La rehabilitación del eterno joven austriaco

Peter Handke, en una imagen de archivo / Ap
Peter Handke, en una imagen de archivo / Ap

Peter Handke está prohibido en buena parte de Europa. Puede que la concesión del Premio Nobel de Literatura suponga levantar el castigo. Acaso volver a la agria polémica de los años 90 o a arrojar una nueva mirada sobre el apoyo del escritor austriaco a Serbia en plena guerra de Yugoslavia. “Justicia para Serbia” (Alianza) abrió una herida en la inteligencia europea que rápidamente tomó partido a favor del otro bando. Pero, ¿qué bando? ¿Los eslovenos que sólo derramaron la sangre del Ejército Federal? ¿Los musulmanes de Bosnia? ¿Los que ahora viven constreñidos entre Serbia y Croacia y la gran corrupción balcánica? Fueron ellos los damnificados predilectos, con razón (no hay jardín de Sarajevo que no esté moteado por lápidas blancas, como palomas inmóviles), sin ni siquiera preguntándose por las causas de esta guerra civil que tuvo, como siempre en estas matanzas entre hermanos, actores internacionales escondidos en la tramoya. Alemania le dio un golpe con su dedo de acero a la primera ficha y todo el dominó fue desplegando un dibujo terrible.

Handke no ocultó a nadie su apoyo a Serbia: fue también al entierro de Milosovic a su pueblo natal, en 2006, cuando ya todo parecía olvidado, incluso el propio escritor. No se escondió.

El 12 de junio de 1996, visitó Madrid para presentar “Justicia para Serbia” y leyó un fragmento: el de una mujer que hablaba de los montones de cadáveres que bajaban por el río Drina. Allí mismo, en la Fundación Carlos de Amberes, fue acusado de ser cómplice de los crímenes serbios, incluso de cerrar los ojos ante la matanza de Srebrenica. Y lo peor: de negar su existencia.

Pero Handke tuvo sus razones para este descenso a los infiernos. “Algo me impulsa a ir a detrás del espejo”, escribió en “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Moravia y Drina” (1996). Todo lo que leía, todas las imágenes, todos lo muertos, le llegaban desde un sólo lado, siempre del “agresor” -las comillas son suyas- serbio. Decidió viajar por su cuenta, sin la invitación de ningún bando. El resultado fueron dos largos artículos aparecidos a comienzos de 1996 en el “Süddeutsche Zeitung”, lo que provocó la ira de buena parte de la prensa europea, con especial saña de “Le Monde”. Pero antes vio “Underground” (1995), la película de Emir Kusturica, y entendió algo de la historia de la antigua Yugoslavia -el realizador es serbio nacido en Sarajevo- y de aquellos que pronto lo arrojarían al infierno sin llegar a oler la carne quemada.

En primera fila estan Alain Finkielkraut, “uno de los nuevos filósofos franceses”, y desde que estalló la guerra “un incomprensible charlatán a favor del estado de Croacia”; o Andrés Glucksmann, que creyó ver en la película de Kusturica un “ajuste de cuentas con el “comunismo terrorista serbio. Y finalmente, cómo no, Henry-Lévi, “uno de los nuevos filósofos, uno de los que proliferan hoy en día, que están en todas partes y en ninguna”.

Handke viaja por Serbia y empieza a no tener respuesta para preguntas que él mimos se va haciendo. Duda que los dos ataques al mercado de Sarajevo sea obra de los serbios apostados en las colinas, ni el bombardeo de Dubrovnik, ni Srebrenica. Río abajo, a treinta kilómetros del enclave hay las sandalias de un niño, y le preguntan. No lo pone en duda, pero pide una investigación.

Handke, gran conocedor de España, caminante por La Mancha, Gredos y Soria -aquí se inspiró para escribir “Ensayo sobre el cansancio”-, siempre criticó cómo la opinión pública europea, alemanes, croatas, eslovenos, gente biempensante muy alejada de los ríos manchados de sangre, construyeron un enemigo monstruoso, Serbia, sin querer saber nada más. Lavándose las manos. Ahora, todavía se pregunta Handke si la paz con la que se puso fin a la guerra de Bosnia, compartimentando montañas y ríos, pueblo a pueblo, en un dédalo de fronteras y en ridículos “estaditos” era el precio para aplacar tanta mala conciencia.