Festivales clásicos: para perder la cabeza

Honor, humor y pasión. Las grandes citas escénicas estivales comienzan con una ópera a cargo de Paco Azorín y una comedia dirigida por Helena Pimenta

Salomé (Ángeles Blancas) sostiene la cabeza de Juan el Bautista. Abajo, Julia Gutiérrez Caba, que el 3 de julio recibe el 14º Premio Corral de Comedias de Almagro

Almagro se despereza estos días de la siesta del otoño, la cabezada del invierno y el despertar de la primavera. La piedra y el adoquinado serán en breve contenedores de calor y la quietud y la cotidianeidad dejarán paso al bullicio y la actividad. La próxima semana, la localidad de palacios indianos y claustros arbolados dejará atrás esos meses en que es un pueblo manchego más para convertirse en el epicentro del teatro clásico en España, con un festival que este año celebra su 37ª edición. Fiel a su cita con un certamen del que es santo y seña, la Compañía Nacional de Teatro Clásico abre la programación con un estreno absoluto: «Donde hay agravios no hay celos» (Hospital de San Juan, del 3 al 6 y del 8 al 13 de julio). Un acto, a su vez, de desagravio hacia un gran autor del Siglo de Oro a menudo opacado por el brillo de otros: Francisco de Rojas Zorrilla (Toledo, 1607-Madrid, 1648). «Quería reivindicar a un autor cómico excepcional, que tuvo en su época y en los siglos posteriores, y a nivel internacional, una recepción extraordinaria, y que después, por una cuestión de modas, por la dificultad de la propia comedia o porque Lope es un autor que con su éxito se come a todos los demás, estaba, como dice Felipe Pedraza, un poco olvidado. Pero es uno de los grandísimos», asegura la responsable de la CNTC, Helena Pimenta, quien dirige además el montaje. Este estreno es el primero de un mes de teatro clásico en el que actuarán compañías nacionales, de Pérez de la Fuente, Noviembre y Metatarso a Ron Lalá Rakatá o Kamikaze, y extranjeras, con 369 Gradi, Teatro di Roma y la Roma Europa Festival –presentan en coproducción un «Hamlet»– o los colombianos Laboratorio Escénico Univalle, con «El coloquio de los perros», además de montajes de Francia, México y Dinamarca.

Sensual y sangrienta

Un día antes, a un par de horas de viaje, Mérida habrá vivido su propio «despertar cultural» –aunque los ritmos entre el pueblo manchego y la capital administrativa de Extremadura son bien distintos– con el arranque del Festival Internacional de Teatro Clásico, el certamen grecolatino que este año comienza con «Salomé», ópera de Richard Strauss que se estrena en el Teatro Romano (2, 4, 5 y 6 de julio) en una nueva coproducción entre el certamen extremeño y el de Música y Danza de Granada. Paco Azorín está a los mandos de esta nave sangrienta y llena de sensualidad, según afirma, para la que contará con dos repartos: el primero, internacional, encabezado por Tómas Tómasson (como Jokanaan, o sea, Juan el Bautista) y Thomas Mosser (Herodes) y «descabezado» por Gun-Brit Barkmin como la protagonista. La sangrienta petición vendrá de Ángeles Blancas en el segundo reparto, siendo John Easterlin quien perderá, metafóricamente, la cabeza por ella, y José Antonio López quien la perderá literalmente. Para Mérida es el arranque de dos meses en los que acogerá la danza de Sara Baras con «Medusa. La guardiana» (del 9 al 13 de julio), una «Ilíada» con sello griego que dirige Stathis Livathinos (18 y 19); la comedia de Aristófanes «Las ranas», a cargo del ingenioso teatro de Juan Dolores Caballero (23 al 27) y otro Aristófanes, «Pluto», dirigido por Emilio Hernández y con reparto que puede llenar un teatro como el Romano: Javier Gurruchaga, Marisol Ayuso, Marcial Álvarez, Ana Labordeta... (del 30 de julio al 3 de agosto). «El eunuco», de Terencio, será otra apuesta fuerte: Anabel Alonso, Pepón Nieto, Alejo Sauras y Jorge Calvo, entre otros, a las órdenes de Pep Antón Gómez (6 al 10). Y cerrando el programa, un «Coriolano» de Shakespeare dirigido por Eugenio Amaya (13 al 17) y «Edipo Rey», de Sófocles, dirigido por Denis Rafter (20 al 24).

