Hitler, cianuro y un disparo

«A mí no me cogerán ni vivo ni muerto. No me convertirán en un muñeco de feria ni se ensañarán con mis restos». Estas fueron las palabras del Führer poco antes de morir.

Adolf Hitler se disparó en la cabeza la tarde del 30 de abril de 1945, con los soldados soviéticos a quinientos metros del búnker. David Solar, autor de «Un mundo en ruinas» y «El último día de Hitler», explica cómo fue el final del líder nazi.

El 29 de abril Hitler se levantó tarde. La noche anterior había decidido suicidarse, puesto que el avance del Ejército Rojo era imparable, pero antes se ocupó de dos asuntos relevantes: casarse con su amante, Eva Braun, y dictar sus testamentos privado y político; en éste designaba como sucesor suyo al jefe de su marina, almirante Dönitz. Era domingo.

Según la periodista norteamericana Virginia Irwin, que informaba sobre la batalla, «la tierra tiembla. El aire apesta a pólvora y a cadáver. Todo Berlín está sumido en el caos. La feroz infantería rusa avanza hacia el centro. Por las calles vagan caballos asilvestrados que han logrado liberarse de los carros de aprovisionamiento. Hay alemanes muertos por doquier».

Bajo el jardín de la Cancillería, en el submarino de hormigón donde se refugiaba Hitler, no se disponía de tales detalles de la lucha, pero era vívida la inmediatez de la guerra porque las explosiones de las granadas soviéticas sometían al búnquer a una vibración constante, recordatorio de que los soldados de Stalin se hallaban a la puerta, y porque el jefe de la defensa de Berlín, general Weidling, acudía dos veces al día a exponer a Hitler la situación de la lucha.

En la reunión del Gabinete de Guerra de aquella mañana, a la que asistieron los últimos colaboradores que acompañaban a Hitler en el búnquer, informó que se luchaba con fiereza en la estación de Potsdam, pero apenas contaban ya con armas pesadas e, incluso, escaseaba la munición. Y añadió:

–Mein Führer, nuestros hombres están luchando con una entrega y una fe sin límites, pero estamos siendo desbordados y acorralados. No podremos sostener la lucha durante 24 horas más.

–¿Comparte usted esa opinión? –preguntó Hitler, con voz apenas perceptible, al jefe militar del búnquer, general de las SS Mohnke.

–Sí, Mein Führer; no podemos cubrir los huecos de los muertos por falta de reservas; nos defendemos en un reducido el espacio y –señalando la posición en un mapa– la situación podría empeorar súbitamente pues estamos expuestos a ser divididos en dos zonas.

Hitler no tuvo interés en seguir escuchando y se dispuso a abandonar el pequeño estudio de mapas donde se hallaban, pero le detuvo la pregunta de Weidling:

–Mein Führer, ¿qué debo ordenar a nuestros hombres cuando no dispongan de munición?

–Como no puedo permitir la rendición de Berlín –respondió Hitler tras pensarlo durante unos segundos–, cuando se agoten las municiones, sus hombres se reunirán en pequeños grupos y tratarán de cruzar las líneas soviéticas y enlazar con las fuerzas del almirante Dönitz.

«Blondi», conejillo de indias

Los militares acordaron vaciar todos los almacenes de armas y munición que existían en los sótanos de los ministerios para prolongar la resistencia, pero Hitler se dedicó a otras prioridades: la primera, confirmar la eficacia de las ampollas de cianuro que Himmler había entregado a los personajes reunidos en el búnker. Para comprobarlo, ordenó al adiestrador canino, sargento Fritz Tornow, que utilizara el veneno con su perra Blondi, pues «le ponía enfermo que pudiera caer en manos de esos cerdos». Tornow tomó una ampolla de cianuro y, con unos alicates, se la metió en la boca del animal, que se desplomó en cuanto se rompió el vidrio. Hitler abandonó la perrera con los cachorros aun mamando de su madre muerta.

Cuando se dirigía a su despacho le alcanzó Eva hecha un mar de lágrimas a causa de la muerte de los perros. Le hizo apenas una caricia de consuelo mientras ordenaba que acudiera su chófer, Kempka, para preguntarle si había conseguido 200 litros de gasolina que debía tener preparados para quemar su cadáver y el de Eva.

