El reto Petrenko

La Razón
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La Filarmónica de Berlín ha vuelto a dar una sorpresa, tal y como en cierto sentido sucediese con Rattle, si bien para algunos no lo ha sido tanto. El caso es que la mítica agrupación ha preferido a un ruso que a un alemán, a un judío que a un dudoso antisemita. A Kirill Petrenko antes que a Christian Thielemann. A un desconocido para el gran público frente a un candidato marcado por la mercadotecnia. A Petrenko en vez de Dudamel. Su nombre figuraba en la lista de candidatos de muchos de los miembros de la orquesta, lo que llegó a sus oídos mientras ensayaba una actuación con ellos en la Philharmonie. Se puso tan nervioso que abandonó los ensayos y su hotel sin una sola explicación. Algo similar al pánico escénico de Jaime Aragall cuando dejó plantado a Karajan en un «Trovador» salzburgués. Hay artistas con muchos miedos. Franco Corelli fue otro de ellos y también Carlos Kleiber, quien las noches previas a actuaciones soñaba que se le aparecía su padre Eric amenazándole con cortarle la mano si dirigía. Me lo contó él personalmente paseando por el Cigarral de Menores. Petrenko, de pequeña estatura y muy humilde, es extremadamente tímido, de hecho resulta tarea casi imposible conseguir una entrevista con él. Es, por otro lado, un director joven a sus 43 años con no demasiado repertorio, pero específico, con el que es aclamado como una de las grandes batutas actuales. Allá por el 2000, siendo director general de la ópera de Meiningen, presentó el «Anillo». Lo llevaría luego entre clamores a Bayreuth y más tarde a Munich, su actual responsabilidad desde 2013 hasta 2018 con posibilidad de ampliación dos años más. «El caballero de la rosa», «Die Soldaten», «Lulú», «Capriccio» o una sorprendente «Lucia di Lammermoor» son parte de sus últimos títulos. Es director meticuloso, que exige mucho a los músicos pero que se comunica muy bien con ellos. Los de la Filarmónica de Viena le adoraban antes de que una enfermedad le dejase un tiempo en dique seco. No es amigo de las contemplaciones y de ahí que, como algunos otros, discutiese en Bayreuth y se propusiese no regresar. Le ha llevado al podio berlinés el enfrentamiento de media orquesta, que apoyaba a Thielemann, con otra media que no le quería ni en pintura. Han preferido la seriedad, el auténtico genio musical a los renombres populares. Y ello tras una breve relación de apenas tres programas en común. El reto es, además de no chocar caracteres tan antagónicos como el suyo y el de los berlineses, lograr vender discos, atraer público a su canal televisivo y prodigarse en giras, máxime cuando Petrenko rehúye los aviones. Sólo cabe una solución, que los berlineses consigan elaborarle y transmitir al público ese aura de los grandes imposibles, el de Celibidache o Kleiber, que convierte a casi un desconocido en un mito. Tiempo hay de aquí a 2018.