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Matthias Goerne y la tristeza

Obras de Martin, Shostakovich, Pfitzer y Strauss. Voz: Matthias Goerne, barítono. Piano: Alexander Schmalcz. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 7-X-2019.

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Allí donde afortunadamente también se proyectan ya los textos de los lied figuró una foto de Matthias Goerne con el agradecimiento por los veinte años desde su primera aparición en el ciclo que ahora cumple su XXVI edición. Goerne (Weimar, 1967) es un artista muy querido en Madrid y él también quiere a la ciudad. Son ya diecisiete veces las que ha participado en este ciclo y la cerrada y prolongada ovación al aparecer a escena se concede a pocos cantantes. Esta vez, acompañado por su habitual Alexander Schmalcz, quiso salirse un poco del guión habitual, con un programa difícil tanto para el intérprete como para el público a base de piezas de Martin, Shostakovich, Pfitzer y los más habituales Strauss que cerraron la cita. Baste decir que en estos 26 años solo dos veces se han abordado páginas de los «Seis monólogos de Jedermann» de Martin y únicamente una la suite sobre los versos de Michelangelo Buonarroti de Shostakovich. Hay sus razones. Los primeros, casi más recitativo que canto, podrían perfectamente encajar en una ópera contemporánea. Los textos de Hofmannsthal los tenemos muy presentes quienes visitamos Salzburgo, cuyo festival de verano se abre siempre con «Jedermann». Palabras angustiosas con acompañamiento austero que solo encuentran esperanza en el último lied. También tienen carácter íntimo las reflexiones sobre la vida, el amor, la separación, etc., que se reflejan en el ciclo de Shostakovich. Todas las obras fueron interpretadas sin interrupción, sin aplausos entre piezas ni bloques. Lo mismo acaeció en la segunda parte, menos reflexiva, aunque el texto final del «Morgen» de Strauss termine con las palabras «¡Oh, vasta y silenciosa paz, tan profunda en el atardecer! Qué cansados estamos de andar: ¿será esto, acaso, la muerte?». Tras este ambiente no venía a cuento una propina y no la hubo. Goerne se mostró en la plenitud de la madurez. Concentrado, matizando cada palabra, manejando las dinámicas, cambiando de color para teatralizar y ensanchando o adelgazando la voz hasta llegar al falsete. El más puro estilismo. Como siempre también, engolado y un poco amanerado en ocasiones. Nadie es perfecto.