Mujeres para quitarse el sombrero

Sus nombres son Margarita Manso, Maruja Mallo, Rocha Chacel, María Zambrano, Ángeles Santos. Hay más, pero la historia las había olvidado hasta ahora.

Sus nombres son Margarita Manso, Maruja Mallo, Rocha Chacel, María Zambrano, Ángeles Santos. Hay más, pero la historia las había olvidado hasta ahora.

Conocemos los nombres de ellos, de Luis Buñuel, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez o Alfonso Ponce de León, pero ignoramos los de ellas, la generación olvidada del 27: Maruja Mallo, Margarita Gil Röesset, Concha Méndez, Margarita Manso, Ángeles Santos, María Zambrano, María Teresa León, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre. Todas ellas trajeron consigo un aire de independencia y modernidad que escandalizó mucho en el momento, sacando a aquella época, de abundantes vanguardias y tanta tribu literaria, todo ese machismo atávico que llevaba por dentro, como disimulado bajo una pátina de cierta aparencia rupturista. Esa movida repentina de mujeres artísticas y universitarias, progres antes del progresismo, suscitó comentarios y hasta que se escribieron artículos contra ellas en la prensa, una hemeroteca que hoy se nos antoja ya como una demostración de los atrasos perennes que sobrevivían en esa sociedad paternalista y patriarcal. «Las mujeres estaban incluidas dentro de la misma clase social que los niños y la gente con problemas mentales. No tenían derecho a trabajar sin que les diera permiso un hermano o su padre. No podían votar ni tampoco participar en la política. Todo estaba relegado al consentimiento del padre. Ésta es la España contra la que luchan», explica Tània Balló, que las viene a reivindicar ahora en un libro que intenta sacarlas del olvido, devolverles la visibilidad que les ha negado la historia, escrita siempre por el hombre y desde la visión de los hombres, encerrada siempre en el marco del politiqueo, en el hecho, en la fecha/hito.

«Durante la II República –prosigue– existió el divorcio, se planteó el aborto, que se aprobó en Cataluña, sí, pero no en el resto de nuestro país. Las mujeres podían viajar solas y trabajar como una ciudadana más. Durante la Guerra Civil mantuvieron sus derechos: estuvieron en la primera línea del frente, ocuparon cargos políticos, de poder y lucharon en igual de condiciones que sus compañeros. Pero en el 39 con el régimen de Franco, todo lo que habían conseguido, se suprimió y la mujer volvió a estar bajo la tutela de un padre, un hermano o un marido. Podían estudiar, pero con restricciones morales. Hasta la década de los años 80, no tendrían potestad sobre sus hijos. Volvieron a convertirse en ángeles del hogar». A estas inconformistas se las llamó pronto «Las Sinsombrero», nombre que proviene de la anécdota que protagonizaron Maruja Mallo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca que, en esa España finisecular y decimonónica de principios del siglo XX, decidieron dar carpetazo a la costumbre rancia de llevar la cabeza cubierta y en una «performance» improvisada se quitaron el sombrero en medio de la Puerta del Sol ante el desconcierto y el asombro del transeunte común.

Provocación y escándalo

Un gesto que les costó que las llamaran pronto por el sobrenombre de «Las Sinsombrero» y que dio lugar al movimiento «Sinsombrerista», que dio para mucho y que fue aplaudido por Joaquín Dicenta y halagado por el controvertido Ramón Gómez de la Serna, que siempre entendió la provocación y el escándalo como un látigo contra la mentalidad burguesa, aherrojada en las pequeñas comodidades y vicisitudes cotidianas. Esta premura de ellas por alcanzar las empalizadas de la libertad fue contemplado con recelo por sus compañeros, esos ácratas protocolarios que, pasadas las décadas, olvidaron incluirlas en sus autobiografías. «Directamente las suprimen de sus memorias –comenta Balló–. Los hombres, en realidad, fueron ellos mismos. El movimiento surrealista, se sabe, era bastante misógino, como se puede ver en su relación con las musas. No era un derroche de modernidad en este sentido. Ellos vivían su tiempo y la mayoría venían de una educación machista, de madres protectoras y, de repente, aparecen las feministas, a nivel español, europeo y mundial, que entran a saco, piden derechos igualitarios. Para ellos supuso una ruptura de la tradición cultural y social muy bestia. Ellas entran sin permiso, rompen con el concepto de feminidad y hablan de las razones que les motivan a ellas y resulta que son las mismas que les motivan a ellos, porque ellas consideran que son ciudadanas de primera, con derechos propios y deciden ocupar un lugar en el espacio público que se les había vetado. Y acometen esta ocupación sin pedir permiso». Entre los más ingratos está Luis Buñuel, que olvidó citar en sus memorias a Concha Méndez, con la que mantuvo un prolongado noviazgo de siete años que pudo desembocar en una boda si el director no hubiera decidido marcharse a Francia; o Salvador Dalí, que ignoró a Maruja Mallo, a pesar de que compartían visiones comunes hacia la pintura y con la que coincide en la Escuela de San Fernando. La pregunta sin responder es qué habría sucedido si García Lorca no hubiera sido asesinado. Él conoció a muchas de ellas y con una, Margarita Manso, según Dalí, mantuvo su única relación sexual con una chica. «Manso era transgresora, liberada, practicaba una sexualidad libre. Si tuvo lugar ese juego erótico con Lorca, desde luego, fue en igualdad de condiciones y no pasó de ser unos amigos pasándolo bien. Ella era un reto para mí. No tiene una obra, pero encarna mejor que ninguna lo que perdieron estas mujeres después», explica Balló. Margarita Manso, guapa, sensual, inteligente, rompió los burdos esquemas de su época para contemplar cómo la barbarie del sectarismo y la guerra le arrebataban a un amigo, Lorca, y a su marido, Ponce de León, falangista asesinado. Aunque ella, probablemente jamás suscribió la ideología de su pareja, esa muerte le afectó. Jamás tomó el camino del exilio y después de esos años de libertad, acabó desapareciendo en una existencia insípida y sin metas. «Su alma transgresora muere en el 36. A partir de ese momento es una vida de supervivencia, que no le pertenece, pero que le toca vivir».

Una escultora genial

Muchas de estas mujeres son conocidas hoy por su amistad o la relaciones que mantuvieron. Rafael Alberti recordaría, después de un largo silencio inducido, con toda probabilidad, por María Teresa León (otra «sinsombrero»), a Maruja Mallo, que regresó a España y volvió a recibir la luz de los focos cuando se recordó que había compartido andanzas con esos dos genios que fueron Dalí y Lorca. Pero quienes no olvidaron jamás fueron Juan Ramón Jiménez y Zenobia. Ellos siempre tuvieron presente a Marga Gil Roësset, esa escultora arrebatada y menuda que desbastaba el duro granito con manos frágiles y que acabó suicidándose por amor a JRJ, y del que nos queda la leyenda de su nombre y su obra destruida. «En ella latía un ideal artístico. Es incapaz de residir en un mundo imperfecto. La vida real no le satisface y trasluce esa insatisfacción en un amor imposible. Ella, creo, se enamora de su propio ideal artístico, que no es posible y, por eso se quita la vida. No tenía otro final. JRJ es la excusa para dar sentido a la muerte de un ideal artístico, porque no hay nada más bello que el amor ni amor más perfecto que el amor no correspondido en el mundo de Marga y JRJ da nombre a ese concepto».