Cleveland

Las bambalinas de una noche que invita a bailar

Kynan Johns, en el foso con la Orquesta Santa Cecilia, y la soprano Elena Monti hablan de la primera cita lírica del año al ritmo de valses, zarzuelas y canciones

El director australiano (en la imagen) durante uno de los ensayos previos al concierto en el Teatro Real
El director australiano (en la imagen) durante uno de los ensayos previos al concierto en el Teatro Reallarazon

El ensayo no ha comenzado todavía. En la cafetería del Auditorio Nacional, el recinto donde trabajan, reina un tumulto joven y alegre. Se nota que hay mucho amigo que se alegra de verse, que se reúne con compañeros con los que hay sintonía; también mucha energía y ganas de bromear y de trabajar. Es día 30 de diciembre. Faltan apenas 36 horas para Nochevieja y se aprecia en el ambiente. Pero aquí están todos, preparados para ensayar. Porque las que quedan –quedaban entonces– para la gran cita, el Concierto de Año Nuevo, son poco más de eso, apenas dos días y medio. Les espera el Teatro Real. Ellos son la Orquesta Santa Cecilia, una formación de calidad, pese a los muchos rostros jóvenes que en sus filas se ven. Y por segundo año consecutivo, el pasado 1 de enero se saltaron las celebraciones para trabajar en lo que les gusta: interpretar a los clásicos. Lo hicieron a las órdenes de una batuta de renombre curtida en fosos internacionales, la de Kynan Johns. Y, eso sí, como obliga la ocasión, de forma festiva, con un repertorio vivo, casi podría decirse que bailón, en el que los valses y las operetas convivieron con canciones y zarzuelas. En la primera parte, la obertura del «Fledermaus», el «Murciélago» de Strauss hijo. Y, a continuación, «La canción de la Luna», de «Rusalka» (Dvorak). La familia Strauss fue la gran protagonista, como es de ley en este tipo de citas, que son ya un clásico en varios países: «Banditen Galopp» (op.378), «Trish Trash Polka», «Paris Walzer op.101», «Ohne Sorgen», las «Voces de Primavera» («Frühlingsstimmen Walzer»); «Sphärenklänge Walzer op.235»; «Carmen Quadrille» (op. 134)...

Volvamos al día 30: es una ocasión especial y todo debe salir bien. «Recordad que el público ha pagado para veros 150 euros», les dice, educadamente y a modo de motivación, el director a los músicos – 180, le corrige alguno–. Efectivamente. Es una ocasión especial, en un día singular y con precios a la par. Aunque, acaso, para los profesionales no sean recitales especialmente complejos. El maestro no sólo desmiente esto, sino que subraya lo contrario: «Los conciertos de Año Nuevo pueden, de hecho, ser más duros para la orquesta y para el director que otros, porque hay en ellos muchas piezas, y eso implica muchos tempos. Cuando interpretas una sinfonía, te mantienes en el lenguaje de una única obra, y sabes cómo debe ir. Pero aquí se trata de muchas breves, y hay mucho ‘‘rubato’’, mucho tira y afloja, no siempre te mantienes en el tempo, hay numerosas bajadas de ritmo y aceleraciones...». Y está, asegura Johns, «el estilo tan particular de los valses vieneses. Tienen que tener ese sensación de libertad, de danza. Para un vienés es fácil. Socialmente tiene un sentido muy sencillo: cuando andas, estás bailando el vals, vas marcando el ‘‘un, dos, tres’’. Debe tener un cierto balanceo para lograr transmitir esa sensación de que estás danzando con los pies». Johns no se muerde la lengua: «Eso es algo único en Viena y los directores tratan de incorporarlo a sus orquestas. Algunas, sencillamente, no son capaces de hacerlo. Yo traté de llevarlo a América hace algunos año... pero es algo propio de Viena». El maestro ha viajado por medio mundo y ha dirigido formaciones en Cleveland, Sidney o Israel. Y, por supuesto, en Viena. En España, es director asistente de Lorin Mazzel y de Zubin Mehta en el Palau de les Arts Reina Sofía. Ha ayudado a Maazel en Covent Garden, ha dirigido en Pekín, Ámsterdam –al frente del Concertgebow– y ha llevado las riendas de la Filarmónica de La Scala. Desde 2003 está al frente de la Orquesta Rutgers, de Nueva Jersey, aunque algunos de sus proyectos inminentes le atan a España: la «Cuarta Sinfonía» de Tchaikovsky en Madrid y varios conciertos con la Sinfónica de Asturias. Tampoco es su primer Concierto de Año Nuevo: los ha dirigido en Holanda (2013), en Lisboa (2012)... «¡Me tocan siempre!», dice con aire divertido. En ese currículum, le faltaba hasta el pasado jueves una marca: el Teatro Real. «¡No había estado nunca! Me apetecía mucho. Llevo desde hace dos años trabajando en Valencia, y he dirigido muchas veces antes en el Auditorio Nacional, pero nunca antes lo había hecho en el Real, así que me apetecía realmente».

