Manuel Borja- Villel: «El ‘‘Guernica’’ no se va a mover»

El director del Museo Reina Sofía apura las horas que le quedan para presentar mañana una de las exposiciones más esperadas del año de la que Picasso y su cuadro más emblemático serán protagonistas.

El director del Museo Reina Sofía apura las horas que le quedan para presentar mañana una de las exposiciones más esperadas del año de la que Picasso y su cuadro más emblemático serán protagonistas.

Su reloj estamos seguros de que no marca las horas como lo hacen los del resto de la humanidad. O nos organizamos mal o a Manuel Borja-Villell le cunde mucho el tiempo. Nació en Burriana (Valencia) y desde bien joven destacó en los estudios. Que se lo pregunten si no a su compañero Vicente Todolí, tan empollón como él, con quien hacía los trabajos de la Facultad. Le pillamos en pleno montaje de una de las exposiciones más esperadas del año, con Picasso y el «Guernica» al frente. Y damos fe de que no descansa un minuto y de que le bastan quince de reloj para comer. Le acostumbraron en casa a golpe de sirena. Disciplinado y enemigo de polémicas y titulares inflados, este hombre tranquilo, que tener tendrá su genio, se prepara para hablar de todo. Y empezamos por el principio.

–Este año se cumplen 80 de que Picasso pintó el «Guernica». Usted siempre ha defendido su permanencia en el Museo Reina Sofía cuando voces como la de Miguel Zugaza lo han reclamado intermitentemente para el Museo del Prado. ¿Por qué no debe salir de aquí?

–Está muy bien donde está, pues este museo se construyó a partir de esta obra, y no se va a mover del reina Sofía. Sería absurdo desarmarlo ahora, no tendría el menor sentido. Este es un museo de arte moderno y contemporáneo, no de arte antiguo. Por otra parte, la historia no se puede cortar, aunque haya momentos de cambios y rupturas, y este cuadro está contextualizado. No puede, además, viajar.

–¿Y eso de que Picasso dijo...?

–Nunca dijo que quería que la obra estuviese en el Prado, solo que regresara a España cuando hubiera libertades democráticas, que es bien distinto. A los artistas les gusta estar junto a sus amigos y él está aquí rodeado de ellos, pues está con Miró, Alberto, Julio González, Renau...

–¿Por qué surgen estas voces cíclicas?

–Es el gran icono del arte del siglo XX y por eso va a estar ahí siempre, se va a hablar de él, de traerlo y llevarlo. En esta exposición lo que vamos a hacer es analizar esa capacidad que tiene de convertirse en símbolo, miramos dentro de él, un artista que empieza a hacer el gran «big bang» del siglo XX y se da cuenta de que existe una generación de jóvenes que trabaja en otro tipo de cosas, que hablan del inconsciente, de una realidad utópica de la que él se siente fuera.

–¿Cómo le afectó a Picasso la realidad que se vive en ese momento, la Segunda Guerra Mundial?

–Se plantea cómo puede hacer un antimonumento a la paz en el que demuestre, no lo heroico de la guerra, sino el horror, y de ahí surge el gran icono del siglo pasado que recorre el mundo en múltiples viajes y que está presente en manifestaciones y pancartas a partir de los años sesenta.

–¿Es el «Guernica» el gran reclamo, el gancho del Museo Reina Sofía? ¿Vive de él?

–Claro que es un gancho y que los visitantes vienen a verlo, sería absurdo negarlo, pero no solo les atrae esta obra. Los diferentes estudios de público que venimos haciendo nos confirman que el espectador paga su entrada porque sabe que es un lugar donde siempre va a ocurrir algo y puede descubrir una novedad. Quien viene repite.

–Será muy difícil aproximarse a las abultadas cifras de la exposición de Dalí de 2013, con 730.000 visitantes...

–No es Dalí, pero es Picasso, creo que me entiendes. Son artistas y obras muy diferentes. Estoy seguro de que será muy visitada, una «long best seller», una muestra de largo recorrido y tengo la impresión de que la huella va a perdurar durante bastante tiempo. Sabemos cómo llegó el «Guernica», pero lo que aquí se verá es la manera en que trabaja quien lo pintó. La taquilla no me obsesiona, refleja que llegas a más o menos gente, pero es necesario respetar a las minorías.

