de ETA, escapó de la cárcel tras un concierto de Imanol. “Hoy no se sabe muy bien si el cantante estuvo involucrado o lo utilizaron”, apunta el escritor, “en el libro también se especula sobre ello. Es este el contexto y lo que sucedió después en el que se desarrolla el libro, “cuatro décadas contadas a través de un músico que cantaba en euskera y en castellano”. Un artista que vivió en una dicotomía desde sus inicios y que, según Cano, “no hubo otro cantante en el País Vasco que haya actuado tantas veces gratis y de forma tan altruista por una causa”.

Y es que, para Imanol, la voz no era solo importante por su sonido, sino por su voz civil. Para él, su cualidad albergaba una doble vertiente: “Imanol tenía una gran voz, reconocible y carismática, creo que vivía al servicio de ella”, continúa Cano, “pero por otra parte está su pronunciamiento, sus opiniones personales que luego le acarrearon tantos problemas”. Dentro de esta intención de transmitir este tipo de ideas, se podría ubicar lo que pocos conocen pero existió: el frente cultural de ETA. Esta rama de la organización se dedicaba a repartir panfletos por buzones y a “luchar” contra el franquismo de manera muy inocente. “Tenemos muy presentes los últimos años de ETA pero olvidamos los primeros de cómo y por qué”, denuncia Cano, “no nace porque estén locos, sino que hay una explicación sociológica dentro de una dictadura y además responde a un contexto global”. Aquella época no solo existía el franquismo, sino que fuera de las fronteras españolas se estaba desarrollando un cambio de paradigma mundial: desde Cuba hasta Argelia pasando por la Guerra Fría y el creciente modelo soviético.

¿Qué se explica en los libros de historia? “He escrito estos primeros capítulos para tratar de explicar a las nuevas generaciones de dónde vienen estas cosas”, explica el autor, “se tienden a simplificar las historias y la labor de los novelistas es complicarlas o matizarlas”. El detalle, la explicación de un comportamiento humano y dejar atrás una lectura cínica es lo que el escritor pretendió a la hora de dar forma a la historia de Imanol Lurgain. Volviendo a los inicios de ETA como frente cultural, hay una anécdota con la que el escritor ilustraría esta idea: un amigo íntimo de Imanol que pertenece a ETA le pregunta si él quisiera implicarse más. Entonces le dice “sí, pero yo nunca cogeré un arma”. Esto es ejemplo de las formas que había de ver la lucha antifranquista cuando ETA era solo eso. Sin embargo, fue el paso de un movimiento revolucionario a uno terrorista el que hizo eliminar y olvidar todo tipo de reacción, sea cultural, ideológica o política.

Cuando la música podía ser delito

Imanol se quedó solo, todo su público le dio la espalda cuando él se decantó por luchar por una idea. Aunque su música y su voz fueran características, sus conciertos se quedaron vacíos. ¿Acaso habría que aprender a distinguir entre el talento y la forma de pensar de un artista? “A veces sí y a veces no”, confiesa Cano. “Al principio, Imanol concebía su arte como instrumento de lucha, para mandar un mensaje muy explícito contra Franco”. Había una dictadura, la gente sufría, había gente en la cárcel y esto, para el protagonista de la novela, había que transmitirlo. “Sin embargo, con los años se convirtió en un cantante muy lírico, haciendo música dedicada hasta a San Juan de la Cruz”. Cada vez es más difícil disociar autoría y obra pero, confiesa el escritor, “ojalá vivir en un mundo en el que no firmásemos los libros”. “Viaje al final de la noche” es, para Cano, una de las mejores novelas del siglo XX. ¿Que el escritor era nazi? “Pues sí, lo era, pero eso no quita nada a la novela”, sentencia.

Esta capacidad de distinción ha cambiado, en cuanto a música se refiere, de forma radical hoy día. En aquella época no existía Spotify o el término "mainstream". "Ahora, la música está omnipresente, tanto que ni la escuchamos", puntualiza el escritor. Cuando Imanol cantaba, lo hacía en conciertos clandestinos, a veces incluso sin micro y con todas las fuerzas unidas para difundir lo máximo posible el mensaje de su música. "El primer disco de Imanol se hizo en la parte vascofrancesa y la gente lo llevaba bajo el coche escondido, toda una hazaña llevarlo desde Bayona a San Sebastián". Comprar un disco, algo tan inocente como eso, podía llegar a condenarse por delito.

"Actualmente hay una especie de saturación, es más difícil llegar a las cosas interesantes", continúa el autor, "la propia avalancha musical ejerce su propia censura". Para él, la censura fue trágica, pero esto también lo es a su manera y es que, aunque cada grupo y cantante utilice la música a su gusto -sea dando importancia a la letra o a la melodía- "a mi me gusta más una canción donde la letra signifique una historia, un cuento o un poema", confiesa Cano.

La historia, en este caso del contexto en el que vivió y murió Imanol, debe ser conocida con su cuadro completo. Matizada, profundizada y de principio a fin. "Para mí, la diferencia entre un buen poeta y un buen periodista es que un buen periodista es un buen poeta con un plazo de entrega muy estrecho y un buen poeta es un buen periodista sin plazo de entrega", afirma Cano. Para el escritor, literatura y periodismo van de la mano a la hora de precisar y matizar en las historias que no han sido bien contadas. Y es que "en el País Vasco en los últimos años ha habido demasiado atizador y demasiado poco matizador, y así nos ha ido", denuncia el escritor.

Puede que "La voz del Faquir"ayude a que, algunas personas que dieron de lado a Imanol se den cuenta de que se equivocaron, o no. "A veces es más importante una vergüenza privada que un arrepentimiento público", concluye Cano con la esperanza puesta en que, aunque no todo lo que cuenta sucedió, es el contexto y el mensaje detrás de él lo que no está ficcionado y lo que espera que sus lectores disfruten (o detesten).