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Zarzuela e Inaem: la reforma pendiente

El otro día, durante el acto de presentación de «El Caserío» en el Teatro de la Zarzuela, Juanjo Mena me confesó: «Me juré a mi mismo no volver a este teatro tras “¡Ay amor!” El teatro era un desastre». Era entonces octubre de 2012 y hacía muy poco que Paolo Pinamonti se había hecho cargo de su dirección tras la etapa de Luis Olmos, que mejor olvidar. «Ahora da gusto trabajar en él. Ha cambiado de la noche al día», me añadió. Su trabajo les ha costado a Pinamonti y Daniel Bianco. Pero vi a Bianco con mala cara y son muchos años que le conozco. Hacía diez días que se había reunido con Giancarlo del Monaco para preparar un doble espectáculo que será formidable: «La Tempranica», esa obra que Frühbeck dirigió en concierto en el teatro casi como despedida, y «La vida breve», una producción redonda del Palau de les Arts. El cotizado director de escena me transmitió su preocupación por no tener un contrato firmado. De ahí mi pregunta en el citado acto: «Daniel, tu contrato vence en noviembre de 2020. ¿Te han confirmado su renovación? ¿Estás pudiendo programar más allá de esa fecha?». Su respuesta fue muy diplomática: «Todos sabemos que el teatro tiene que seguir funcionando y que las temporadas hay que prepararlas con dos o tres años». Efectivamente, los teatros líricos han de programar con años de anticipación las producciones y los artistas. No son como los teatros de prosa. El INAEM no está en funciones, como el Gobierno, y seguro que no querrá caer en la irresponsabilidad de que se paralice el teatro. No haría más que dar argumentos al Teatro Real cuando justificaba la absorción de la Zarzuela como la vía para que éste funcionara de forma acorde con los tiempos. Más considerando que fue justo el actual ministro de cultura quien zanjó la absorción. Pero lamentablemente no se trata sólo de la programación. Desde hace días no se veía por el teatro a Pablo López, su gerente, ni a otros cargos relevantes. El primero está en otro puesto de la administración y los segundos se han jubilado o sus contratos han vencido. El director musical ha presentado su renuncia por un problema de incompatibilidades salariales. El director artístico ha tenido que asumir las funciones gerenciales, hasta que se convoque la plaza de gerente dentro del funcionariado. Los demás están pendientes de nuevos contratos o de que se doten las plazas y el puesto de director musical se transformará en director principal. Pero es la situación del INAEM en muchas unidades porque nadie ha tomado jamás las riendas de una reorganización general. Los directores generales que llegan al INAEM siempre se han contentado con sus años de mandato y han tenido pocas ganas de luchar con Función Pública y Hacienda. El próximo gobierno, o el actual en funciones, deberían dotar un nuevo cargo responsable del traslado de varias unidades del INAEM a fundaciones públicas u otras fórmulas legales que las independicen y las conviertan en administradoras de sus presupuestos. Va siendo hora de reformar el INAEM.

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