Autor de obras como «Los áspides de Cleopatra», «Abre el ojo» y «Entre bobos anda el juego», Rojas Zorrilla fue uno de los autores favoritos de Felipe IV y sus obras influyeron en autores extranjeros como Scarron y Davenant. «Ésta es de sus mejores comedias –explica Helena Pimenta sobre la obra que inaugura Almagro–. El propio título tiene su dificultad: el hecho de que tengas que recrear un mundo en el que los valores fundamentales son el honor, algo ya antiguo en la época y que Rojas va a parodiar, es complicado». Comedia de enredos amorosos con el dedo puesto en la herida social de las apariencias, Rojas condensa en un día los vaivenes de sus nueve personajes. «Consigue oponer los que son defensores de las apariencias a los que las rompen, que son los criados. Lo que tiene de modernidad es cómo te presenta ese mundo tan cerrado. Es de una vigencia enorme: habla de la preocupación por crear un orden rígido que proteja todo, pero que impide el amor y los celos. Es un mundo algo calderoniano y cervantino. Los dos personajes principales son un poco Quijote y Sancho, ese desdoblamiento de los españoles... la tierra y el cielo».

Cuenta la directora que tiene «una vocación especial en combinar, en los títulos que estreno, algunos consagrados, como ''La vida es sueño'', otros no tanto pero especialísimos, como ''La verdad sospechosa'', y algunos como éste, que es una aportación para el público. En España sólo se ha hecho una vez, recientemente, y con una mirada diferente a la nuestra». Fue, efectivamente, hace dos años, cuando la compañía cubana Mephisto viajó por España con su versión. «Durante mucho tiempo las comedias se han concebido prácticamente siempre en clave de farsa y hay que añadirle esa otra mirada, más profunda, con interpretaciones actuales. Los intérpretes españoles son ya capaces de hacer mucho más que tan sólo recitar el verso».

Pese al momento que vive el Inaem, con cancelaciones de funciones por el conflicto sobre las horas extraordinarias, que también ha afectado a la CNTC, en el Clásico «está todo el mundo con ganas», asegura Pimenta. Y eso que en Alcalá de Henares hubo que cambiar la función prevista por otra de la temporada actual. El estreno en Almagro de «Donde hay agravios no hay celos» pudo haber corrido la misma suerte. «Estuvo en la cabeza de todos la duda de que podía ocurrir. Pero nos dio tiempo a reaccionar, a analizar la situación y a valorar cómo abordarlo. Reordenamos el calendario y todo el mundo ha estado dispuesto a pelear hasta el final, a hacer sacrificios». Y añade: «Todos hemos tenido la preocupación de que el conflicto siguiera, de que se agrandara. Por suerte, hubo una toma rápida de decisiones y la gente ha estado muy comprometida con el trabajo». La máxima es ya conocida: «El espectáculo debe continuar».

