José Sacristán: «No se puede pedir una república como el que anuncia las fiestas de su pueblo»

David Mamet escribió «Muñeca de porcelana» a medida para Al Pacino, pero el actor madrileño acabó arrasando en el papel. Nunca se muerde la lengua: las pensiones, el machismo, la deriva de la izquierda, la corrupción, el independentismo... Siempre se moja.

David Mamet escribió «Muñeca de porcelana» a medida para Al Pacino, pero el actor madrileño acabó arrasando en el papel. Nunca se muerde la lengua: las pensiones, el machismo, la deriva de la izquierda, la corrupción, el independentismo... Siempre se moja.

Sirva el regreso de José Sacristán (Chinchón, 1937) a Madrid con «Muñeca de porcelana» como excusa para abordarlo en el camerino del Teatro Bellas Artes a escasos minutos de pisar las tablas. Sobre la mesa, las alhajas con las que engalanarse para salir a escena y las «Memorias» de Tennessee Williams, que acaba de empezar a leer. El actor, dice cumplidos ya los 80 y con seis décadas en las tablas, se encuentra con «esos nervios que nunca se van».

–Ha cambiado el panorama en el Matadero desde que estrenase allí hace dos años.

–Sí, joder. Una cagada total y empezando por la izquierda que le quitó las salas a Aub y a Arrabal. Confunden la vanguardia con el esnobismo. Y nadie está en contra de la vanguardia. Lo que pasa es que ha costado mucho llevar a la gente al teatro en Legazpi como para quitarlo de un plumazo. Hay que hacer convivir una cosa con la otra. Es cosa del papanatismo eso de «fuera el teatro, Chéjov es un reaccionario, un antiguo y una mierda...». ¡Qué paletada! Eso viene de la izquierda más a la izquierda y es desolador.

–¿Se pasan de modernos?

–Es como lo de la «portavoza»...

–¿Se ha desvariado con el concepto de feminismo?

–En parte, sí.

–Partiendo siempre de la necesidad de la igualdad.

–Claro. Por ejemplo, en el mundo del espectáculo eso de que las mujeres cobran menos que los hombres no es una actitud machista por parte del productor. No paga más al hombre por ser varón, sino al producto «Manolo» que al «María» porque piensa que va a vender más. Y quien sube la cotización de «Manolo» es el público femenino. Aquí Sara Montiel, Imperio Argentina, Lina Morgan... han sido las que más han cobrado porque iba la gente a verlas. Como decía José María Rodero en «Calígula», en este mismo teatro: «La necedad es homicida», y aquí hay necios y necias que matan. Lo de la portavoza es de una necedad que... En fin (suspira).

–Veo que no se quita la esclava que le regaló Mamet.

–¡Imagínate! Me han dicho quienes le conocen que no es un hombre dado a tener estos detalles, así que... A Al Pacino, desde luego, no se la dio. Aunque solo la llevo en el escenario.

–¿Compite por hacerlo mejor que él? La crítica ha dicho que es así.

–No, sería una estupidez a estas alturas. Me tomo esta obra como una prueba a mí mismo por esa particularidad técnica que es estar hablando por teléfono todo el rato.

–¿Cómo encaja hoy esta «Muñeca de porcelana» que trata la ponzoña del poder?

–Mamet tiene la costumbre de mirar alrededor y convertirse en testigo y cronista de su tiempo. Cuenta lo que nos pasa y aquí insiste, pero sin querer adoctrinar. Hay una peripecia dramática que lleva a cada uno a sacar sus propias conclusiones y unos personajes que manejan el poder económico, político y moral. Ellos deciden lo que está bien o mal. Y también hace hincapié en por qué esta gente está ahí, que no es por otra cosa que porque nosotros así lo decidimos. Invita a ver qué podríamos hacer por nuestra parte.

–¿Qué hay que corregir o modificar?

–Es un problema de educación.

–¿Votamos por costumbre y aunque no haya un político que guste de verdad?

–No, la gente vota porque le gusta ir a los mítines y jalear. Se sabe que son unos corruptos y vuelven a ir. De ahí sale el fenómeno del independentismo o lo que se ha visto en la Semana Santa de Málaga: ¡ministros cantando «soy el novio de la muerte»! ¡Manda huevos! Son cristianos y nadie les puede decir nada, pero tienen una responsabilidad.

–Deduzco que lo dice por aquello de ser un Estado laico.

–Claro, pero a esta gente la van a volver a votar. Mamet deja su obra abierta para que cada uno saque sus conclusiones.

–¿Somos demasiado negativos con todo lo político?

–No. Como decía mi maestro y amigo Fernán Gómez: «No nos caracteriza la envidia, sino el desprecio».

–Aprovechando la obra, ¿puede una llamada cambiar el mundo?