Luego se presentaron en su despacho varios de los oficiales del Estado Mayor, que ya carecían de todo papel allí, pidiéndole permiso para intentar romper el cerco. Entre ellos se hallaba el mayor Freytag von Loringhoven, que sobrevivió a la guerra. Les dio permiso e, incluso, discutió con ellos la mejor vía de escape. Finalmente les entregó salvoconductos y «se levantó y nos estrechó la mano deseándonos buena suerte. Me pareció ver en su mirada una pizca de envidia. Éramos tres hombres jóvenes y sanos que tenían una oportunidad de salvar la piel y él ya no la tenía».

Por la tarde, le visitó su piloto, Hans Baur, tratando de convencerle de que huyera de Berlín. Disponía de una avioneta con la que podría llevarle hasta «el territorio de uno de esos jeques árabes que simpatizaban con él a causa del asunto judío». Hitler rechazó amablemente la idea. Durante la tarde, Hitler «se encerró en sí mismo». No comió y apenas habló con nadie. Acudió a la reunión vespertina del Gabinete de Guerra, donde mostró un declinante interés por la sucesión de malas noticias. Los rusos avanzaban, los alemanes retrocedían, las tropas que deberían auxiliar Berlín estaban siendo rechazadas. Nada nuevo. Ninguna esperanza. Cerca de la medianoche él y Eva se reunieron en su despacho con los Goebbels. Allí les llegó la información de la muerte de Mussolini, de su amante Claretta Petacci y de varios líderes fascistas, cuyos cadáveres estuvieron durante horas colgados de la marquesina de la gasolinera de la Esso de la Piazzale Loreto de Milán. Hitler, muy excitado, llamó a su mayordomo Heinz Linge y a su ayudante, el coronel Otto Günsche, a los que hizo jurar que incinerarían su cadáver hasta que no quedase nada: «A mí no me cogerán ni vivo ni muerto. No me convertirán en un muñeco de feria en Moscú ni se ensañarán con mis restos».

Ya de madrugada, Eva abandonó el despacho y reunió a las mujeres de su círculo, a las esposas de los oficiales, al personal de servicio y a algunos soldados que halló inactivos de la planta superior del búnquer. Un grupo de treinta personas, agotadas por la tensión, pálidas, ojerosas, vivas imágenes de la derrota, se alinearon a lo largo de las paredes del pasillo de la planta baja del búnker. Hitler les dirigió unas palabras de despedida, informándoles de que pensaba suicidarse y recomendándoles que abandonasen la ciudad. Luego estrechó la mano de todos, musitando frases ininteligibles a los apenas susurrados mensajes de esperanza. Después regresó a su despacho, desde donde se accedía a su dormitorio.

David Solar, autor de «Un mundo en ruinas» y «El último día de Hitler»

Una mañana ventosa

El 30 de abril, lunes, siguió la rutina en el búnker. En la reunión de guerra Weidling comentó que la mañana era gris, húmeda y ventosa. Un día horrible, sobre todo porque los rusos, superando la matanza que les estaban infligiendo los desesperados soldados alemanes, avanzaban por calles, canales y por los túneles del metro. En aquellos momentos estaban atacando el Reichtag y ya no podía asegurar ni una hora más el perímetro de los ministerios y la Cancillería. Hitler ya había escuchado suficiente. Se despidió con naturalidad de sus colaboradores militares y decidió reunirse con su esposa y secretarias para comer. Eva, aprovechando que la artillería soviética se había tomado un respiro, prefirió salir unos minutos del refugio y pasear por el destrozado jardín de la Cancillería, disfrutando por última vez los desvaídos rayos de sol que se filtraban entre las nubes y el humo de los incendios y la batalla. Entre tanto, Hitler y las tres mujeres que le habían atendido más durante los últimos años –sus secretarias Traudl Junge y Gerda Christian y su cocinera vegetariana Constance Manziali–, comieron en silencio unos espaguetis con salsa. Terminaban el frugal almuerzo cuando regresó Eva, y al salir se encontraron con numerosos colaboradores que, libres de servicio, habían acudido para darles el último adiós. Eva caminaba delante y, muy emotiva, abrazaba a las mujeres y estrechaba la mano a los hombres; Hitler, sin interés alguno, apenas tocaba las manos que se le tendían.

