El Real y el Liceo, juntos que no revueltos

Los dos teatros punteros de nuestro país reunirán sus respectivos patronatos en sesión conjunta en el primero de ellos el próximo viernes. El 10 de diciembre de 2008 ambos se reunieron en Barcelona. Hasta entonces habían pasado muchas cosas y aún más habrían de pasar en años venideros. Valga como ejemplo la larga lista de ministros de Cultura que han encabezado el patronato del Real o su constitución desde 1986: Solana, Semprún, Sole Tura, Alborch, Aguirre, Rajoy, Pilar del Castillo, Carmen Calvo, César Antonio Molina, González-Sinde, Wert y Méndez de Vigo. Doce, en treinta y un años, decidiendo qué hacer con el Real. El Liceo lo tuvo más fácil durante ese tiempo, con mayor unanimidad en el apoyo institucional al teatro y con un incendio que creó un gran movimiento civil de solidaridad. Gracias a él fue posible ampliar instalaciones y renovar estructuras obsoletas. A partir de 2007 ambas instituciones emprenden caminos diferentes. Gregorio Marañón fue nombrado presidente del Real y el Ministerio de Cultura le cedió protagonismo y gestión. Se acabaron las interferencias políticas. El nombramiento de Mortier por carambola aumentó internacionalmente el nombre del teatro al tiempo que se vaciaban sus bien provistas arcas con los ahorros de los años previos. Marañón supo enmendar la situación con un acertado programa de patrocinios, gracias al cual pudieron superarse los años de crisis y soportar que las instituciones públicas redujeran su aportación a un 27%. Mientras el Real ha ido retomando público, el Liceo lo ha ido perdiendo. Que el público se aleje de un teatro obedece a diferentes causas: una menor renta disponible, una programación discutible, una menor promoción en los medios o la existencia de otras alternativas. El Liceo sufrió la crisis y hubo que realizar aportaciones económicas adicionales tras un ERE y un cierre temporal. A Juan Francisco Marco le sucedieron Joaquín Molins y Salvador Alemany en un intento de copiar la fórmula de Marañón. El modelo madrileño se ha dejado sentir en Barcelona hasta en el «invento» de los aniversarios. Realmente no existen aniversarios que celebrar, aunque hayan recurrido a ellos para conseguir desgravaciones fiscales en los patrocinios gracias a su incorporación en los Presupuestos Generales del Estado como «acontecimientos de excepcional interés público». Los 20 años de la reapertura del Liceo y el bicentenario de la creación de la Sociedad de Accionistas son aún una mayor fábula que los 20 de la reapertura del Real o su cacareado bicentenario –primera piedra el 23/04/1818, aunque inicio de obras en 1830– pero a teatros y gobiernos les ha venido bien este invento. Todo por la ópera.