Flórez galvaniza a Pesaro

Crítica de ópera / Rossini Opera Festival. «Misa de Gloria» y «Cantatas». Solistas. Coro del Teatro Comunale de Bolonia. Filarmonica Gioachino Rossini. Dir. musical: D. Renzetti. «L’inganno felice». Solistas. Orquesta Sinfónica G. Rossini. Dir. musical: D. Vlasenko. Dir. escénica: G. Vick. Adriatic Arena y Teatro Rossini. Pesaro, 15-VIII-2015.

La Razón
La RazónLa Razón

Cada aparición de Juan Diego Flórez en el Festival Rossini de Pesaro es todo un acontecimiento, hasta el punto de hacer casi saltar por los aires la calma de la tranquila ciudad adriática. No olvidemos que aquí se produjo su consagración internacional, siendo casi un niño, como el noble veleta Corradino de «Matilde di Shabran», al que siguieron prácticamente todos los títulos del compositor aptos para su voz, desde el Don Ramiro de «La Cenerentola» hasta el Arnold de «Guillaume Tell».

Este año no abordaba ninguna ópera, sino la «Misa de Gloria», destinada por Rossini a la Cofradía de los Siete Dolores de Nápoles, para la que Pergolesi había escrito su sublime «Stabat Mater» –y que se tocó, por cierto, el mismo día que la nueva composición, el 24 de marzo de 1820. Aunque la pieza no alcanza la altura de otras obras sacras del autor, revela un buen oficio, dominio del contrapunto y las líneas vocales, con momentos de gran lucimiento, pensados para dos célebres divos de aquel entonces, el tenor G. B. Rubini, de quien el peruano es hoy su más claro sucesor, y el castrato –ya que seguían sin estar permitidas las mujeres en la iglesia– Moisè Tarquinio, encarnado en nuestros días por la soprano norteamericana Jessica Pratt. Ella fue también la destinada para dar vida a la reina de Cartago en la cantata «La morte di Didone», donde, de pronto, apareció el verdadero Rossini en toda su plenitud dramática, con una página cuyos saltos vocales de escalofrío revelaban toda la desesperación de la despechada mujer.

Graham Vick inició su relación con el certamen en 1994 con «L’inganno felice». Desde entonces, el regista británico ha acudido con regularidad, presentando montajes tan espectaculares como los dos «Moisés» –el italiano y el francés– o el mencionado «Guillaume Tell». Su acercamiento a esta farsa de juventud es más modesta, pero lleva su indiscutible firma. Ha situado la trama en la época del estreno (1812), con las guerras napoleónicas como telón de fondo, lo que concede a esta inocua historia de enredos amorosos una nueva urgencia. Rossini, que aún no había cumplido los veinte años, crea una música fresca, donde se aprecia su gusto por la melodía y la instrumentación, el dominio de los adornos y un especial esmero en la caracterización de personajes. Bajo la animada batuta de Denis Vlasenko se movió un cuidado elenco vocal, en el que destacaron la soprano Mariangela Sicilia, el tenor Vassilis Kavayas o el veterano bajo Carlo Lepore, junto al barítono Giulio Mastrototaro, toda una revelación.