–A usted se le ha criticado bastante. Dicen sus detractores que sólo programa a los artistas que le gustan, que sus exposiciones no se entienden...

–Que no me gusta la pintura... Hay bastantes mantras que estoy ya acostumbrado a escuchar. Yo, por ejemplo, no tengo pudor en preguntar si esto o aquello es arte. Cuestionárselo es vivir esa riqueza y ahí está desde los tiempos de Duchamp. No hay que tener miedo a preguntar porque no pasa nada. Hay exposiciones que generan dinámicas, como es el caso de la de Dalí. Lo que hay que saber es generar relatos. Todos, hasta los bajitos, tenemos derecho a vivir y a programar exposiciones muy poco visitadas, para minorías, como fue la de Ulises Carrión. La riqueza de este museo es que mantiene la pluralidad. Además, es muy joven y tiene ya una posición preeminente dentro del panorama internacional. Hago aquella exposición en la que creo, si no puedo defenderla, no la monto.

–Guillermo Pérez Villata dice que es uno de sus damnificados, que no le gusta su obra y que por eso no la expone.

–Yo vengo de la casa de un pintor que es Tàpies. Conozco el trabajo de los artistas y sé ver la belleza que hay en una obra. Nadie puede decir, por ejemplo, que Elena Asins no sea bella. Sus obras no son fotocopias. Él siempre ha estado en la colección y bien representado. Me gustaría complacer a todos los artistas pero no puedo. En «Los Esquizos de Madrid», de 2009, ocupaba un lugar preeminente, aunque quizá lo que quiera, no sé, es ver una gran exposición suya.

–Cambiemos de tema. ¿Cómo va a afectar al arte español la salida del Reino Unido de la Unión Europea?

–Es un tema importante que estamos estudiando. Va a tener un impacto directo en temas como el transporte o las aduanas que se van a encarecer y ralentizar. Serán más complejas determinadas operaciones que afectarán a todos los museos, grandes y pequeños, aunque estos, lógicamente, van a salir peor parados. Vamos a notar la repercusión y a pagar las consecuencias. El Brexit es una vuelta a atrás. Nosotros hemos recibido para esta exposición un préstamos extraordinario de la Tate, «Las tres bailarinas», de 1925, que sólo ha salido una vez de Gran Bretaña, y es excepcional. Yo creo que fue la última hoja de préstamo que firmó Serota antes de abandonar la Tate. Es una obra en la que por primera vez pinta una ventana y la abre, sale de su lugar doméstico hacia un exterior que le aterra. Es un cuadro tan importante como «Las señoritas de Avignon». Te dan ganas de quedarte delante mirándolo.

–¿Lo ha hecho alguna vez?

–A veces me escapo. Me gusta poder hacerlo.

–¿Cuál ha sido el momento más duro que ha vivido en estos ocho años al frente del Museo Reina Sofía?

–El de los recortes porque fueron muy rápidos y hubo que buscar soluciones al mismo tiempo.

–Los Presupuesto para 2017 se presentan el martes. Tanto Miguel Falomir, al frente del Prado, como Juan Manuel Bonet, desde el Cervantes, han pedido más dotación económica. ¿Se une usted a la reclamación?

–Creo que ese incremento en nuestro caso se va a dar. Lo deseable es que, una vez pasada la época dura, las instituciones vean aumentar sus asignaciones. Nosotros confiamos en ello.

–¿Qué parece la baja del IVA cultural al 10%?

–Desde el punto de vista de las artes hay que destacar un hecho: que el ecosistema cultural sigue siendo bastante frágil y todo lo que contribuya a fortalecerlo será positivo. El gravamen nos afecta a la hora de comprar obras, lo que significa que si esa normalización se consiguiera sería una estupenda noticia.

–Como la aprobación de una Ley de Mecenazgo. ¿Llegará algún día?

–Debería de haberla ya y me consta que el Ministerio de Cultura está totalmente a su favor.

–¿Cuál es la gran tarea del centro que dirige?

–Modernizar la estructura del museo a nivel de gestión y laboral, tener una mayor capacidad de financiación.

–El viernes conocíamos la fecha de apertura del Centro Botín, el 23 de junio. ¿Qué le parece?

