La agenda española de Bernini

El Prado intenta atrapar el genio del escultor a partir de la relación que mantuvo con España. En la imagen, «Anima dannata», un autorretrato oculto del artista

El Museo del Prado rastrea los trabajos y la relación que el escultor mantuvo con España y la monarquía española en una muestra que reúne 23 obras del maestro, algunas de ellas jamás vistas en España con anterioridad.

El Prado dedica una exposición de gabinete a uno de los escultores de la monumentalidad: Bernini. El alma del italiano resultó ser de una vehemencia creativa imprevisible, voraz, que en la fuerza de sus pasiones fagozitaba todas las disciplinas de las artes: el dibujo, la pintura, la arquitectura, la talla. El artista, el nuevo Miguel Ángel, como lo denominaban sus admiradores (para envidia y pesar de sus detractores, como Borromini, con el que sostuvo una tensa y legendaria rivalidad), mantenía el pulso del clasicismo, pero desprendido ya del resplandor de Buonarroti y otros maestros anteriores. Logró de esta manera, sobreponiéndose a las influencias, encaramarse a un estilo propio, individual, que marcó la época que vivió. La ambición del Barroco empujó a los creadores a superar los límites de la pieza en sí misma y proyectar su voz, que no es más que la presencia rotunda de la figura, hacia su entorno. De esta manera, el artista superaba el estrecho marco que siempre impone la piedra de las estatuas y convirtió las capillas, el edificio, el altar, el marco en el que se encontraba, en una parte intrínseca de la obra, como puede percibirse perfectamente en el caso de «El éxtasis de Santa Teresa», en Santa María de la Victoria.

Bernini, un hombre dado a contar historias jocosas, divertidas; de una diplomática simpatía y de un carácter chistoso y animado en sus relaciones con el poderoso, aunque también furibundo y temperamental cuando se trataba de asuntos relacionados con el trabajo (al igual que Miguel Ángel), convirtió Roma en un escenario para las fantasías festivas que diseñaba para ceremonias y eventos públicos. Bajo su influencia, la urbe del Tíber se transformó en un inmenso teatro que él adornó con fuentes, estatuas y fuegos artificiales. Desde hacía tiempo, en ese mismo campo donde se libraban también muchos egos y pugnas artísticas, las grandes potencias europeas libraban un inacabable y silencioso duelo, un combate perpetuo por imponer la hegemonía en un continente que apenas conocía los periodos de calma. Las calles y piazzas se convirtieron así en los nuevos escaques de un tablero salpicado de conjuras y estrategias.

Una trayectoria en la penumbra

Bernini presenció ese mapa de rivalidades. Él fue el escultor de la Iglesia y de la corte; del poder celestial, pero, también, del terrenal. En ese singular pulso entabló relaciones con España, una de las naciones principales en el juego de equilibrios políticos que dominaban el siglo XVII. Los vínculos entre la monarquía española y el escultor no han atraído la atención de los historiadores en el pasado y su relación con los mecenas y patrones españoles ha permanecido en la penumbra, sin investigar adecuadamente, hasta hace relativamente poco. El Museo del Prado intenta salvar esa carestía con una exposición reducida, pero intensa, como si a partir de lo mínimo se intentara abarcar la grandeza de este genio, la esencia del hombre que talló «Apolo y Dafne», «El rapto de Proserpina», «David», «Eneas, Anquises y Escanio» o la impactante tumba de Alejandro VII en El Vaticano.

«Las Ánimas de Bernini. Arte en Roma para la Corte española» reúne 39 obras, 23 de ellas del artista. A través de esta serie de piezas pueden recorrerse diversas facetas de su trayectoria, desde sus inicios, cuando ya destacaba en la juventud, hasta las postrimerías de su biografía, cuando su nombre ya estaba timbrado por una aureola de fama. En medio, asoman todos los planos creativos de un espíritu que aspiraba a la totalidad, desde su indiscultible talento como escultor hasta su pericia como diseñador de fuentes, fiestas y teatrales escenarios simbólicos. Unos campos amplios que la pinacoteca madrileña abarca desde diferentes objetos: desde pinturas, dibujos y libros con proyectos inéditos, hasta una impresionante sala, la primera, la que abre el recorrido de la muestra, que enseña tres bustos ejemplares; tres esculturas inapelables, de las que raptan toda la atención. La primera de ellas, un retrato de Scipione Borghese, un mármol de carrara de 1632, representa adecuadamente el nuevo arte que introducía Bernini, con su gusto por la naturalidad, la espontaneidad, tratando de captar el momento. Esta obra parece hablar y, a partir de escasos recursos, el artista consigue incluir en la mirada del espectador incluso lo que no existe. Enfrente se han colocado «Anima beata» y «Anima dannata», procedentes de la embajada de España ante la Santa Sede y que jamás se habían visto antes en nuestro país. Dos cabezas excepcionales que intentan recoger el éxtasis de una mujer al presenciar el Paraíso y la expresión de horror de un hombre al fijarse en el infierno. Esta última, un posible autorretrato, alude a la costumbre de Bernini de representarse (una manera de asentar su leyenda, por si le faltara, y como tuvo por costumbre hacer, entre otros pintores, Caravaggio), como demuestran dos óleos cercanos, dos autorretratos. El Prado ha traído del Hermitage de San Petersburgo una terracota de «El éxtasis de Santa Teresa» y de Brentwood, la «Escultura ecuestre de Carlos II». Este conjunto forma el hilo conductor para recorrer todos los encargos que Bernini realizó para los reyes, nobles y religiosos españoles. Ahí están sus proyectos, como sus ideas para decorar San Pedro durante la canonización de Santo Tomás de Villanueva o el león en bronce que usó de molde y guía para la Fontana dei Quattro Fiumi.