Boulez: Sonidos puros

El compositor y director de orquesta francés Pierre Boulez
El compositor y director de orquesta francés Pierre Boulez

Boulez tenía a gala el partir de cero cuando estudiaba y analizaba una composición pretérita. Se trataba de servir, de forma escrupulosa y objetiva, todos los parámetros o agentes musicales; respetar la voluntad del creador. Suponiendo que sea posible realmente averiguarla a través de las meras notas. El voluntario olvido de la historia defendido por el director francés concedía a sus recreaciones una estimulante transparencia, una tensión vivificante y proporcionaba a veces una agradable y fresca sensación de novedad. Y ello pese al arduo y agotador trabajo de ensayos, que para él no se distinguían gran cosa del concierto en sí, que por ello no entrañaba ese algo de misterioso o de mágico que se le suele asignar y que era una de las sacrosantas verdades de los directores de pasadas generaciones.

La verdad es que los criterios, muchas veces traducidos a palabras, de Boulez, eran bastante esaboríos, desabridos y en exceso racionalistas e intentaban despojar a la música de algunas de las pretéritas adherencias; lo que tenía el peligro de despersonalizar demasiado un arte que tiene mucho de poético. Cualquier poesía se esfuma ante frases como las siguientes: “el sonido no es otra cosa que unan superposición de ondas” o “una composición es una idea deducida de otra”. No es que estas aseveraciones no respondan a la realidad; pero ésta, dicha así, resulta, además de cruda, poco estimulante. La sensorialidad del director, que buscaba así el timbre por el timbre, sin conectarlo en principio con parámetros expresivos, concedía a sus interpretaciones una pulcritud extraordinaria al tiempo que las privaba de efusión; aunque no de intensidad lumínica e incluso de ocasional incandescencia, propulsadas por un fraseo a menudo puntillista. De este modo, aplicando una terminología impresionista, Boulez estaría más cerca de un Seurat que de un Renoir, por poner dos ejemplos bastante gráficos.

En Boulez no existía casi nunca el efecto rubato y las fluctuaciones del discurso parecían estar en todo momento controladas, ajenas a cualquier veleidad no prevista. Lo que otorgaba a las exposiciones una cierta falta de amplitud fraseológica. Pueden ser no ya correctas, sino perfectas; pero con todo ello nos da la sensación de estar demasiado ancladas a la tierra, de no despegar a esos estratos superiores en los que con frecuencia anida el arte grande. Michel Tabachnik, alumno de Boulez en Basilea entre 1967 y 1971, exponía: “Lo que no he visto nunca en otros directores es esa capacidad para mostrar directamente con el gesto el análisis que acaba de hacer. Boulez no hace trabajar a sus alumnos en función del concierto. Él analiza lo que es importante en función de la interpretación.“ Lo que supone, a juicio de Dominique Jameux, que para una mente como la del el director que estudiamos “la música no existe fuera de la comunicación inmediata”.