John Banville: «Los hombres seguimos siendo niños avariciosos»

Con «La guitarra azul» recupera el pulso que lució en «El mar» y construye un relato sobre un pintor desencantado. Un personaje, con retazos de él mismo, que ahonda en el amor y la traición.

El hombre es un saqueador, un desvalijador de poco fiar. Lo reconoce John Banville, un escritor que convive con esa herencia católica y centenaria de la culpa, que no es más que conciencia sin liberar o un miedo a liberarse uno de la educación recibida. El escritor viene a explorar el amor, que es lo mismo que referirnos a la traición, el dolor, el egoísmo y el desencanto. Una frontera que ha cruzado a horcajadas de su experiencia, hurtándose a sí mismo las emociones.

–El protagonista de su libro es un artista enamorado. ¿Es posible? Pensaba que los artistas sólo se amaban a ellos mismos.

–Se puede dar, pero sólo por un periodo corto de tiempo. El amor es extraño. Sabemos que la persona de la que nos enamoramos es humana. Es lo que dice nuestra parte racional, aunque la trascendental afirma que es una diosa. Pero el amor es siempre egoísta. Cuando miramos a nuestro enamorado, nos vemos a nosotros mismos. Deseamos que esa persona sea la que nosotros queremos, no la que es; queremos la imagen modelada por nosotros.

–¿Un escritor también roba, como el personaje central de su obra?

–Sí. Pero incluso afirmaría que un escritor es un caníbal. Los autores consumimos todo. Para nosotros cualquier cosa es material con el que trabajar. Te rompes una pierna y enseguida piensas: «Tengo que recordar cómo es este dolor para contarlo».

–¿Y a quién ha robado para este libro?

–A todo el mundo. Incluso a mí mismo.

–¿Qué se ha robado?

–La comedia de envejecer y hacerse mayor. El protagonista, recuerda, está cerca de los cincuenta. También, la comedia del fracaso, porque todo arte es un fracaso. La crueldad... y la manera en que la gente utiliza a los demás, incluso a los que están cerca, alrededor, a los que queremos. Y lo hacemos para mantenernos nosotros, para sostenernos.

–¿Por eso juega un papel importante la culpa?

–Nací como católico y me han educado como uno de ellos. La culpa tiene un enorme papel en mi vida. La culpa buena es la que hace que seas consciente de ti mismo y de la capacidad que posees para la crueldad.

–¿Qué ha retratado de usted en este artista?

–Hay una parte mía, pero no soy yo. No tiene nada que ver conmigo y tiene todo que ver conmigo. Es la manera particular que tiene la ficción de funcionar. Nunca he sabido exactamente quiénes son estos personajes que invento. Son igual a los que aparecen en nuestros sueños: los formo con pedazos de individuos que están en mi vida real.

–¿Escribe para explorarlos?

–Escribo para hacer frases. El diálogo, la trama y los personajes son accidentes. Es la materia con la que trabajo. Son como la piedra para el escultor o los sonidos para el compositor. Aquí es donde suele equivocarse la gente. Se asegura que como la ficción está escrita en el idioma, tiene que ser más personal que la música o la pintura. No es así. Un libro no tiene nada que ver con la vida. Da la ilusión de que es vida, pero la ficción no tiene nada que ver con ella.

–¿Lo más importante para usted es el lenguaje?

–Como Benjamin Black, escribo argumentos, diálogos... y, como John Banville, me concentro en el lenguaje, pero con pasión y con intensidad. Eso hace que se produzca poesía. Son dos maneras distintas de escribir.

–¿Y qué le atrae de una palabra?

–Las palabras no tienen significado. Nosotros se las damos. «Caballo» no es un caballo. El otro día en la radio anunciaban que el lenguaje se había desarrollado a partir del piar de los pájaros. Es una noción maravillosa, porque ahí podemos introducir el ritmo y la poesía.

–¿Y qué me comenta de la palabra «fracaso», que tanto tiene que ver con su libro?

–Mi personaje deja de pintar porque ve el vacío entre el mundo y la obra de arte. El mundo está ahí y aquí lo que he hecho. Y lo que hay entre una cosa y otra, es el vacío. Es un artista que ha perdido la fe en la ilusión exquisita de lo que es el arte. Éste es su problema. Es la comedia de su vida y de todas las nuestras. Si tomamos perspectiva, la vida es divertida y absurda, exquisita y gloriosa.

–¿Y de la traición, también presente en su obra?

–Su presencia convierte nuestras existencias en algo más intrincado. Añade complejidad. Es lo que hace que nos demos cuenta y eso alimenta nuestra culpa. Sigo pensando que nacemos con un toque de culpabilidad.

–¿Amamos lo prohibido?

–No. Amamos lo que deseamos y si está permitido o no está más allá de cualquier cuestión. Somos niños avariciosos, quiero este caramelo, este juguete, y lo vamos a conseguir. Y nos da igual que, para conseguirlo, podamos herir a otras personas.