Aquella infancia tardofranquista

A unque no haya nada nuevo bajo el sol, cierta originalidad narrativa se cifra en un ocurrente tono transgresor, en una desinhibida crítica de la realidad, sin olvidar la punzante ironía, la relativización de los géneros literarios y el lúdico autobiografismo. Es lo que ha conseguido sobradamente en los últimos años Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besós, 1965) con «Los príncipes valientes» (2007), «Paseos con mi madre» (2011) o «Catalanes todos» (2014), novelas inclasificables en su rara mezcolanza de evocador lirismo, reivindicación de la cultura popular, atrabiliarias vivencias personales y un humor de juegos de palabras y jocosas ambivalencias conceptuales. «Diccionario enciclopédico de la vieja escuela» recoge, al modo de aquellas entrañables enciclopedias colegiales, un jugoso compendio de términos autorreferenciales que remiten a la infancia autorial tardofranquista, su juventud en la Transición y una actualidad reflejada en lúcidos comentarios y desternillantes apreciaciones. «Contar lo que he visto, lo que he leído, lo que he escuchado, tal es mi propósito en este volumen»; pero más allá de este objetivo testimonial hallamos la crónica sentimental de una extraña modernidad de tardes de cine con sesión doble, esperados tebeos (que no cómics) dominicales, inquietantes primeras lecturas iniciáticas –Poe, Verne o Salgari–, álbumes de cromos trabajosamente completados o juveniles vagabundeos de barriada de extrarradio. Textos éstos en los que vida y literatura se imbrican en eficaz combinación estilística: «Pareciendo una manera de escribir, resulta que han sido una manera de vivir.» La clave de esta escritura radica, efectivamente, en su carácter visceral, íntimo, festivo y desgarrado. La reconocida influencia de Francisco Umbral – «Para superarlo hay que dejar de leerlo radicalmente» – y la rupturista iconografía de Gómez de la Serna nos sitúan ante una prosa de luminosos hallazgos expresivos y punzantes imágenes de señalada intencionalidad: «La cartilla de racionamiento era la única Constitución».

La metáfora, el oxímoron o las simbólicas comparaciones son creativamente vulneradas, recreando la feliz retórica de esa machadiana coloquialidad de «lo que pasa en la calle». En insólita compañía conviven aquí apocalíticos e integrados como el hambriento Carpanta y el atormentado Kafka, la fantástica Mary Poppins junto al analítico Sherlock Holmes, King Kong codeándose con Dickens o el intrépido James Bond no lejos del melódico Dylan.

Los libros, el cine, el pop-rock, los cómics o la actualidad sociopolítica conforman la esencia de una cultura popular extraordinariamente vital y atractiva, junto al concienciado compromiso de las páginas dedicadas al atentado a la revista «Charlie Hebdo», las tensiones obreras y sindicales de nuestro tiempo, el fenómeno reivindicativo del 15-M, o el varopinto racismo globalizado. El protagonismo del escritor es absoluto, y su condición de tipo descontento, eterno Peter Pan anclado en díscolas ingenuidades, desenfadado gestor de su concienzuda memoria, resulta deslumbrante y absorbente. Ingenio, ternura, nostalgia e inteligente crítica de la realidad para una excelente expansión literaria.