Cultura

Alicia Alonso, la diva que bailó con el cerebro

La carrera de la bailarina y coreógrafa del Ballet Nacional de Cuba, apoyada por el régimen castrista, que hizo de «Giselle» su papel de referencia y que murió ayer a los 98 años.

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Después de haberlo logrado casi todo en la danza, Alicia Alonso pasó a otro nivel, rozó lo imposible: aprendió a bailar sin pies. «Con el cerebro», decía. Eso fue en los 70, cuando una nueva operación agravó los serios problemas de vista que arrastraba desde su juventud. Estuvo dos años fuera de las tablas, bailando para adentro, como componía el sordo Beethoven, y regresó con su vista mermada a seguir comiéndose el mundo del ballet. En realidad, llevaba años ejercitándose para ello. A los 17, un accidente le provocó el desprendimiento de ambas retinas, una ceguera parcial, de ida y vuelta, que supondría un reto para la niña que a los 9 años ya andaba en puntas y que murió ayer a los 98 casi sin apearse del ballet. La ceguera fue una característica indisociable de Alonso, hija de españoles nacida en Cuba, en La Habana, en 1920, una maldición convertida en don, que hizo de ella una mujer más admirable por el reto que suponía.

El pañuelo de Alicia

Las otras dos palabras clave asociadas a esta señora de 50 kilos y 1,59 de altura (que recordamos con su característico pañuelo en la cabeza, sus largas uñas, su mirada lejana, homérica) son Cuba y «Giselle». Dos amores de fantasía. Cuba no era país para bailar (hablamos de danza, por supuesto) en la primera mitad del siglo XX. El bailarín Fernando Alonso, recién casado con Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, a la que daría su apellido, emigró en 1937 con su esposa a EE UU en busca de oportunidades. En el American Ballet Theatre de Nueva York se curtieron ambos. Una experiencia que les serviría para, a su regreso a La Habana, lanzar en 1948 el Ballet Alicia Alonso. Un año antes de ello, la emergente Alicia, se topó con «Giselle». Alicia Markova, descubierta por el propio Serguei Diághilev, el padre de los ballets rusos, debía interpretar el 2 de noviembre de 1943 en el viejo Metropolitan aquel personaje emblemático en el que había cimentado parte de su fama. Pero la británica enfermó y Alonso ocupó su lugar en una primera aparición bajo los ropajes de la bella campesina que siempre fue el rol más famoso de su larga carrera.

El ballet Alicia Alonso pasaba apuros financieros cuando Fidel Castro llegó al poder y el regimen decidió apostar, como también lo hizo por el ajedrez, por una disciplina con fuerte raigambre en la Rusia comunista. Ya de joven, los empresarios habían sugerido a Alonso que «rusificara» su nombre: Alonsova y cosas así. Su apellido netamente hispano viajó sin mácula por el mundo y logró convertirse en la gran dama del ballet hispanoamericano. Todo ello hubiera sido distinto sin el fuerte apoyo institucional. El Ballet Alicia Alonso pasó a ser el Ballet Nacional de Cuba. Y ella, su primera bailarina, su coreógrafa, su embajadora (su tirana, según algunos) y todo lo que se pusiera a tiro. Ella era el Ballet.

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En un contexto en que grandes nombre sencillamente pusieron tierra de por medio con los ballets comunistas (el ruso Baryshnikov y el chino Li Cuxin, optaron por el exilio), Alonso fue una suerte de embajadora cultural de la Cuba castrista, pero esa adhesión no evitó que durante años se multiplicaran los premios y reconocimientos internacionales (la nómina es sencillamente inabarcable) a esta cubana que fue, en los 50, la primera americana en bailar en el Bolshoi de Moscú. Algo así como que un ruso se vaya de gira con la Vieja Trova. Tan improbable como bailar sin ojos.