La viruela, en cuarentena

Para celebrar este libro hay que comenzar por aplaudir la elección de la historia, que, como no podía ser otra forma tratándose de Javier Moro, está basada en un hecho real: una verdadera «quijotada» sanitaria. En 1803, parte de La Coruña La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, financiada por Carlos IV. Su propósito: llevar el remedio contra la viruela a Canarias, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas y China. Vacunó a 500.000 personas de forma totalmente altruista y supuso la instauración de las Juntas de Vacunación, embrión de la sanidad pública. El propio Edward Jenner, el médico que descubrió la vacuna, dijo de la hazaña: «No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio». El director de la expedición fue el cirujano alicantino Javier Balmis y el único de sus miembros que regresó a España. Embarcaron junto a él: José Salvany, médico catalán que se dejó literalmente la vida en la empresa, y veintidós niños inoculados con el virus de la viruela. Recipientes vivos de la vacuna.

Sin cultivos, ni cámaras frigoríficas. El fluido vacunal se mantenía activo en el organismo de esas criaturas hospicianas con edades comprendidas entre tres y ocho años. De brazo a brazo, la valiosa linfa se les extraía para inocularla en otro. Pústulas salvadoras. Una de las grandes dificultades de la expedición era el nerviosismo de los pequeños: lloraban, enfermaban, se mareaban y tenían miedo. La solución fue Isabel Zendal, rectora del hospicio de La Coruña y la única mujer de aquella misión. Ambos médicos terminarán enamorándose de esta gallega poco convencional y primera enfermera de la historia de la medicina hispana, quien, día y noche, fue la auténtica madre de aquellos pequeños. Moro pone el foco, sobre dos, en concreto: Benito, el hijo natural de Isabel, y Cándido, un huérfano cuyas travesuras traerán de cabeza a la tripulación. Como en anteriores libros, el narrador ha vuelto a actuar como un periodista que investiga, se documenta y reconstruye los hechos con la única obsesión de reproducir la historia real. Pocos escritores tienen un estilo tan marcado, con atmósferas propias, personajes trabajados y sin pirotecnias hueras. Una prosa limpia al servicio de una buena historia y no al contrario.