Literatura

Susana Vallejo salta al género negro

La escritora Susana Vallejo
La escritora Susana Vallejo

La escritora deja la literatura juvenil y se pasa a la novela de adultos con "Calle Berlín 109". Una intriga, ubicada en Barcelona, que se desarrolla en una comunidad de vecinos. Un policía sabe que se ha cometido un asesinato y que la clave está en un edificio. Pero los inquilinos y propietarios se pondrán de acuerdo para que el investigador no saque a relucir sus oscuros pasados en esta trama con todos los ingredientes del género negro.

El libro se publicará el próximo jueves día 21

Capítulo 1

Barcelona apesta.

Son los cambios de presión. Hay días en los que el sub- mundo secreto y podrido que habita bajo nuestros pies se empeña en recordarnos su existencia.

Los cambios de presión no sólo afectan a las alcantarillas de la ciudad, también consiguen que la pierna mala me atormente como si un minucioso inquisidor medieval se esmerase maltratando cada músculo y cada tendón.

Hacía ya tiempo que no hablaba de la pierna izquierda o derecha; sólo de la buena o la mala. Y en días como ese, la pierna mala me dolía tanto como si me estrujasen los cojones.

Me pregunté si aquel tufo de cloaca podría considerarse un mal augurio. Pero ¿qué podría ser peor? Después de todo, Pep ya estaba muerto.

Lo habían torturado hasta morir. Su cadáver había aparecido en la cuneta de una carretera secundaria cerca de Castellbisbal y Maite sólo había podido reconocerlo por su ropa y por la alianza. Le habían destrozado la cara, le habían cortado los huevos y le habían golpeado hasta hacerle picadillo no sé cuántos órganos.

No quise preguntar a mis antiguos compañeros en qué orden habían hecho cada cosa ni en qué momento le habría llegado la muerte que le ahorrara el sufrimiento. Yolanda era la única con quien me apetecía hablar de Pep. Pero después del funeral se había marchado de vacaciones y hasta que regresara sólo podía dar vueltas al último mensaje que mi amigo me había dejado en el contestador.

Dos días antes de morir Pep me había llamado.

«Sigues viviendo en la calle Calàbria, ¿verdad? —decía—. Quiero hablarte de algo que he descubierto en la calle Berlín, en el 109. Te pilla al lado... Quizás puedas echarme una mano. Como en los viejos tiempos, company. ¿Quedamos el jueves? Anda, dame un toque y dime algo.»

Por eso aquel día de temprana primavera, durante mi paseo matutino, no pude evitar pasarme por Berlín y echar un vistazo al portal del número 109.

Me dejé caer sobre el banco de la parada del autobús y contemplé la fachada del edificio.

Inspiré profundamente. La pierna me dolía a rabiar.

La calle Berlín cierra la frontera entre el barrio del Eixample, con sus manzanas cuadradas, aceras anchas y nobles y elegantes edificios, y el más popular de Sants, con sus casitas bajas y fincas modernas de construcción barata, de esas que surgieron como setas desde los cincuenta para acá.

Aunque la auténtica frontera, la honda cicatriz que separa el Eixample de Sants, es una amplia avenida que muchos seguimos llamando Infanta Carlota, aunque su nombre actual sea el de Josep Tarradellas. Precisamente Josep Tarradellas hace esquina con el número 109 de Berlín. Como si ese edificio marcara el fin de un barrio y de una forma de vida, y el comienzo de otros.

Mientras respiraba el aire de aquel día hediondo pero brillante, contemplé el edificio.

Era una finca modernista de finales del XIX, de sólo tres pisos. Tenía unos azulejos amarillentos tan pringosos como la mostaza que, más que adornar, se incrustaban en la fachada. Los restos

de un antiguo esgrafiado se habían difuminado hasta convertirse en unas sombras sinuosas e informes que ahora más bien parecían una maldición grabada en una lengua misteriosa y arcana.

Aquella finca cargaba con más de cien años y nunca había sido rehabilitada. Allí, sentado frente a ella, observándola sin prisas, hubiese apostado mi pierna buena a que en su interior ya no quedaría ni un solo detalle de estilo modernista. Seguro que los azulejos interiores, las lámparas, tiradores, pomos y hasta las sinuosas barandillas habrían desaparecido hacía años para ser vendidos como antigüedades.

Un autobús llegó a la parada y por unos instantes perdí de vista el edificio.

El olor a fueloil inundó mis pulmones y cuando arrancó, rodeado por el estruendo metálico del motor, la puerta del 109 se abrió y un hombre moreno salió cargando con unas cajas de cartón plegadas.

Miró a ambos lados de la calle como si buscase algo y después se dirigió hacia los contenedores de reciclaje de la esquina. Desde aquella distancia y sin las gafas puestas no tenía claro si era muy moreno o un extranjero.

Rebusqué en el bolsillo de la chaqueta y extraje la libreta de tapas negras gastadas por el uso. Tuve que esforzarme para encontrar una hoja en blanco.

«¿Un sudamericano? ¿Mudanza?», garrapateé mientras comprobaba con el rabillo del ojo que el hombre sacaba una cajetilla de tabaco y encendía un cigarrillo.

La envidia es muy mala. Casi podía sentir su forma cilíndrica entre los dedos, como si yo mismo estuviera encendiéndolo.

Me fijé en el estanco que tenía enfrente. Dicen que un adicto nunca deja de serlo.

Para alejar la tentación inspiré profundamente. El fétido aire de las alcantarillas invadió mis pulmones y mi alma entera.

Escribí «calle Berlín, 109» junto a la fecha. Y me pregunté si en aquel edificio se escondería la clave que podía aclarar la muerte de mi antiguo compañero

«Calle Berlín, 109»

de Susana Vallejo

Editorial Plaza&Janés

La rosa Dels Vents (catalán)

318 páginas

17,90 euros