El dolor, desde las entrañas

Era éste un libro inevitable que no estaba en la mano de la autora dejar de escribir. Por el dolor ante la pérdida, por la necesidad de drenaje, por la actitud española ante la muerte, por la testaruda insistencia de una mujer –y una escritora; por ese orden– de preservar la memoria del ser amado en tinta... Y, sobre todo por la autoimposición de romper el sortilegio del daño deshojando palabras. Lena –¿trasunto de la propia Monforte?– es una fotógrafa que ha perdido a su marido, Jonás, hace apenas dos meses y emprende un viaje a Tármino –en la realidad Brihuega, «una suerte de Provenza española»–para cumplir su última voluntad: esparcir sus cenizas. En apenas 36 horas, la protagonista repasará su historia de amor al tiempo que se encontrará con los amigos de siempre.... pero también con los secretos que anidan en cada familia. Dulces, en ocasiones, y amargos cuando menos conviene.

A Lena, la pérdida la ha dejado tan cerca de la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabe muy bien en qué extremo se encuentra. Para explicarse semejante dolor –la autora o Lena, tanto da–, recuerda. Evoca. Recrea el ritual del duelo que todos hemos seguido paso por paso, como si de un manual del sufrimiento se tratara: calzarse la ropa del que se ha ido, mirar fotografías, analizar momentos, acurrucarse en el lado vacío de la cama..., oficio del doliente para asimilar el trauma. ¿Qué sería de nosotros si permitiésemos que todo aquello que nos ha precedido cayese en el olvido? ¿Tendríamos que comenzar partiendo de cero o nos disolveríamos en la nada? Con una estructura obsesiva –porque la experiencia del duelo lo es–, en cada párrafo regresa una y otra vez a los acontecimientos clave intentando ver alguna salida distinta, como si todo pudiera haber discurrido por otro cauce. Pero no hay puerta grande o estrecha; simplemente, no hay escapatoria.

Pensamiento mágico

Pese a la continua y acertada tensión que nos hace regresar a nuestras propias lesiones, su lectura, tan intimista, está dominada por una celebración de la vida, aunque flote durante toda la historia el pensamiento mágico de que pudiera no haber sucedido. Muchos son los autores que han tratado el tema de la pérdida de un ser amado (Auster, Allende, C.S. Lewis, Didion...), pero igual que las personas felices se parecen unas a otras, todas aquellas que sufren un duelo, viven el dolor como pueden. La autora logra contar desde las entrañas lo mil veces narrado de forma tan privativa e íntima como su propio daño con una estructura altamente cinematográfica, tan hiriente como balsámica. Y acierta de pleno.