–Depende de quién llame. Supongo que si Trump llama al chino y se cabrea, sí. Para mal, supongo. Pero hay llamadas que sí dan por culo y la que recibe este hombre en la función es una de ellas.

–¿Desgasta la corrupción en España?

–Algo... Aunque se nos escapan los entresijos de qué va a pasar, por lo menos ahora se habla del tema porque hace años era un asunto que ni se contemplaba. También tenemos que pensar que no hay otros candidatos porque la gente no quiere hacer política, no hay voluntad... Al final salen de nosotros, no son marcianos.

–¿Todos somos corruptos?

–Hay niveles y en esta sociedad lo difícil es encontrar inocentes. Mira los jubilados que salen ahora a protestar, volverán a votar al PP y lo saben.

–Difícil papel el de las pensiones...

–Es lamentable ver a gente que se lo ha currado durante años y ahora no llega a final de mes por la repartición que se ha hecho (ríe irónico). Pero el principal problema es el envejecimiento de la población.

–¿Cómo ve a esos jóvenes que han depositado su futuro en las movilizaciones de los actuales pensionistas sin darse cuenta de que el problema es, o será, suyo?

–No lo veo muy divertido porque no encuentro alternativas reales a la deriva de estos años. Pero no estamos peor que hace 30 o 40 años.

–¿No es consciente la juventud?

–No. La cosa es compleja, pero confío en que no sea traumático. Pero, allá vosotros, apañaros. Yo hago mis funciones, mis películas y mis cosas y ya no quiero entrar. No estoy desengañado ni decepcionado porque también asumo mi propia responsabilidad como ciudadano dando la cara y luego pasan cosas...

–Si das la cara es fácil que te lleves una bofetada...

–Pero no siempre y merece la pena. Hay que saber esquivar, aguantar y, si llega el caso, volver. Yo no me arrepiento de ninguno de los pasos que he dado ni de mis opiniones.

–¿Se explica que la izquierda que apoyó se vuelva contra usted?

–Es la misma que llama fascista a Serrat y ha renegado de Juan Marsé. Algunos interpretan esto de la izquierda de una manera un tanto lamentable y folclórica. La izquierda ha hecho cosas formidables en este país y cagadas monumentales, pero el punto en el que está ahora es de una confusión terrible. No hay duda. Acontecimientos como la independencia catalana ponen patas arriba eso de que no se puede ser de izquierdas y nacionalista. No se puede cambiar la «Internacional» por la sardana o el chotis.

–Podemos...

–¿¡Dónde coño está!?

–...se ha movido en la ambigüedad con el tema catalán.

–Sí, pero no puede ser que la otra cara de la moneda sean estos impresentables del PP. Eso es lo jodido. Y, luego, los nacionalistas son unos chapuzas y, aunque sólo sea por respeto a la palabra república, no se puede reclamar una república como el que anuncia las fiestas de su pueblo. ¡Manda cojones!

–Volviendo a la jubilación, Concha Velasco amagó el otro día con ella.

–Le mandé un mensaje diciendo: «Ni tú ni yo podemos abandonar esto hasta que volvamos a trabajar juntos».

–¿Y tiene la obra ya pensada?

–No, pero no estaría mal darle vuelta a aquello de «Yo me bajo en la próxima» y ver qué ha pasado con esos dos tipos.

–La estrenaron en el 81, ha llovido.

–Sí, allí nos pilló el tejerazo, el golpe. Estábamos en el Teatro de la Comedia y nos quedamos a hacer la función de la noche. Llamamos a Adolfo (Marsillach) y lo consideramos nuestra medida contragolpista. ¡Y tuvimos gente! Eso sí, estábamos acojonados porque sabíamos que estábamos en una lista...

–¿Qué piensa cuando repasa su carrera?

–Que me sigo divirtiendo. Esto sigue siendo, por encima de todo, el juego de ese crío que quería ser otro. Salir a las tablas o ponerme delante de una cámara para que se crean que soy quien no soy.

–Ahora que habla de cámaras, dice que el cine le ha salvado de la monótona repetición del teatro.

–Hombre, hacer dos funciones los siete días a la semana y sin que te paguen los ensayos y las dietas... Con todo hay compañeros que vivieron solo del teatro y lo dignificaron. Pero para mí era insoportable. El día de descanso lo conseguimos en el año 75.

–¿Qué hace en ese día libre?

–Procuro quedarme en casa si no tengo rodaje.

–¿Por qué no le gusta dar consejos?

–Es una cosa muy personal. La relación que establezca cada uno con su vocación, entusiasmo, coraje y ganas de aguantar es de cada uno.

–Pero es necesario que los mayores enseñen a los jóvenes, ¿no?

–Ya, pero no todo el mundo está capacitado para transmitir lo que sabe.