La memoria siempre duele

La narrativa de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) ha supuesto, con dos señeras novelas, «Intento de escapada» (2013), sobre determinadas supercherías del arte moderno, y «El instante de peligro» (2015), acerca del valor rememorativo de las imágenes, todo un hallazgo: trabajada prosa conceptual, matizado intimismo psicológico, lograda recreación de ambientes, amena agilidad coloquial, incisivos planteamientos éticos, intrigante desarrollo argumental e inteligente crítica de la cultura conforman los ingredientes de un realismo sobrio, introspectivo, clásico y al tiempo testimonial.

En la línea del relato autobiográfico aparece ahora «El dolor de los demás», historia que parte de un trágico suceso real: en la Nochebuena de 1995 un buen amigo del autor, entonces un despierto adolescente en el medio rural de la huerta murciana y hoy profesor universitario de Historia del Arte, asesinó a su hermana y se suicidó después arrojándose a un barranco. Los motivos de tan dramático hecho, la reconstrucción de aquel pasado, su huella actual en la identidad del novelista y las consecuencias de esa catarsis personal forjan una trama de imprevisible resolución. Un incidente traumático desencadena así un proceso revisionista plagado de desnortadas expectativas, inciertos porqués y obsesivas especulaciones. Viene a la memoria «Amarillo» (2008), la novela del malogrado Félix Romeo, en la que trataba de comprender el suicidio del amigo escritor Chusé Izuel, quien se arrojara del balcón del piso que compartían.

El duelo de los otros

Encabeza el libro una cita de Susan Sontag, ya que un ensayo suyo, «Ante el dolor de los demás», se vertebra sobre la difícil empatía con el duelo de los otros, la imposible complicidad profunda con la conmoción ajena. La acción avanza en dos planos paralelos: el ambiente de amigos y familiares que habitan el recordado pasado del pueblo de la tragedia y la actualidad del presente donde el protagonista investiga sobre aquellas circunstancias reanundando compañerismos colegiales, revisando archivos periodísticos y, sobre todo, ahondando en la incidencia personal de unos hechos de los que ya no puede escapar, en sentenciosa conclusión: «Y supe entonces claramente que nada se borra del todo, ni el bien ni el mal, que el pasado permanece y nos acompaña eternamente, como una sombra que no siempre podemos descifrar» (pág. 295).

Más que un relato autoficcional propiamente dicho, es esta una crónica testimonial con la que se edifica una tortuosa memoria del ayer que incluye la morbosa truculencia de la mirada popular, el olvido inherente al paso del tiempo, la fuerza secular de los prejuicios sociales y las contradicciones inherentes a la propia condición humana. Con contenida desinhibición autorreferencial, adecuado paisaje moral, meditados excursos, y pautado dramatismo sentimental, logra el autor esta novela del máximo interés humano y literario.