Niños perdidos, pero bien armados

Aahora que «Mad Max» vuelve a los cines, merece la pena reivindicar la tercera entrega de la saga, «Más allá de la cúpula del trueno» (1985), vapuleada en su día y ya de culto. Como aquélla, como «El señor de las moscas» y como toda historia protagonizada por chavales emancipados de la vigilancia de los adultos, «Los Wrenchies» tiene algo de incursión en el País de Nunca Jamás. Pero en uno más oscuro y cruel que el de J. M. Barrie. Los Wrenchies, un puñado de mocosos de armas tomar, son supervivientes en un mundo apocalíptico dominado por muertos vivientes y monstruos errantes que acaban con todo adulto como el avance imparable de la melancolía en Fantasía o los hombres grises de «Momo». Pero los integrantes de esta pandilla son duros, callejeros y camorristas, se esconden en bases subterráneas y viven a golpe de desafíos y navajas, libres y maravillosamente inconscientes. La novela gráfica del joven autor norteamericano Farel Dalrymple toca muchos palos, como la distopía, la ciencia ficción y la fantasía, aunque, ante todo, es un canto a la infancia perdida –su propia narrativa juega con gracia a detenerse en detalles y conversaciones triviales que sólo un niño mantendría en plena épica–, además de un viaje autorreferencial en el que hay un cómic mítico, protagonizado por unos héroes misteriosos, que derriba los tabiques entre lo real y lo ficticio, entre lo narrado y lo sucedido, algo que remite a los juegos en espiral de Alan Moore en «Supreme» o de Dylan Horrocks en «Sam Zabel y la pluma mágica».

Conviene seguirle la pista a Dalrymple: sus personalísimos lápices, impregnados de un realismo sucio y pesimista, ayudaron a que «Omega, el desconocido» (Panini, 2009), escrito por Jonathan Lethem, fuera una sorpredente revisión del tema del superhéroe, y ha dibujado parte de «Prophet», una prometedora serie de ciencia ficción (la edita Aleta), con guión de Brandom Graham (no se pierdan «Multiple Warheads» o «King City»).

En «Los Wrenchies», un gran fichaje de la recién nacida editorial Sapristi, hay entre líneas una defensa fervorosa del género. No le hace falta enunciarlo, porque esta novela gráfica es la prueba en sí misma de que los cómics –algunos al menos– no son cosa de niños.