Los «malos españoles» de la Guerra de la Independencia

«El Ejército español de José Napoleón», de Luis Sorando Muzás, analiza el más desconocido ejército de cuantos participaron en las guerras napoleónicas formado por los españoles «desnaturalizados» que combatieron en el bando francés

«Lancero de Sevilla», de Augusto Ferrer-Dalmau
«Lancero de Sevilla», de Augusto Ferrer-Dalmau

«En Francia creen que los regimientos españoles son un fermento de rebeldes y un gran gasto, pero todo gobernante necesita una fuerza...». Así justificaba el ministro Azanza la creación de un ejército español para José I.

«En Francia creen que los regimientos españoles son un fermento de rebeldes y un gran gasto, pero todo gobernante necesita una fuerza...». Así justificaba el ministro Azanza la creación de un ejército español para José I, sin duda, el más desconocido de todos cuantos participaron, no solo en nuestra Guerra de la Independencia, sino en el conjunto de las contiendas napoleónicas. «El Ejército español de José Napoleón (1808-1813)», de Desperta Ferro Ediciones, es el primer libro sobre los españoles que perdieron la Guerra de Independencia, fruto del riguroso estudio de su autor, Luis Sorando Muzás (Zaragoza, 1961), que ha dedicado más de 30 años de investigación en archivos y colecciones de dentro y fuera de España, «una labor ardua si tenemos en cuenta que las Cortes de Cádiz, a mitad de la guerra, ya dijeron que todo lo que se capturara de este Ejército –documentación, piezas etc.– fuese destruido para que no quedaran recuerdos ni rastro alguno de estos malos españoles», explica Sorando. «No deben existir testimonios que trasmitan a la posteridad la abominable conducta de los españoles desnaturalizados que han tenido la osadía de tomar las armas y organizarse en cuerpo para pelear contra la madre patria», este fue el dictamen de las Cortes de Cádiz, que ordenaron quemar o destruir inmediatamente cualquier bandera o símbolo capturado, por lo cual, el Ejército español de José Bonaparte ha sido siempre el gran olvidado y los españoles que lucharon por Napoleón los desconocidos de la Guerra de la Independencia. «Nunca se habla de ellos –explica–, es como si no hubieran existido, porque vistos desde el bando de Fernando VII eran traidores. Me ha resultado bastante difícil encontrar por dónde ir tirando del hilo. Por suerte, el archivo personal de José I lo tomó Wellington en Vitoria y se conserva, pero la principal fuente han sido las memorias de combatientes y la correspondencia interceptada por la guerrilla, que tomó muchas cartas y las conservaron para usarlas como prueba en los juicios terminada la contienda». Cuando José Bonaparte vino a reinar en España creyó que esto iba a ser un paseo militar, «pensaba que había acabado la sublevación y ya estaba pacificada y nada más cruzar la frontera comienza a hablar de su ejército: “Todo monarca necesita uno”, decía». Pero, ¿por qué quería contar con un ejército español y no solo con tropas francesas? «Aspiraba a ser rey de España y no podía depender de su hermano –que lo ninguneaba continuamente–, podía ayudarlo a instalarse en el trono, pero al final quedaría solo y necesitaba uno propio». Está claro que entre José y el Emperador hubo rivalidad. «Pique, celos y envidias, y esto lo debilitó. Napoleón manda constantemente instrucciones que quiere que obedezca como un robot, no lo dejaba mandar. Cuando entra en Madrid, José se queda en El Pardo y se niega a volver hasta que no se vaya su hermano, y cuando José va a Andalucía, que es su momento más triunfal, Napoleón se anexiona Cataluña, Aragón y el País Vasco, todos los territorios al norte del Ebro, que a partir de 1810 dependieron directamente del Emperador. José I mandó organizar el Ejército al irlandés O’Farrill, su ministro de la guerra, que se lo tomó muy en serio, pero las circunstancias no lo acompañaron». La cifra estimada está entre 20.000 y 25.000 hombres. El número de españoles en el ejército de José fue tan importante que puede afirmarse que el enfrentamiento contra sus compatriotas convirtió la Guerra de la Independencia en una verdadera guerra civil. «En realidad –explica el historiador– es un anticipo de las guerras de liberales contra conservadores, los primeros serían los afrancesados. Este enfrentamiento fue desigual puesto que el bando afrancesado era menor que el patriota, más amplio y heterogéneo, compuesto por los borbónicos y los liberales de Cádiz». Se alistaron por dos causas principales, «los convencidos, liberales que normalmente son oficiales y altos mandos y la tropa, formada por prisioneros de guerra, campesinos y gente baja con menos ideas políticas; para ellos el ejército fue una manera de sobrevivir. Muchos desertan, pero el núcleo final que queda es fiel a la causa de José». Su posición no era fácil, «los franceses desconfiaban de ellos porque dudaban de su lealtad y los españoles los despreciaban por considerarlos traidores». Por esto, «no los dejaban entrar en batalla, decían que los españoles «se derretían como la nieve al sol». La oficialidad, que sí estaba convencida, se quedaba, pero la tropa desertaba, eran supervivientes y había mucho pícaro entre ellos, como demuestran algunas cartas interceptadas a la familia que decían: «Con estos comemos y bebemos mejor, con los otros nos iba muy mal». Esto obligó a estar en continua reorganización. «De hecho –dice el historiador–, la infantería creó doce regimientos y al final solo quedó uno, porque se iban refundiendo a medida que se quedaban pequeños. El último estaba formado con restos de los demás, pero este sí era un regimiento fuerte del que se podían fiar». Su misión no estuvo en el frente, sino en la retaguardia. «Mientras el ejército francés iba a campaña, las pequeñas compañías españolas eran destinadas a guarnecer las ciudades, a la anti guerrilla, como guías de columnas o escoltas de algún convoy. En batalla interviene la Guardia Real, casi todos franceses y un regimiento de extranjeros mercenarios. Por cierto –apostilla–, el coronel de este regimiento era el padre de Víctor Hugo». José organizó unidades antiguerrilla «porque se da cuenta de que formar grandes regimientos resulta muy difícil, pero reunir grupos de entre 100 y 200 hombres es más fácil y menos costoso. En cada localidad andaluza importante había una compañía de “los francos”, que era como los llamaban, más libres por no estar alistados en el ejército», explica Sorando.

