«Hay que ser un poco ‘‘sado’’ para tocar la viola de teclas»

Ana Alcaide
Ana Alcaide

Música. Nacida en Madrid, pero criada en Toledo, Ana Alcaide se enganchó a un instrumento sueco, la viola de teclas, que maneja con afán científico. Hoy presenta «Leyenda», su último disco.

Aunque pocos la conozcan, Ana Alcaide es una de las grandes instrumentistas e intérpretes de la llamada música del mundo. Una artista folk con alma de arqueóloga musical que acaba de publicar «Leyenda», un trabajo que se resiste a definir pero que recupera fábulas de todo el mundo protagonizadas por mujeres, con instrumentos antiguos que suenan a nuevo. Hoy lo presenta, a las 21:00 horas, en el Círculo de Bellas Artes.

–¿Ser cabezota es la primera cualidad necesaria para tocar la viola de teclas?

–Pues sí, la verdad es que sí. Mucha gente me pregunta dónde se aprende. Porque no lo enseñan en el conservatorio. Lo más difícil es no tener a nadie a quien preguntar. Es un instrumento para cabezotas y bichos raros. En el camino estás sola y para eso hay que ser un poco «sado» e inquieta. Y aventurera.

–¿En Suecia sí hay maestros?

–Sí, la «nyckelharpa» está ligada a la música tradicional sueca. Tienen una gran tradición y todavía bailan y cantan sus temas populares. Viven sus tradiciones de forma muy cercana comparado con nuestra actitud. Aquí parece que le tenemos tirria a huestra raíz y la gente joven cada vez se aleja más ella.

–Algunas están en peligro.

–Sí, de igual modo que hay una huida hasta de la vida en los pueblos. Es curioso cuántos deshabitados hay, eso no pasa tanto en Europa. Se pierde el entorno rural y las tradiciones y a la gente joven no le interesa. Es como si tuviera una capa de antiguo o rancio. Pero está en nuestras manos sacarlo de ahí, ver el material vivo y actual, darle vida.

–¿Y por qué decide la joven Ana Alcaide meterse en esto?

–Me dieron una beca Erasmus cuando estaba acabando Biología y conocí la «nyckelharpa» y me sedujo completamente. Cuando acabé la carrera, volví. Me llama mucho la música tradicional, porque me habla de cómo es la gente de los sitios a un nivel emocional o descriptivo. Entiendo muchas cosas. Si mirases mi lista de música, dirías: ‘‘¿Pero qué es esto?’’. Sé que es un poco friki, pero me alimenta conocerlas. Estudié violín y tengo formación musical clásica. Pero como también tengo un lado científico por mis estudios, imagino que eso me lleva por caminos de investigación y por eso me atraen instrumentos y tradiciones más remotas.

–Claro, usted es música con alma de científica.

–Me ha enriquecido mucho conjugar estas dos facetas.

–Si hay un lugar con historia de tradición ancestral musical y de cultura, ése es Toledo, donde vive.

–Sus tradiciones me han influido durante años. Es un remanso de paz, un lugar donde me conecto conmigo misma para componer e investigar, aunque en realidad nací en Madrid. Llevo 14 años viviendo en Toledo y el espíritu es diferente. Me inspira y me ayuda. Nunca me sentí vinculada a un barrio en Madrid, sino que viví en muchos diferentes. Pero sigo yendo y la disfruto.

–Usted casi parece nórdica.

–Bueno, sueca tampoco parezco porque ellos me lo dicen...

–¿Qué le dicen?

–En general están agradecidos de que sus tradiciones se difundan. Todo lo que sea que apreciemos su cultura les encanta.

–Debe de ser difícil de tocar la viola de teclas. Ya el nombre asusta.

–Bueno, como sé tocar el violín, es aprender un idioma si ya sabes hablar unos cuantos. Asusta más verse sola en un entorno tan lejano. Pero he aprendido mucho por mi cuenta. Donde más aprendí fue en las calles de Toledo.

–¿Cómo? ¿en la calle?

–Sí, mucha gente me conoce de verme tocar cerca de la catedral.

–Perdone, ¿se refiere a tocar con la gorrilla?

–Sí, y vendiendo mis discos.

–Es la experiencia musical más humilde.

–Es algo que te sale o no. Yo lo hice un tiempo y, puntualmente, alguna vez todavía. Te pone en contacto con mucha gente, y es una manera de darle difusión. Y es la mejor escuela. Cada vivencia te aporta algo y es bueno vivir todas las realidades. He tenido la suerte de viajar para hacer un proyecto con músicos de la Isla de Java y así fue como surgió «Tales of Pangea», mi anterior disco. Indonesia es un país muy distinto y me sacudió mucho. Aprendes formas distintas de hacer las cosas. He aprendido las músicas de Corea, Argentina o Uzbekistán.

–¿Hay un hilo que una a las músicas del mundo?

–El hilo eres tú. Necesitamos expresar nuestras inquietudes y eso es lo que las músicas tradicionales hacen, la expresión ancestral de los sentimientos y de las preguntas que a todos los hombres nos igualan. Cada una se expresa con sus caractarísticas propias, pero las temáticas son comunes. Todos estamos conectados y por eso me gusta el concepto de Pangea, esa unidad de la tierra. Todos necesitamos expresar lo mismo.

–En este caso, el hilo conductor son las mujeres, cada una de un lugar del mundo.

–Es un homenaje al lado femenino que todos tenemos dentro, no sólo a las mujeres. Relata historias de distintos ámbitos geográficos que me han movido al conocerlas y las he hecho mías porque necesitaba verme en ellas por alguna inquietud personal. Alguna hay de España, como la «Ondina de Vacares» que es de Sierra Nevada, y también la «Mujer muerta», que está en la Sierra de Guadarrama. Y «La lamia de Kobate», que es del País Vasco, y la «Diosa Luolaien», que es de la tradición china. Una mezcla de historias que representan lo mfemenino desde lo más oscuro a lo más luminoso.

–¿Con cuál se identifica?

–Habla de emociones que todos sentimos en un momento del día. Yo, como mujer siempre he tendido a mostrar mi lado más luminoso y me han enseñado como a muchas mujeres en general a ser amables y bondadosas. Y tenemos un lado más salvaje y oscuro con el que a veces no nos llevamos bien. Yo me estoy reconciliando con esa parte ahora.

El lector

«No leo mucho la prensa, aunque a veces sí lo hago en internet y escucho la radio. No creo en las maneras de difundir las noticias. Tengo mis opiniones acerca de hasta qué punto cuentan la realidad o una construcción de ella. A medida que pasa el tiempo, más lo dudo», asegura Ana Alcaide.