El ojo de un «voyeur» sentimental

Nunca hay espacio suficiente para la reseña de un libro, mucho menos cuando se trata de un poemario y resulta tarea imposible si se profundiza en la obra completa de un autor que parece despedirse de un género después de tres décadas manchado de él hasta los tuétanos. Algo más de doscientos poemas repartidos por diez libros compilados, ahora, en un único volumen lleno de gestos, atmósferas... sutileza en estado puro. Estamos ante cuatrocientas páginas, esculpidas verso a verso, nacidas desde una zona distinta a la experiencia y su contrario. Proceden del chaflán de la reflexión, del epicentro de la identificación y la periferia de la transferencia para turbarnos sin artificio. Todo lo que escribe García Ortega está estudiadamente pervertido en la más elevada de sus acepciones. Porque, en él la perversión consiste en la elaboración estética de lo visceral. Este «Animal impuro» supone la suma poética de un contador secreto capaz de teñirlo todo de palabra sin espíritu de provecho, o mushotoku en el budismo zen.

Del ojo al hueso

Estos poemas reunidos cronológicamente van del ojo al hueso –parafraseando a la poeta Olvido García Valdés–, y están trazados con el pulso de un controlador aéreo de la emoción en su incesante ir y venir de de lo interior a lo exterior para ponerlo todo perdido de verdad. Es, García Ortega, un voyeur de la orografía sentimental, de las ciudades, los hoteles, los silencios, los ruidos, el acervo cultural de Occidente, el mal, el tiempo que pasa y se estanca, el amor, la intertextualidad... ¿algo le es ajeno?: Sí, lo accesorio, lo huero. Escribe Martín Casariego en el prólogo que el hombre es un animal impuro porque reflexiona y siente, yo matizaría que es la mácula lo que nos dota de humanidad e impureza. Justo aquello que destila cada verso de este libro, que no huye ni se retira a las torres del Parnaso, sino que se contamina de cuanto le rodea, mira a los lugares más incómodos de nuestra condición y se asoma a esa oscuridad primordial que nos define con un poderoso componente moralizante. Trabajados con enorme celo los aspectos arquitectónicos de cada poema, se nos presenta lírico, a veces; otras, narrativo... en ocasiones, hermético. Un poeta de escucha –y visión– activa, el que nos habla, con un inmenso control del idioma y un magnífico arsenal de intereses y registros.