La misma motivación sin duda inspira a Paco Azorín, quien no para de trabajar. A su labor de escenógrafo –en Almagro se verá, por ejemplo, en «Las dos bandoleras»– suma últimamente la de director. «Salomé», la apertura de Mérida, es su tercera ópera tras «Tosca» y «La veux humaine». «La sangre va a correr, ya se huele –responde entre risas Azorín, preguntado por el nivel «gore» de su montaje–. Lo pide la pieza. Estuvo prohibida durante mucho tiempo después de su estreno porque eso de ver a una mujer paseándose por el escenario con la cabeza cortada de un hombre chorreando sangre, si todavía hoy es una imagen fuerte, imagínate hace un siglo lo que debió de ser». Aunque, más allá de lo impactante, asegura, «lo que he hecho ha sido escuchar atentamente la música, porque ahí está todo. Y en ese final, con la cabeza de Jokanaan, la partitura tiene dos ingredientes: uno patético, en el sentido de la tragedia griega, y otro muy sensual. El aria que canta ella al final es de la música más sensual que he escuchado en la vida, un canto espasmódico y sexual». Una pulsión que está en la célebre danza de los siete velos. «Hacía falta un elemento espectacular, llamativo, y para eso solicité la ayuda de Víctor Ullate». El coreógrafo y el director presentan la famosa escena en que Herodes queda fascinado por su hijastra en un juego de personajes desdoblados en cantantes por un lado y bailarines por otro. «Lo hemos ambientado todo en un mundo muy oriental, aprovechando lo que éste tiene de sensual, acalorado y exótico, frente al occidental, que siempre es más frío».

Para Azorín, cuando la «Lolita» Salomé se encapricha de la cabeza del Bautista, su exigencia al heresiarca de Jerusalén a cambio de un beso «no es sólo literal, sino un poco poética: quiere la vida, el ser de ese hombre para ella». Y recuerda el escenógrafo y director que, cuando Oscar Wilde escribió el drama en el que Strauss basó su ópera, «fue la primera vez en la historia en que se habla de que una mujer puede tener un deseo sexual, y lo expresa y tiene derecho a sentirlo. Esa lectura está en esta puesta en escena. También es una mujer libre: esta ópera habla mucho de la libertad, con las prevenciones de que la de un individuo acaba donde empieza la del otro». Y va más allá: «Es parecido a la educación ahora: el niño está en su derecho de solicitar lo que quiera. Lo que pasa es que siempre hace falta alguien que le diga dónde están los límites de su libertad».

Resulta complejo reflejar este aspecto infantil y caprichoso. Las sopranos, obviamente, no pueden tener 16 años. «Strauss escribe para voces hechas y derechas. Es complicado encontrar una soprano de menos de 40 años para hacer Salomé. Y encuentras incluso cantantes haciendo el papel con 60. Nosotros tenemos a Gun-Brit Barkmin, que ha cantado el papel por toda Alemania y que tiene una imagen muy candorosa, naïf, lo que nos ayuda mucho. En el reparto español, Ángeles Blancas debuta el papel. Tiene un carácter muy distinto, pero es una fiera del escenario. Es un Miura: cuando sale, que se aparten el público y la orquesta, porque ha aparecido Salomé Blancas. Con ambas hemos tratado de trabajar la parte más sensual, no sólo los tópicos. Siento una necesidad tremenda de huir de las imágenes hechas, porque al final no significan nada. Intentamos entender quién es Salomé, sin juzgarla y, desde luego, sin hacerlo desde la religión católica-cristiana, ese bien y ese mal tan maniqueos. Salomé es un espíritu libre pero con un error de concepción sobre los límites de su libertad».

Viejos conocidos de la compañía

Desde su llegada al Clásico, Pimenta ha apostado por tener un núcleo de actores habituales pero dejar las puertas abiertas en cada producción a rostros nuevos. «Es bueno mezclar para que nadie se acomode y que podamos seguir alimentando la creación. Hay mucha gente y tenemos la obligación de abrirnos a más profesionales. Y es un sistema que ha funcionado muy bien», explica la directora. Rafa Castejón, Marta Poveda, Fernando Sansegundo –quien además firma la versión del texto–, Óscar Zafra y David Lorente vuelven a protagonizar juntos una producción –todos estuvieron en «La verdad sospechosa»– y se les unen Clara Sanchis (en la imagen, con Lorente), Natalia Millán, que regresa a la Compañía, donde debutó en tiempos de Marsillach, y Jesús Noguero, en su primer papel con la CNTC.