Larguísima vida a la ópera

Erwin Schrott (izda.), en «L’elissir d’amore» que llega el 29 al Real
Erwin Schrott (izda.), en «L’elissir d’amore» que llega el 29 al Real

Un día para celebrar que la ópera está más viva que nunca, para no olvidar que se trata del espectáculo total y para desterrar viejos fantasmas acerca de que se trata de un género que se marchita. Nada más alejado de la realidad. Dicenlos entendidos que hablar de que la ópera está en crisis es algo manido y que no por repetido una y cien veces va a convertirse en realidad. Para Antonio Moral, ex director artístico del Teatro Real y uno de los gestores con mayor experiencia en el ámbito de la música clásica, «goza de una estupenda salud. Allá donde vayas, al teatro que visites, lo encontrarás lleno. Haz la prueba en Madrid, o, si no, trata de encontrar una entrada en Múnich, por ejemplo. Será imposible. ¿En crisis? Nada más lejos de la realidad. Eso no es así. Lleva cuarenta años en crisis. Es como decir que está lleno el patio de butacas de cabezas blancas. Lo que se omite es que algunas de esas cabezas desaparecen porque es ley de vida y que otras que se incorporan van encaneciendo, luego cabelleras blancas siempre va a haber. Yo creo que a través del tiempo ha gozado de una excelente salud, lo veo desde que tengo uso de razón. Y en Madrid, no nos engañemos, tampoco encuentras una entrada», asegura.

Cuando tenía cinco años Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, vio su primera ópera, «Fedora», de Giordano, en el Liceo, con una de las últimas actuaciones de Giuseppe di Steffano: «Seguramente no sea la mejor, pero me impresionó. Comencé a frecuentar tanto la ópera como el teatro, en Barcelona, y también los festivales de Aix-en-Provence y Salzburgo, entre otros, a iniciativa de mis padres», recuerda. Lo dice porque habían comprado una «roulotte» y toda la familia se desplazaba de festival en festival durante los veranos. Ahora, confiesa, está absorbido por una ópera contemporánea que estará en la programación del coliseo, «La pasajera», de Weinberg, «una obra maestra de la que no se sabía nada hace una década y que ha resultado ser una de las mejores del siglo XX. Recomiendo que no se la pierdan», comenta. Y con ello nos quedamos. ¿Y sobre el futuro de la ópera, lo ve incierto? «Yo creo que goza de una salud estupenda. Nunca ha habido tantos teatros, tantas representaciones, tanto público y tanta difusión audiovisual masiva. En este sentido, la situación está mejor que nunca. Las amenazas conciernen a la gestión, porque el incremento en los costes de producción de un arte que implica a tantos profesionales de disciplinas tan diversas supone un reto de gestión descomunal al que se enfrentan todos los teatros con resultados más o menos felices. Los coliseos deben tener la valentía de adaptarse a la nueva coyuntura, y no siempre resulta fácil porque hay tradiciones y rigideces que cuesta bastante cambiar». ¿Es y va a ser importante la tecnología en el futuro lírico? «La difusión audiovisual es una iniciativa que va a será crucial para que un teatro llegue a un público más amplio y para dotar de un mayor sentido las subvenciones de los presupuestos de los teatros de ópera», responde Matabosch.

Que pasen los jóvenes

El director del Palau de les Arts, Jesús Iglesias, se mueve en similares parámetros y asiente cuando se le pregunta si el momento para el género es tan positivo como lo pintan sus compañeros: «Es muy bueno, vive un gran momento. Yo la veo con una enorme potencia: se abren nuevos teatros y el público acompaña porque está ávido de cultura, las programaciones son de lo más variado. Aunque hay que señalar que en las ciudades que no son grandes sí se puede notar que se quedan un paso atrás con respecto a las capitales. Una de las asignaturas pendientes que tenemos es involucrar completamente al público joven, algo que se ha conseguido ya en parte, pues ese primer paso se ha dado. Y conseguir que otros se incorporen y que se produzca una renovación. Por el momento ha perdido esa pátina de elitismo que la caracterizaba y que tan poco bien le hacía. Hoy resulta bastante más accesible, no me cabe ninguna duda», explica. Y eso se ve en las programaciones. En el número de óperas contemporáneas que se estrenan, puya que junto a las obras de repertorio es necesario que convivan otras del siglo XX, que tengan esa oportunidad de ser escuchadas y vistas. «Es , sin duda, la más completa de las artes y tiene el reconocimiento que se merece, aunque nos quede camino todavía por recorrer», añade Iglesias. La iniciativa de celebrar este día partió de un tripartito bien avenido. Tres instituciones capaces de ponerse de acuerdo desde Europa, Latinoamérica y Norteamérica para buscar una fecha que pusiera en valor el género. Si además coincidía con el aniversario del nacimiento de dos grandes músicos como Bizet y Johan Strauss II la jugada se antojaba redonda. Hoy, por tanto, se celebra en todo el mundo. Habrá actos, charlas, iniciativas en las redes... y ópera. Que no falte.

Quien diga que si la primera vez te gusta una ópera ya te enganchará para siempre no se equivoca. Tenemos un ejemplo a mano, el de Gregory Kunde, un tenor habitual de los teatros españoles, norteamericano de nacimiento. La primera vez que asistió a una representación tenía 19 años y fue sin el menor convencimiento. Sin embargo, se sintió fascinado, cuenta. Y decidió que aquello era a lo que deseaba dedicar su vida y su futuro. Hoy termina de representar «Turandot» de Puccini en el Liceo con una producción futurista. Piotr Beczala, otro de los nombres imprescindibles de la lírica actual, se encuentra en plena gira por España. Valencia, La Coruña, Zaragoza, Gerona. Su primera vez fue como Tamino en «La flauta mágica» de Mozart. Y si tuviera que elegir un título se quedaría con «Lohengrin», aunque le gusta cambiar.

Si antes citábamos el montaje futurista de Puccini en Barcelona, en el extremo opuesto el Real repone la producción gamberra de Damiano Michieletto con algún ajuste. Se trata de «Elissir d’amore», un Donizetti tremendamente divertido que estuvo en escena en 2013 y que regresará seis años después a partir del martes 29. Impagable su Dulcámara, que el bajo barítono Erwin Schrott ha hecho suyo, convertido ya en estandarte y presentado como un ligón de medio pelo que vende farlopa en la playa. Habrá 12 funciones.