Una guerra a muerte

Luchaban contra la famosa guerrilla española que, en opinión del historiador, está totalmente mitificada. «Era una guerra a muerte, esa idea de que todo el mundo era caballero es falsa, a los prisioneros los cortaban por la mitad y los colgaban en los caminos, los crucificaban en las puertas de las iglesias, pero en ambos bandos». En este sentido, los afrancesados eran especialmente crueles y violentos con los prisioneros porque querían demostrar a los franceses su fidelidad. «Tampoco es verdad que la guerrilla fueran partiditas pequeñas a lo Curro Jiménez, eso fue al principio. Luego, por ejemplo, Espoz y Mina tenía una división de ocho regimientos. El Empecinado igual, eran verdaderas divisiones, aunque dejaban pequeños destacamentos en pueblos que hacían la guerrilla». Y añade: «El pueblo estaba bastante harto de ellos, en muchos casos los habitantes se volvían en contra porque vivían de esquilmarlos. Al final, guerrilla y antiguerrilla acaban siendo una pandilla de bandoleros impresentables en muchos casos». Acabada la contienda, los afrancesados partieron al exilio. «Tuvieron mala vida», dice Sorando. «Hubo dos finales distintos, los que participaron en el ejército tuvieron que exiliarse y los que quedaron lo pasaron muy mal, algunos lograron recolocarse alegando que habían actuado a la fuerza y no habían matado, pero fueron los mínimos. Con la tropa se fue más benévolo. Por desgracia, una vez más en España los mejores representantes de nuestra cultura acaban lejos», concluye.

«El Ejército español de José Napoleón (1808-1813)»

Luis Sorando Muzás

Desperta Ferro Ediciones

536 pp.

26,95€