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«La muerte de Stalin»: El poder ahora es mío

Tiempo de lectura 2 min.

09 de marzo de 2018. 01:04h

Comentada
Carmen L. Lobo.  9/3/2018

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Direccción y guión: Armando Iannucci. Intérpretes: Steve Buscemi, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Jason Isaac. Reino Unido, 2017. Duración: 106 minutos. Comedia.

Empapado en vodka, y con el recuerdo de esa mirada todavía flotando en el aire aviesa, de criminal medio psicópata. Solo, de madrugada murió Stalin el 2 de marzo de 1953. Se orinó encima. Era tan temible, el pueblo le tuvo tanto terror durante aquel sangriento mandato, que sus hombres de confianza, mientras rodean el cuerpo del carnicero tendido en el suelo, desean secretamente (o no) que el agonizante secretario general de la URSS exhale el último aliento de una vez, aunque le costó. El asesino al que, por miedo, le vuelven a grabar en un disco un concierto presumiblemente en directo con el director de orquesta más cercano en pijama y el público de mentira no sea que rueden cabezas. Más cabezas. Es el excelente arranque de la película, y ya se prevé la locura que vendrá seguidamente. Adiós a Stalin, que se llevó por delante a tantos inocentes, que no pudo ser atendido por los mejores médicos del país porque ya habían sido ajusticiados. Venganza divina, quizá. El puesto de Stalin está vacante y Armando Iannucci, un director, aparte de «In the loop», que se mueve sobre todo en el mundo televisivo, recrea precisamente en esta divertida y afilada sátira los días previos al funeral del padre de la nación mientras el círculo más íntimo del mandatario intenta jugar bien sus cartas con la hija del propio Stalin envuelta en la encarnizada lucha. Nadie intentará quedarse fuera de juego aunque deba llevarse por delante al que sea, están acostumbrados a que el paredón solucione esos problemas menores. Y, en fin, son lobos de la misma camada, así se dice en mi tierra. Los diálogos entre esta pandilla de siniestros personajes son inteligentes y pinchan igual que una navaja recién afilada, aunque el humor no se consiga siempre con la misma intensidad y donosura. Los actores que dan vida a lo protagonistas, especialmente un Steve Buscemi en su salsa, se muestran cómodos, ágiles, con ganas de transmitir una historia real pasada por el filtro de la comedia que, si le quitan el envoltorio, maldita la gracia que hace. Claro, no resulta extraño que al «camarada» Putin esta producción entre Francia, Gran Bretaña y Bélgica le haya sentado, nunca mejor dicho, como un tiro. Y no porque se trate de un vodevil sobre la muerte del tirano y los rusos parezcan medio idiotas, sino por lo que provoca que la risa, mientras aparece, se derrita: a estas alturas, muchos todavía no saben exactamente a cuántos seres humanos el maléfico Stalin les robó las vidas.

LO MEJOR

Steve Buscemi en el papel de un ambicioso, delirante y conspirador Khrushchev; el actor está en su salsa

LO PEOR

Aunque es una sátira más dura de lo que parece e inteligente, en ocasiones pierde el ritmo de la comicidad

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