Por el amor de Dior

La novela gráfica «Una chica Dior» recopila los diez primeros años de vida de la firma francesa. De su glamourosa presentación en 1947 en la Avenue Montaigne de París al prematuro fallecimiento del diseñador en el 57. La firma ha abierto sus archivos a la ilustradora Annie Goetzinger para hacer de sus trazos un fiel reflejo de la realidad de la casa y del «new look»

Alta costura. Los dibujos de Goetzinger se ciñen a los trazos que Dior hizo en su día
Alta costura. Los dibujos de Goetzinger se ciñen a los trazos que Dior hizo en su día

La novela gráfica «Una chica Dior» recopila los diez primeros años de vida de la firma francesa. De su glamourosa presentación en 1947 en la Avenue Montaigne de París al prematuro fallecimiento del diseñador en el 57.

Doce de febrero de 1947. París, al igual que la gran parte de Europa, busca levantarse del infernal abismo, todavía palpable, dejado por la Segunda Guerra Mundial, de la que no se cumplen ni dos años de su último disparo. Pero eso ya es pasado. Toca mirar al frente, y salir de nuevo hacia delante, con más fuerza de la que se pusiera tras la Gran Guerra treinta años antes. Todo ello es lo que precisamente ocurre en el número 30 de la Avenue Montaigne de la capital francesa.

Aquel día la ración de pan se había bajado a los 250 gramos y, con buena parte del invierno por delante, las reservas de carbón eran preocupantes. Sin embargo, pasada la puerta en la que lucían las brillantes y nuevas letras de Christian Dior todo eso no era un problema. Allí se reunían algunos nombres selectos del panorama internacional que no tenían demasiado claro qué o a quién iban a ver. Presentes: Carmel Snow, poderosa editora de «Harper’s Bazaar»; Bettina Ballard, de «Vogue»; Helène Lazareff, de «Elle»; las actrices Marlène Dietrich y Rita Hayworth; los intelectuales y también diseñadores Jean Cocteau y Christian Bérard... La alta sociedad parisina se había reunido para ver lo que se presuponía como un gran acontecimiento y que el tiempo ha terminado confirmando como tal.

Para empezar, el proyecto venía financiado por el magnate francés de textil y propietario de caballos de carreras Marcel Boussac con 50 millones. Y Christian Dior (Granville, Francia, 1905-Montecatini Terme, Italia, 1957) había dispuesto a todo su ejército para presentar los modelos de la temporada primavera-verano de 1947 que venían a revolucionar la industria. Marguerite Carré, «Dama de la costura» y responsable de hacer realidad los trazos del modisto, convirtiéndolos en vestidos de quita y pon. Raymonde Zehnacker, sombra del jefe día y noche. Mitzah Bricard, la «Musa» del estilo y la elegancia. Y Suzanne Luling, pilar en el mundo de la moda, el cual conoce como nadie de su tiempo y relaciones públicas. Todo a punto para levantar desde ese momento un imperio: Dior.

- Década prodigiosa

Así fue el comienzo de la «maison» y es, ahora, el del cómic de Annie Goetzinger que Norma Editorial publica, «Una chica Dior», donde una joven periodista va a cubrir el nacimiento de la casa y termina convertida en diva, confesora y amiga del modisto. Es la única invención que recoge la novela gráfica en sus páginas: su protagonista, Clara Nohant. Sólo ella no encaja en la historia real de Christian Dior. El resto sí relata cómo fueron los diez primeros años de la firma. Desde su presentación en la Avenue Montaigne y su posterior internacionalización hasta la prematura muerte de su fundador.

Y lo hace con todo el consentimiento de la firma francesa, que abrió sus archivos a Goetzinger para que la ilustradora conociera de primera mano los originales, fotografías de la época y hasta testimonios de las personas que trabajaron directamente con el modisto del 47 al 57. Lo que convierte al tebeo de Norma en una pieza importante para conocer los inicios y el día a día de la casa Dior en su primera época. Tanto, que al final de la novela se puede encontrar un muestrario con las prendas más destacadas de cada colección de esa década. Así como un glosario de los principales nombres que pasaron por la vida de estilista, oficios de la moda paños y complementos que salen en «Una chica Dior».