–Si la programación que presenta es interesante me parece super requetebien. Lo importante no es el número de museos o de centros de arte que haya, que no nos asuste que en cada pueblo haya uno lo mismo que hay campos de fútbol. Lo que es necesario ver es si son sostenibles. Lo que no se puede pedir a un equipo de juveniles es que juegue en la Champions.

–Este año, por cierto, las convocatorias artísticas a nivel internacional se multiplican: Bienal de Venecia, Kassel, Atenas, Münster... ¿Existe lugar para tantas?

–Es lo que hay. La cultura es una industria y estos eventos forman parte de ella y cada vez atraen a mayor cantidad de público. No es malo. Lo problemático es el exceso deinformación, el bombardeo, que no es sino reflejo del momento que nos ha tocado vivir. Me parece una buena señal esta abundancia porque nos va a hacer reflexionar sobre lo que ocurre. ARCO, por ejemplo, posee una parte dinamizadora del arte que enseña lo que hay en el mercado. Yo creo que ha encontrado su medida, pero no olvidemos que el año tiene más días y no sólo los de la feria para dedicarlos al arte.

–¿Y hay exceso de museos y salas de exposiciones, en el Paseo del arte?

–Lo que hay es riqueza y abundancia. No es una carrera, ni vamos a competir unos con otros. No hay tiros, hay fogueo.

–¿Qué papel juega hoy el artista? Cuando Donald Trump tomó posesión muchas voces se levantaron en su contra, incluso se habló de cerrar los grandes museos un día y salir a la calle. ¿Cree que conduce a algo?

–La misión del artista hoy nada tiene que ver con la de épocas pasadas. La figura del intelectual moderno, como personaje romántico que está fuera de la sociedad, ha dejado de existir porque vivimos en un ecosistema donde todo está dentro y esa idea ha dejado de tener sentido. Hoy el artista puede trabajar desde su estudio, en su casa o en un bar, solo o en colaboración, lo que no quiere decir que no exista, pero no con esa visión de tiempo atrás. Se ve claro en la generación de gente como Beuys, Kounnellis o Merz. Hoy, el artista es más modesto. El intelectual como Sartre no existe, lo mismo que el artista patriarcal como Picasso, tampoco.

–¿Pero sirven esas acciones?

–No sé si tienen sentido. El salir a la calle es fundamental. Cerrar museos un día, vale, pero eso implica no abrir para el público, no lo olvidemos. El activismo es una forma de resistencia de la sociedad. Si los museos no abriese durante cuatro años sería una alegría para Trump. No cerremos puertas, abrámoslas. La reacción del mundo de la cultura en Estados Unidos ha sido inmediata y rápida porque es una sociedad que funciona de esa manera. Me interesa lo que pueda generar en tanto que remover conciencias, agitar y despertar.

–El programa expositivo en un museo es clave, pero no me negará que el tener un buen restaurante también ayuda lo suyo.

–Es fundamental. El museo ya no es el lugar aurático, místico y nostálgico donde se representaban las esencias, sino que se ha transformado en un espacio de antagonismo y cuestionamiento el el que la gente se encuentra. El problema, como todo, es no perder de vista lo que es realmente importante. Uno de los peligros al ser la cultura una industria es que la parte del beneficio y el negocio se convierta en el centro. En ese momento se transformará el museo en un parque temático. Y será otra cosa.

–Lleva nueve años al frente de este museo, ¿se ha planteado el día que no lo dirija?

–Las direcciones de museos son cíclicas y los directores no son eternos. Yo, tampoco. En cada ocasión tomé una decisión que creí que era la mejor en esa ocasión y me siento satisfecho del resultado. Yo me he marchado cuando he pensado que había llegado mi momento. Espero que en esta ocasión no me falle la intuición. Yo voy partido a partido.

–Por cierto, ¿le gusta el fútbol?

–No, pero sí veo los partidos del Barça. Menos mal que tenemos a Messi en el equipo. Me aficioné en la época de Cruyff y cuando ya estaba metido, mi hijo se hizo del Madrid. Lo que más me gusta son las crónicas deportivas, escuchar a Segurola citando a Joyce, es algo que me parece alucinante. Te das cuenta, entonces de la pasión que genera.