La brujería es cosa de dos

Borges seguramente diría que, siendo toda la literatura mágica, era asombrosa la escasa cantidad que se escribía sobre la magia. Sin embargo, el lector encontrará en la novela de Mayte Navales, como en «Olvidado Rey Gudú», de Ana María Matute, literatura y magia a partes iguales estableciendo una perfecta amalgama. Un sitio y un momento actual, el madrileño Templo de Debod, es lo primero que conoce el lector, y allí es donde aparece en escena la bruja que ha atravesado los tiempos, Irati, la última de las Viejas Razas, tomando la forma de una joven que va a buscar una aventura sexual.

Y ya en las siguientes páginas de esta su primera e interesante novela publicada, la escritora hará retroceder a la bruja a épocas antiguas y remotas, cuando en los pueblos cundía el hambre y se enfrentaban los dioses antiguos con el nuevo Dios y sus sacerdotes. Bosques sagrados que eran destruidos y hadas de los ríos que poco a poco perdían su poder. Momentos que nos hacen recordar a aquella magnífica escena que contaba Renan en la que describía la cripta en que duermen los viejos dioses porque ya nadie es capaz de creer en ellos.

En esos antiguos tiempos Irati conocerá a una niña, Greta, a la que convertirá en su alumna, hija, amante y posteriormente en destructora de su mundo. A través de esa batalla tan bien contada de las dos, el lector irá conociendo aquello que afirma Palma Roldán en un reciente libro («La estirpe de Fausto») y que es lo que la Inquisición consiguió: «Convertir los restos de cultos paganos en cultos al Diablo». La sabiduría que emanaba de los druidas, los cultos que contara Virgilio a las hamadríades y hadas de los ríos y bosques, en cierto modo precursores del actual cuidado con la naturaleza, todo eso se satanizó y se destruyó para levantar ciudades y ritos monoteístas. Brujas que eran obligadas a danzar con zapatos de hierro ardientes, que se convertían en lechuzas y gatos, y la historia que cuenta Navales y que a veces nos trae a la actualidad donde Irati se protege en un circo, y donde verá a un niño que posee el aura de las Viejas Razas. Al fin, hoy sabemos que magia y razón acaban siendo las dos caras del único espejo de Alicia.