Así habló Voltaire

Si Voltaire regresa a las mesas de las librerías una y otra vez, con la sempiterna excusa de cómo su obra está apegada al hoy, cómo el hoy necesita a Voltaire, si «contraataca» de continuo como defensor de un «pacto social» para la pacífica vida en común, como el que afirmaba que era el propio hombre quien creaba un destino en el que Dios no intervenía, sería apropiado conocer su vida antes de nada. Ello para disfrutar mejor este breve y enjundioso libro –la traducción es de Antonio Soler Marcos y cuenta con un prólogo de Josep Ramoneda– que va del siglo XVIII a la Europa de los refugiados, la «que se repliega, se anula a sí misma», llena de «un egoísmo miope», ejemplificado, dice su autor, André Glucksmann, en una Francia que, «en un hermoso arrebato medieval, para compensar los sinsabores nacionales –irrisoria panacea–, propone la expulsión de veinte mil rumanos sospechosos de amenazar la República».

Del 68 a Sarkozy

Para el autor, antaño comprometido con los valores del mayo del 68 y luego muy crítico con las posiciones izquierdistas hasta acercarse a la política de Sarkozy y apoyar la intervención en Irak, es hora de reconocer nuestra responsabilidad. En un mundo globalizado, habría así que asumir «la libre circulación de los hombres, los bienes y las ideas» para levantar «ese conjunto de barreras geográficas o culturales, ese conjunto de libertades que la civilización europea ha perseguido desde sus orígenes helénicos». Y para tal cosa François Marie Arouet, el único de cuna burguesa de entre los más célebres enciclopedistas, un superdotado que ya de niño destacaba por su pluma literaria y que disfrutaría de precoces puestos de relevancia, como el de secretario de la embajada francesa en La Haya, empleo del que fue expulsado por tener una relación con una refugiada francesa, puede muy bien ayudarnos.

Hoy Voltaire contraataca porque en su día no se calló: cuando muere Luis XIV, en 1715, escribe una sátira contra el duque de Orleáns, que ejercía de regente, le encierran un año en la Bastilla y después queda desterrado, momento en que adopta su seudónimo (de extraña y ambigua procedencia). Sigue sin callarse: revisita la cárcel cinco meses por una disputa con un noble, con el consiguiente destierro, esta vez en Londres en 1726. Dos años más tarde, se arriesga a ser perseguido de nuevo con sus «Cartas filosóficas» en las que proponía la tolerancia religiosa y libertad de credo, criticando todo comportamiento fanático, y tiene que huir a Suiza. Levantada la condena, regresa a París y alcanza el éxito con ensayos históricos, obras de teatro, novelas, poemas filosóficos y políticos... Nunca a gusto no obstante, acepta la propuesta de Federico II de Prusia para vivir en su corte berlinesa, en 1750, y escribir libremente, para luego instalarse cerca de Ginebra; de esa época es la novela corta «Cándido o el optimismo», que será condenada por sus críticas al clero, la monarquía, el ejército y la nobleza.

Y precisamente Glucksmann acaba su prólogo diciendo: «Lee “Cándido” y conócete a ti mismo». A su análisis va dedicando todo el libro pues, no en balde, lo considera «el manifiesto de nuestro tiempo», emparentándola además con otro gran cuento, «Zadig, o el Destino». Ambos personajes comparten el amor por la verdad, el primero un ignorante y el segundo un sabio que al fin y al cabo se preguntan cosas similares: qué somos. Una incertidumbre que Voltaire pone de manifiesto al quedar impactado por el terrible terremoto que sacudió Lisboa en 1755 y que tanto destaca aquí Glucksmann, que salta a nuestro periodo para constatar que el pasado y el presente se solapan en una calcada inmoralidad hacia el mendigo, el gitano, el sin papeles, y que la política está en un bucle: Voltaire «era reprobado por la izquierda» y «continúa siendo abominado por una derecha demasiado conservadora». Ése es el lugar que debería ocupar el intelectual: el de ser incómodo para todo tipo de poder.

Como se ve, Glucksmann hace un paralelismo continuo entre su objeto de estudio y nuestro continente; de hecho, estamos en una Europa volteriana por vivir una suerte de ateísmo, en una Europa que rechaza «los fanatismos de hoy como los de ayer –fascismos, bolchevismo, integrismos religiosos», o en una Francia en la que la mayor parte de los ciudadanos «está a favor del desmantelamiento de los campamentos provisionales y de llevar por la fuerza a sus inquilinos hasta la frontera». Para todo ello tiene palabras «Cándido» si sabemos leerlo, insinúa Glucksmann, que ya en su mundo transitaba entre una realidad de tradiciones y creencias en perpetuo choque. Voltaire de este modo nos conmina a sortear los tabúes, y en estas páginas tan pronto lo vemos relacionado con un acto de la ONU en la Sorbona como con los campos de exterminio nazis y soviéticos. Allá donde esté la «intolerancia, fanatismo, falta de humanidad», estará Voltaire –que por cierto escribió la obra teatral «El fanatismo, o Mahoma el profeta»– con su implacable ataque a los hipócritas y extremistas, haciendo que sus «Cartas filosóficas» y «Cándido», sigan siendo, como nos transmite póstumamente Glucksmann, «programas para la reflexión y la acción».