Descubriendo a Padilla

Obras de José Padilla. María José Montiel, mezzosoprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 7 de mayo de 2018.

“Descubriendo a Padilla” es el título de la larga velada que ofreció María José Montiel en el Teatro de la Zarzuela. José Padilla (Almería, 1869-1960) fue un compositor muy famosos en su época. La misma María José Montiel le ha comparado en su entonces fama con los Beatles. Lo cierto es que compuso muchas zarzuelas, operetas, bandas sonoras de películas, canciones tan populares como “El relicario”, “Princesita”, esa “Violetera” que tomó Chaplin sin permiso en “Luces de la ciudad” y hasta el casi himno “Valencia”. Gardel, Chevalier, Montiel y tantos otros artistas llevaron sus canciones por el mundo. A los 50 años de su muerte fueron tantos los homenajes que se llegó a denominar “Año Padilla”. Hoy se recuerdan sus temas, pero no a él. Bueno es este reconocimiento ideado por el Teatro de la Zarzuela y encomendado a la mezzo madrileña.

No fue ayer, ni siquiera antes de ayer, cuando conocí a “la Montiel” en casa de Rosa Torres Pardo y Miguel Muñiz en un recital siendo completamente desconocida. Han pasado muchos años y la artista ha hecho carrera. Bien es cierto que no toda la que su arte merece y ello obliga a reflexionar los motivos.

Comentaba con un amigo, almeriense como Padilla, a la entrada del teatro que un recital así debía durar noventa minutos sin descanso. Con poco más de sesenta de música no duró eso, sino dos horas y tres cuartos. Tantos fueron los aplausos entre canción y canción; las veces que alentó a Ruben Fernández Aguirre, el inspirado pianista acompañante, a levantarse de su banqueta para saludar; las largas salidas del escenario a beber agua o a recuperarse de la emoción de cantar en su ciudad; el larguísimo descanso; las explicaciones sobre las piezas y, en fin, el alegato a favor de nuestro género y su teatro. Hay que escribirlo, fue una desmesura. Eso sí, una desmesura que entusiasmó al público.

Desde la primera canción de una primera parte francesa -“Les nuits de L’Alhambra”- hasta la repetición del estreno mundial de “Ah... Crie, mon coeur” pudimos admirar una voz en plenitud, hermosísima en timbre y color, homogénea en su extensión, un fiato amplísimo, los admirables pianos y filados, las medias voces, una artista entregada poniendo toda la carne en el asador, y una enorme capacidad teatral, quizá exagerada en los finales de piezas para provocar el aplauso. Sinceramente, hay pocas mezzos comparables en el mundo. La segunda parte fue más española, más popular, con las más famosas canciones de Padilla, que ella recreó admirablemente. “El relicario” o, muy especialmente “La violetera”, cantada desde el pasillo del patio de butacas repartiendo las flores, sonaron muy personales, con tintes nuevos. El triunfo fue enorme y aún pudo serlo más de haberse atrevido con el “Valencia”. Es una pena que Montiel sólo esté en el Teatro Real en un poster de “Luisa Fernanda” en el despacho de su director general.