Johns estará al frente de unos 70 músicos, aunque la Órquesta Santa Cecilia ha llegado a reunir en otras citas hasta 150 intérpretes. El director subraya, sobre el espíritu festivo de esta cita, algo importante sobre esta orquesta creada en 2007 por la Fundación Excelentia: «Sonríen cuando tocan. Muchas orquesta no lo hacen, y en ésta se lo pasan muy bien. Es algo que tiene que ver en parte con el programa, en parte con la calidad de los intérpretes, que es muy alta, y con el hecho de que no son músicos atados de forma permanente a la orquesta, sino una especie de músicos ‘‘freelance’’: vienen porque quieren, no porque estén obligados por ningún tipo de contrato. Para ellos no es un trabajo, sino algo de dinero extra, y se animan a venir porque les apetece. Es un ánimo diferente».

Dos voces acompañaron a la orquesta: la soprano italiana Elena Monti y el tenor peruano Andrés Veramendi. «Es un concierto para Año Nuevo y para celebrar la Navidad, así que es todo alegría», explicaba a LA RAZÓN Monti fuera del ensayo. Su voz cálida había invadido antes la sala con un fragmento de «Rusalka» en la que el maestro no ha tenido que intervenir ni repetir. Ha salido perfecto, un abrazo de notas desde un instrumento privilegiado, el que posee esta soprano nacida en Milán que tiene entre sus papeles la Naide de «Armide», la Rosina de «Il Barbiere di Siviglia» o la Adina de «L’Elisir d’Amore», pero también Mimi en «Bohème» o Susanna en «Le Nozze di Figaro», entre otros. Con una presencia imponente y una calidez sin pretensiones, la soprano, que ha trabajado con Abbado, Gatti, Muti, Temirkanov y Albrecht, explica: «Son arias bellas y famosas». Y cuenta con entusiasmo lo que le pide al concierto: «Mi primera esperanza es que el público sienta lo que quiero transmitirles, esa empatía, el sentimiento y el corazón que pongo cuando canto. Muchos cantantes tienen una voz hermosa, pero hay que echarle corazón. Eso es lo más importante cuando cantas: emocionar al público y emocionarte tú».

Solomillo variado

La familia Strauss no es la única presente en una noche que acude a Puccini –especialidad de Monti– con dos conocidas arias, «Nessun Dorma» y «Oh mio Babbino caro», a M. Penella con el dúo de «El Gato Montés» «Torero Quiero Ser», y a Sorozábal, con «No puede ser», entre otros momentos, que incluyeron «La flor de la canela», de Chabuca Granda. No era una inclusión gratuita: el tenor de la velada, Andrés Veramendi, es un peruano instalado en Madrid desde 2001. El homenaje a su compatriota, la gran cantautora, era obligado. Veramendi (1979) es una voz lírica pura, acostumbrada a Verdi, Puccini y Donizetti. Kynan Johns habla con pura pasión del repertorio que defienden en escena: «Es música buena y ligera. Tocar a Strauss siempre te hace sentir feliz. Tiene ‘‘joie de vivre’’, la alegría de vivir, lleva a bailar y es una tradición en Viena. Y es buena música, verdadereamente buena». Pero el batuta hace un matiz importante: «Hablo de todo este programa, no sólo de Strauss. Si vas a Viena, sólo oirás a este compositor, a él y a todos los hermanos Strauss. Pero en este programa tenemos una segunda parte más española con zarzuela, algo de Puccini, algo de Verdi... Tenemos un menú muy agradable, para no tener que comer siempre el mismo solomillo», dice entre risas y pronunciando ese «solomillo» en español.

