Ésta es la cruda realidad

Conocido especialmente por el libro con el que se estrenó, «Hijo de Jesús», un conjunto de relatos unidos por un mismo tema, la vida contemporánea en el medio oeste americano, Denis Johnson es, sin embargo, uno de los autores más destacados de la narrativa reciente de Estados Unidos. Tanto ese libro que cautivó a la juventud que lo leyó en ese país a comienzos de los años noventa (con relatos llenos de personajes perdidos en el mar de sus adicciones, sofocados por un infierno tan temido pero en el que, a pesar de todo, son capaces de encontrar un momento de radiante epifanía donde todo puede verse con mayor claridad) como los que vinieron después, las novelas «Ángeles derrotados», «El nombre del mundo» (que acaba de reeditarse en traducción de Rodrigo Fresán) y «Árbol de Humo», que fue galardonado con el National Book Award en 2007, no hicieron más que confirmarlo.

«Los monstruos que ríen», décima novela de Denis Johnson, parece no obstante un desvío dentro de la singular obra de este escritor que nació en Munich de manera casual pero que se formó culturalmente en Estados Unidos. Ambientada en África, el narrador es un tal Roland Nair, un danés (por quien corre, no obstante, sangre estadounidense) que aterriza en Sierra Leona para espiar a Michael Adriko, un mercenario de Uganda que fue ayudante del ejército de Estados Unidos en la República Democrática del Congo, en Afganistán y en Oriente Medio.

En la mira del Mossad

Michael, que se ha montado un negocio un tanto turbio relacionado con el uranio, está en la mira del Mossad, que no confía demasiado en él y que, para vigilarlo, ha decidido enviar a uno de sus hombres. Lo que el Mossad no sabe, en cualquier caso, es que Michael y Roland son viejos conocidos.

Novela disfrazada de novela de espionaje, es una de esas obras que destacan por su mucho movimiento y por su poca trama, como si detrás de una prosa que ha abandonado sus intenciones más líricas de otra época en favor de una acción continuada el autor hubiera querido ocultar el verdadero truco de la novela: la resolución de un enigma que, en realidad, no existe. Así, en el volumen, todo está a la vista y hay muy poco que ocultar: el color local, el calor insoportable, el caos permanente, el agobio por la falta de aire acondicionado y la sempiterna búsqueda del dinero y del tesoro en una tierra gobernada por la codicia, el crimen y la usura y abandonada a su propia suerte.

En ese ámbito sin leyes fiables, y en el que cada uno es parte de un sistema que, a la vez que lo corrompe, lo hace también sospechoso, Denis Johnson despliega una visión impiadosa y cínica del tiempo actual, donde lo esencial, la palabra esencial, como dice en algún momento Michael, es una palabra vacía, aunque sigue estando llena de significado, pues tiene que ver con la esencia de las cosas. Así, lejos de imaginar un lugar posible y utópico, tan feliz como esencial para el destino de los seres humanos, en «Los monstruos que ríen» el autor ofrece un retrato crudo y sin aditivos del mundo contemporáneo. Un mundo en el que ya no importa tanto quién es el que espía y quién es el espiado, sino otra cosa: el hecho de que la humanidad no encuentre, ya, su casa, su hogar, su lugar en el mundo.