Muñoz Molina, ver y caminar

En los últimos años ha crecido la consideración del «escritor paseante», cuyos azarosos pasos conforman una eficaz divagación literaria, un experimento ensayístico, una particular escritura de la calculada dispersión expresiva y el errabundo pensamiento crítico. Ilustran esta figuración intelectual autores como Fernando Pessoa, recorriendo ensimismado las calles del Chiado lisboeta; Robert Walser, con su eterno paraguas colgado del brazo, deambulando hasta aquel su último paseo en los alrededores del psiquiátrico suizo de Herisau; o Enrique Vila-Matas brujuleando por el barrio del Ensache barcelonés. Con este perfil narrativo Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) publica «Un andar solitario entre la gente», un ambicioso recuento de impresiones y paisajes que aúna la crónica periodística con el dietario personal, pasando por un crítico anecdotario de actualidad, la glosa de admirados referentes literarios, una cosmopolita mirada a diversas realidades culturales y un abigarrado mosaico de curiosos tipos y personajes. En las primeras páginas de esta singular novela –que estrictamente no lo es– queda clara la intención: «Soy no lo que pienso o recuerdo o imagino sino lo que van viendo mis ojos y lo que escuchan mis oídos, el espía en la misión secreta de percibirlo todo, de coleccionarlo todo». Este testimonialismo, variopinto y transgresor, multitemático e indagante, remite al ensayismo del padre B.J. Feijoo y su concepto de «literatura mixta», o al Ortega y Gasset de «El espectador»; por no aludir al reconocido magisterio de los «Ensayos» de Montaigne, padre de esta escritura híbrida.

Del verano madrileño a las soledades neoyorquinas, Muñoz Molina va desgranando un ocurrente diálogo figurado, cómplice y lúcido, con Baudelaire, Poe, García Lorca o Walter Benjamin, con quien coincide en su sentido errático de la existencia y una escrupulosa ética civil. Importa mucho en este libro el valor del silencio, que posibilita la interiorización del pensamiento y filtra la relevancia de lo vivido: «Escucha los auténticos sonidos de la vida». Conversaciones privadas entre el gentío, la admirada contemplación de la pintura de El Bosco, insinuantes anuncios por palabras, especulativa publicidad engañosa, jocosas anécdotas cotidianas o extravagantes situaciones insólitas conforman este rompecabezas, prismático muestrario de las múltiples caras de la modernidad.

Oficina ambulante

Todo se gesta en lo que el narrador llama su «oficina ambulante», «de los instantes perdidos», aquí recuperados en una prosa que maravilla por su demorada sencillez y serena claridad. El carácter fragmentario, deslavazado y episódico, realza la espontaneidad de un logrado monólogo interior, la acerada mirada del opinante desinhibido e incisivo. Narrar, describir y meditar integran la metodología de una obra marcada por la curiosidad vital, el desparpajo expresivo, el documentalismo periodístico y un contenido culturalismo. Por su miscelánea condición y soterrada ironía, un libro subyugante, raramente seductor.