Mendoza se pone dramático

La novelística de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) le ha supuesto la condición de auténtico clásico de la narrativa española contemporánea, pero su obra dramática es menos conocida. Por eso cabe ahora felicitarse de la publicación del «Teatro reunido», que completa atinadamente el perfil literario del último Premio Cervantes. Este volumen incluye tres comedias que responden a su sobrio estilo irónico, su visión escéptica de la realidad, y un concepto tolerante de las flaquezas humanas. Sus páginas permiten adentrarnos en la escenificación de los conocidos temas mendocinos: la parodia de la burguesía catalanista, la denuncia de entramados políticos y la crítica de una postmodernidad cultural esnobista.

«Restauración» es una obra que conmueve, según señala Pere Gimferrer en el prólogo, «por el triunfo del puro instinto artístico y por la contenida verdad humana». Gira la acción alrededor de Mallenca, que es visitada por tres personajes: un atolondrado desertor, un pontificante peregrino y un general carlista. Con ellos se urde una enrevesada trama de mentiras que evidencia un decidido antibelicismo, la cáustica mirada sobre el amor y una corrosiva sátira sobre el poder político.

El sentido de la vida

«Gloria», en tono de alta comedia de enredo, desarrolla un embrollo entre dos parejas, alteradas aquí por la astucia de un misterioso caballero. Y también hallamos una acertada meditación sobre el paso del tiempo y el sentido de la vida: «Hacerse mayor es esto: resignarse a ser infeliz». «Grandes preguntas», sobre la que su autor confiesa que «es la obra de la que me siento más satisfecho o, para ser sincero, menos insatisfecho», plantea la hilarante situación de un fallecido protagonista que se adentra en la eternidad de la mano de un funcionario celestial. En amena conversación, ambos repasan arraigados prejuicios de nuestro presente, poniendo de relieve las contradicciones de un adocenado costumbrismo social e incidiendo además en un jocoso relativismo cronológico: «El pasado es eterno, el futuro es eterno y el presente se desvanece en el momento mismo de existir. Los hombres viven siempre en la eternidad sin saberlo».

Eduardo Mendoza nunca fue ajeno al teatro; su padre le llevaba desde niño a ver obras que le inocularon el germen de su dedicación dramatúrgica. Sus textos escénicos rezuman el tradicional refinamiento del humor anglosajón y un ágil coloquialismo. Graciosas situaciones inverosímiles, con un punto absurdo y banal, conforman un estilo de renovada originalidad y acertada inteligencia. Con mordaz socarronería y desinhibida elocuencia, estas comedias traslucen su tolerante bonhomía cervantina. Más allá de su intención cómica, reflejan un sano espíritu crítico, denunciando la frivolidad cultural, la superficialidad de las apariencias sociales, la impostura de los convencionalismos éticos y el interesado arribismo político. Entre bromas y veras, con un divertido tono lúdico, fluyen las lúcidas palabras de esta excelente dramaturgia.