De aquel primer desfile saldría un término que marcaría la tendencia iniciada entonces y estudiada hoy en las academias, «new look» –«nuevo aire»–, como lo denominó Snow: «¡Es toda una revolución, mi querido Christian! Sus vestidos son maravillosos, ¡ha creado un nuevo estilo!», comentó la editora una vez finalizado el pase. Se continuaban las bases iniciadas por Balenciaga y, a la vez, rompía con la austeridad impuesta por la necesidad de la posguerra.

Las mujeres buscaban huir de las versiones femeninas de los uniformes militares con la poca tela que se les racionaba y entonces llegó él, Dior. Tejidos y pamelas que no se habían visto antes en ninguna otra casa de costura. Hombros redondeados. Cinturas de avispa que volvían a estar esculpidas por el corsé y grandes faldones en los que no se escatimaba en paños –cerca de diez metros por vestido– y que bajaban más allá de la rodilla. Las presentes en el desfile se estiraban las suyas, mucho más cortas, rindiéndose desde un primer momento a que la moda estaba allí mismo ante sus ojos.

- ¿Vuelta al pasado?

El 12 de febrero del 47 Dior presentó su primera colección del «new look», «Corolle», y con ella situó de nuevo a París como la capital de la moda mundial. Se buscaba retomar la esencia del oficio: «La costura en la era de las máquinas es uno de los últimos refugios de lo humano, de lo personal, de los inimitable –palabras del modisto que abren el libro de Annie Goetzinger–». Y lo logró, a la vez que desató la fiebre.

Pero no todo el mundo quedó ensimismado a las revolucionarias ideas del francés. Tras su primer triunfo en la pasarela y la consolidación en su país natal, el modisto viajó a Estados Unidos para expandir su elegancia al otro lado del charco, y, de paso, recoger algún que otro premio. Y en ésas, se encontró con opositores a sus diseños. Los años de lucha feminista para liberarse de prendas opresoras como el corsé o las faldas demasiado bajas, de repente, se vieron frenadas con la llegada de los vestidos de Dior, que retomaban dichos cánones. Sin imponerlos, evidentemente. Todo lo que pretendía era poner al alcance de todas las mujeres «sentirse como una duquesa», confesaba el propio modisto.

Excusa insuficiente para que las críticas positivas no fueran unánimes y a su llegada a EE UU el movimiento The Little-Below the Knee Club de Chicago le recibió al grito de «Mister Dior go home» y «Fort Álamo cayó, pero no lo harán nuestros dobladillos». Hasta se formó una liga anti-falda larga que desfilaba bajo el lema «A ras de la rodilla».

«En el espacio de esos diez años, Christian Dior se convirtió en una leyenda de la alta costura, creador incansable y patrón querido por sus empleados...», termina el libro sobre un personaje que sigue pesando en la historia de la moda.

De los recortables a Chanel

La relación entre moda y cómic (y sus sucedáneos) puede rastrearse desde hace décadas. Piénsese en los famosos recortables con los que jugaban las niñas de posguerra y más allá. También historietas como «Esther», creadas en los 70 por el guionista británico Philip Douglas y la dibujante española Purita Campos, mostraban el interés por los vestidos y complementos de esta especie de «it girl». Más recientemente, al calor del desarrollo de la novela gráfica y de las numerosas biografías que se han ido trasladando al cómic, encontramos «Coco Chanel», de Paul Frey y Bernard Ciccolini, publicada en 2013 con motivo de los 100 años de la apertura de la primera tienda de la diseñadora. Otros volúmenes como «Fashion Beast» (Antony Johnston, Facundo Percio y Alan Moore) recrean el mundo de la moda pero desde perspectivas netamente del género. En este caso, en una sociedad degenerada y futurista, Celestine, una tirana de la moda, busca una modelo entre numerosas candidatas para su nueva colección. Por otra parte, «Heroine chic» (un cómic de éxito que se distribuye a través de la plataforma digital Webtoon) sigue la estela de una becaria al más puro estilo «El diablo viste de Prada».