Cultura

La historia secreta de un diccionario

Aunque resulte una obviedad, una palabra no puede definirse sin otra palabra que remita, a su vez, a otra palabra, y a otra, y a otra. La palabra «perro», por ejemplo, no puede definirse sin recurrir a la palabra «animal», y la palabra «animal» no puede hacerlo sin recurrir, al mismo tiempo, al término «orgánico», todo en una especie de significación infinita que, si no fuera por el uso de los diccionarios, no terminaría jamás. Pero, ¿quién se encarga, realmente, de que una palabra signifique una cosa y no otra y tenga su definición correspondiente en las páginas de un diccionario?

Personas como Kory Stamper, una lexicógrafa que, después de haber trabajado casi veinte años en Merriam-Webster, la editorial más antigua de diccionarios de Estados Unidos, cuenta en «Palabra por palabra» (Capitán Swing, 2018) cómo ha sido la experiencia de estar ocho horas al día encerrada en un despacho y pensando, en un silencio monacal, nada más que en las palabras. O, mejor dicho, en lo que las palabras significan.

El resultado es un libro ameno, repleto de divertidas anécdotas y en el que Kory Stamper («la hija mayor de una familia de clase obrera») muestra con bastante sentido del humor cómo llegó a interesarse por el funcionamiento del idioma para terminar en una editorial donde la relación con la lengua tiene mucho de amor pero, también, una buena dosis de obsesión. Es que no se puede, como señala la propia autora, ser una lexicógrafa sin estar dotada de una sensibilidad lingüística, sin «ese ocasional zumbido en el cerebro» que indica que «plantar lechuga» y «plantar cara» son usos distintos del verbo «plantar» y para el que se requiere una voluntad de hierro: la voluntad de hacer un trabajo tan mundano como cualquier otro, pero en el que se piensa, todo el tiempo, nada más que en palabras.