Poco champán

Para cerrar, más Strauss, con una referencia esperada: «El Danubio Azul» y «Bajo Truenos y Relámpagos». ¿Y alguna excentricidad? Lo pregunto por la tradición, cada vez más afianzada, de convertir el Concierto de Año Nuevo de Viena en una caja de sorpresas, bromas y guiños al respetable. En 2013, Franz Welser-Möst, que lo ha dirigido en dos de las tres últimas ediciones, se colocó al final del concierto un gorro blanco de cocinero y llevó a la Filarmónica de Viena con un cucharón de palo en vez de su batuta. En 2012, el maestro letón Maris Jansos llevó la percusión con dos martillos, y antes, en 2006, había sacado un teléfono móvil para escenificar humorísticamente su irritación ante una imaginaria llamada; en 2008, el francés Georges Prètre sacó un balón de fútbol... Disparos al aire, champán, bailarines, confeti, flores, bromas... La cita de Viena se ha convertido en un espectáculo.

¿Y la de Madrid? «¡Me encantaría que alguien tuviera un arma!», bromea Johns, aunque explica a continuación: «Depende del teatro en el que actúas, y en este no disponemos de mucho espacio en el proscenio, así que habrá menos probabilidades de que hagamos algo. Pero invitaré al público a acompañarme con las palmas, a darlas junto al piano , a participar. Puede que hasta consigamos que canten. Soy un poco un ‘‘performer’’, un ‘‘showman’’. Sería feliz si pudiera hablar español, poder hacer algún chiste... Quizá pueda hablar un poco».

«Es un concierto festivo, y espero que podamos transmitir ese espíritu juguetón del Año Nuevo», cuenta el director. Algo parecido opina la soprano: «Es una noche para celebrar Año Nuevo y la Navidad, así que es todo alegría», explica Monti, que relativiza cualquier tipo de presión ante esta cita: «Cuando trabajas, tienes que hacerlo igual todo el año. Con energía y duro. Tienes que dra lo mejor de ti mismo». Y suelta una carcajada cuando se le pregunta si será cuidadosa la noche anterior con el champán: «¡Lo intentaré! Me iré a dormir bastante pronto. Aguantaré hasta media noche. Beberé un poco y luego me retiraré a descansar». Le digo que los lectores sabrán, a estas alturas, si ha cumplido en lo de ser una buena en Nochevieja y vuelve a reír con franqueza antes de desearnos un feliz Año Nuevo. Y «mucha mierda», una costumbre «teatrera», le explico, que ella no conocía. Pero la pilla a la primera entre risas. Seguro que no

Música de cámara y vino

Además del Concierto de Año Nuevo, la Fundación Excelentia organiza un ciclo de música de cámara en el Auditorio Nacional. Patrocinado por empresas vinícolas, el ciclo «Espacio de cámara» sirve un vino en cada concierto a los asistentes. La temporada 2014/2015 ha visto ya tres citas el año pasado –arrancó con los solistas de la Filarmónica de Viena– y tiene por delante otras cinco. El próximo será el 24 de este mes y contará con los Budapest Baroque Soloists. Le sigue el European Royal Ensemble (13 de febrero) con una tarde de tango con obras de Piazzolla. El 21 de marzo Ilia Korol dirigirá a la LVK London & Vienna Kammerorchester; la penúltima cita, el 25 de abril es con el Philarmonia Quartet Berlin –Daniel Stabrawa, Christian Stadelmann, Neithard Resa y Dietmar Schwalke–; y el 30 de mayo cerrará el ciclo el Concertgebow Chamber Solist, con el violín de Vesko Eschkenazy, la viola de Henk Rubingh, el cello de Gregor Hosch y, al piano, Ludmil Angelov.

Viena, en el centro de la tradición

El maestro Zubin Mehta dirigió el pasado día 1 a la Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo. Era la quinta ocasión en que el director lo hacía. La primera fue en 1990 y después siguieron las de los años 1995, 1998 y 2007. El concierto, que tiene sus orígenes en 1940, solamente sufrió una suspensión, en 1945, debido al deterioro de la estructura del edificio por los ataques aéreos de las fuerzas aliadas. La música es en su mayor parte de la familia Strauss (Johann Strauss padre, Johann Strauss hijo, Josef Strauss y Eduard Strauss) y sus contemporáneos.

Las flores que decoran la sala de conciertos del «Musikverein» son un regalo anual de la ciudad de San Remo (Italia).

El concierto siempre termina con varios bises después del programa principal, que termina con «El Danubio Azul» de Johann Strauss hijo seguido de la «Marcha Radetzky», de Strauss Padre. Un quiebro en la tradición en tiempos recientes fue la edición de 2005, dirigida por Lorin Maazel, cuando el programa terminó con «El Danubio Azul» como una señal de respeto por las víctimas del Terremoto del Océano Índico de 2004.