Poco después de las tres de la tarde ambos entraron en el despacho; Hitler pidió a Linge y Günsche que se mantuvieran ante la puerta. La última imagen del Führer vivo la proporcionó Günsche que tuvo que entrar en la habitación y le encontró solo, en pie, apoyado en su mesa de despacho, ante el retrato de Federico el Grande que siempre le acompañaba. Eva debía hallarse en el cuarto de baño, pues el ayudante escuchó el ruido de la cisterna. Günsche salió del despacho antes de las 15:30 del 30 de abril de 1945.

El ruido de la batalla exterior era tan fuerte en aquellos momentos que ambos servidores de Hitler, apostados en aquel vacío pasillo, fueron incapaces de identificar el estampido de un disparo de pistola realizado apenas a cuatro metros, tanto que discutieron si entrar o no en el despacho. Lo hicieron pocos minutos antes de las 16 horas y los hallaron a ambos muertos. Eva estaba descalza, sentada en el sofá y con la cara apoyada contra el hombro de su marido; había mordido la cápsula de cianuro y tenía las piernas contraídas sobre el sofá. Al alcance de su mano, sin que hubiera llegado a usarla, se hallaba una pequeña pistola regalo de Adolf y, al lado, un jarrón de flores artificiales volcado. Hitler, sentado, apoyaba su cabeza en el respaldo; sangraba por la sien, donde se veía el orificio de una bala y el pelo chamuscado alrededor; en su boca, torcida, se percibían restos de cristal: al parecer había mordido la cápsula al tiempo que se descerrajaba un tiro. Su mano derecha pendía inerte y caída en el suelo estaba la pistola Walter PKK 765 con la que probablemente se había suicidado. En la mano izquierda, agarraba fuertemente una fotografía de su madre, Klara Pölzl. Linge, Günsche y los restantes colaboradores de Hitler que se reunieron a la puerta del despacho, envolvieron su cadáver en una alfombra, pues seguía sangrando, mientras el de Eva permaneció tal como había muerto. Sacaron los cuerpos al jardín de la Cancillería por la escalera de emergencia. Los depositaron en el embudo de una bomba, los rociaron con la gasolina reunida por Kempka y les prendieron fuego. No hubo lugar para más ceremonias, pues la artillería soviética volvió a disparar sobre la Cancillería y todos penetraron en el búnquer, cuya puerta blindada fue lamida por las llamas de la formidable hoguera que redujo a cenizas los cuerpos de Hitler y Eva. Cuando cesó la tormenta artillera, varios soldados de las SS echaron unas paladas de tierra sobre los huesos calcinados.

Una juerga que acabó en orgía

Aquella noche, los soldados y oficiales de las SS que custodiaban la Cancillería y el búnquer organizaron una orgía. Ante la inminencia de la muerte, relajada la disciplina, perdido el sentido de la jerarquía y la fe en el liderazgo, habían hecho una razia por las casas de los alrededores, donde lograron reunir a varias mujeres para organizar una francachela utilizando las grandes reservas de alcohol guardadas en los sótanos. Todos eran conscientes de que vivían las últimas horas del Reich y, probablemente, de su vida. Trauld Junge escuchaba desde su habituación el escándalo que organizaban, tan estrepitoso que ni el fragor de la guerra lograba taparlo. Según declararía en Núremberg, tuvo que levantarse a buscar comida para alguno de los hijos de Goebbels que, desvelados por el jaleo, sentía hambre. Allí se encontró con una orgía sexual, de hombres y mujeres medio desnudos: «Un furor erótico parecía poseerlos a todos. Por todos lados se veían cuerpos lascivamente entrelazados, en posiciones impúdicas, incluso en el sillón del dentista... Las mujeres dejaban al descubierto sus partes más íntimas sin el menor pudor...» (David Solar, «Un mundo en ruinas», La Esfera de los Libros, 2007)