Somos feos, somos humanos

«La fealdad ha representado desde hace tiempo un desafío para la estética y el gusto, y ha atraído y desesperado a los filósofos, a quienes ha servido para problematizar la condición humana y el mundo en el que vivimos e interactuamos», afirma Gretchen E. Henderson en este interesante libro, donde traza un recorrido cultural a través de la fealdad a partir de distintos modelos de comportamiento y de representación en los cuales lo feo ha ocupado un incómodo espacio en la configuración de la cultura de una sociedad. «¿Qué era feo antes de que existiera lo feo?», se pregunta la autora, que es profesora de literatura e investigadora de Historia del Arte en el Keyon College de Ohio, Estados Unidos. Y explica: «En inglés, la palabra surge de un término medieval que significaba aterrador o repulsivo, a su vez derivado del nórdico antiguo uggligr, ser temido». Una etimología que, si se atiende a los sinóminos de lo feo, puede relacionarse también con lo monstruoso, que tiene su origen tanto en «mostrar» como en «advertir», palabras que no hacen más que poner en el centro de escena algo que es esencial en la cultura: qué se hace con lo feo, con lo que es temido.

El «wabi-sabi» japonés

Henderson indaga entonces en la configuración de lo feo desde un punto de vista más corporal que estético y, en ese trayecto por la historia de la cultura, se detiene en la relación de lo feo con los individuos, en la agrupación de «personas feas» según su singularidad y en la determinación de los sentidos en su vínculo con la fealdad. De todos modos, aclara, en tiempos actuales, «apropiaciones recientes de la fealdad la empujan hacia un nuevo territorio, donde se la trata de manera positiva y no negativa, naturalizada e incluso banal», y cita como ejemplo el «wabi-sabi» japonés, ese gusto por la belleza de lo marchito, de lo íntimo, lo efímero, donde la fealdad, en tanto «materia fuera de lugar», interrumpe la percepción y la sitúa en una relación con otra cosa o con otra persona.

Como señala con humor Henderson, «una época sin fealdad sería una época sin progreso», una idea que se enlaza con el punto central del libro, que se propone hacernos reflexionar sobre la manera en que redactamos nuestras leyes sobre lo que es feo. «No hay objeto tan bello que, en ciertas condiciones, no parezca feo», señala la autora citando una frase de Oscar Wilde. Es que la comparación de lo feo en distintos periodos y lugares sugiere que la fealdad no es estática, ni siquiera se trata de un estereotipo, sino que funciona relacionalmente, en una negociación constante de su significado, desafiando el estancamiento cultural. De dónde, pues, esa fascinanción por las bestias de la Antigüedad clásica, por las gárgolas medievales, por el monstruo de Mary Shelley, por las exposiciones nazis del arte degenerado, por los objetos feos de consumo masivo, por esa materia fuera de lugar. La respuesta, concluye Henderson, es simple: la fealdad, dice, nos recuerda que todo es interdependiente. La fealdad, al fin y al cabo, nos hace (incómodamente) humanos.