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Louis Armstrong, un eficaz detective

Cualquier lector avezado en novela de detectives sospechaba que el inglés Ray Celestin, tras su primera y magnífica «Jazz para el asesino del hacha», acabaría convirtiéndola en una saga. En una tetralogía titulada «City Blues Quartet». Este segundo título, «El blues del hombre muerto», lo confirma como un escritor prodigioso. De nuevo el jazz, con un cameo del trompetista Louis Armstrong, improvisado detective en el mundo mafioso de Al Capone, tras su traslado desde el pueblerino Nueva Orleans al cosmopolita Chicago de los «Roaring 20’s». Tildar de novela histórica las intrigas criminales de Ray Celestin es más que un halago. Por la seriedad con la que se toma el género. Sus personajes históricos no son de cartón piedra, invitados con frases rimbombantes. Al contrario, son personajes que intervienen en la acción, al estilo del «crossover», en el que figuras históricas se encuentran sin que nada indique que se conocieron. En cuanto al papel pintado histórico Ray Celestin prefiere las pinceladas al brochazo, la indagación social a la épica, y la introspección psicológica que determina la acción de los personajes a los hechos que los hicieron famosos.

Era dorada

La erudición y serio planteamiento del momento histórico convierten al libro en un modelo de novela que navega por la historia con intenciones nostálgicas: recuperar la «Detective story» de la era dorada de Dashiell Hammett y su famosa agencia de detectives Pinkerton, donde trabajan dos de los protagonistas de la novela, en la que se entrecruzan tres hilos narrativos que acaban confluyendo en un insospechado final. Los protagonistas son tres seres inadaptados que no buscan redención ni victorias, sino la verdad y sobrevivir en un mundo hostil con dignidad. «Pensó –escribe Celestin– que un hombre que siempre cae de pie todavía es un hombre que siempre cae». El autor es un fino estilista, que se desvive por recrear literariamente el Chicago violento de finales de los años 20 sin que suene a crónica. Y lo hace con meticulosidad, dejando que fluya la vida cotidiana de aquellos años, mientras narra tres endiabladas intrigas que van tomando cuerpo a medida que avanza el relato. Además, igual que hizo de Nueva Orleans una ciudad de una densidad maléfica angustiosa, en «Jazz para el asesino del hacha» convierte a Chicago en su momento de esplendor criminal, en un personaje fascinante.

Sin estridencias, el lector disfruta con una intriga que se desliza con suavidad, sin notarse, mientras el autor va introduciéndole en la cotidianidad de los protagonistas; en la cabeza perturbada por la sífilis de Al Capone; en la guerra entre clanes gansteriles, en el cambio que supuso el blues de Nueva Orleans y su tránsito acelerado al de Chicago y la modernidad de Louis Armstrong y Bix Beider- becke. Todo inserto en un clima de cierta tolerancia interracial, corrupción política y policial, fiestas salvajes, drogas y una oleada de bombas, crímenes y violencia de ese 1928 de la Ley seca, que anunciaba con su disloque vital el crack del 29.