Toros

Rolling Stones, que el diablo les guarde

Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood en un memento del concierto celebrado en el Bernabéu.
Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood en un memento del concierto celebrado en el Bernabéu.

Los Rolling Stones empezaron siendo transgresores en los años sesenta. La bragueta acuciante de Jagger, los labios lúbricos, los malos modales, menudos yernos, vaya vicio. Tabloides previniendo lo prohibido y lo inevitable. Canciones más respondonas que contestatarias, menos alentadoras del lanzamiento de adoquines y más forjadoras de un imaginario de lo que es y debe ser el Rock and Roll. De eso tienen la culpa: el rock es para jóvenes peligrosos, harapientos con el ceño fruncido, politoxicómanos en la treintena. La llegada de los Stones fue en su día el anuncio de algo nuevo. Frisando los setenta años de edad, ya no van a salvar al rock and roll ni nadie en su sano juicio puede esperarlo, porque, ya se sabe, el rock no es lugar para viejos. Puede que por eso sigan haciendo giras, para urdir su penúltima provocación. Si alguien lo hubiera dicho en los sesenta habría sonado a broma, pero anoche, en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, demostraron que siguen haciéndolo igual que ángeles (caídos). Más de 56.000 personas se dieron cita para ver a Mick Jagger (70 años), Keith Richards (70), Ron Wood (67) y Charlie Wats (73) bajo la consigna del «porsiaca», temiendo que esta sea, de verdad, la última vez. Y hasta el último que estuvo allí sabe que valió la pena cada céntimo de la entrada. Si no fuera por lo que marca el calendario, uno podría jurar que pueden seguir diez años más.

Nadie le pide cuentas a B.B. King o Chuck Berry –la inspiración y modelo de la banda–, por seguir actuando a su edad, incluso mayores, pero ellos no han tenido el éxito de los Stones. El rock no es tampoco país para ricos. Y los cuatro abuelos (literalmente) millonarios siguen en esto con mentalidad de multinacional. No son pocos a los que les enfurece este perfil de un grupo que, en realidad, jamás sopló las ascuas de la revolución ni alentó las sombras del anticristo. Mick Jagger nunca se encamó con la paz, ni aguantó las escapadas espirituales del maestro yogui de la India. Ellos culebrearon a lo suyo y sí, siempre han mirado por la pasta. Pero todo eso quedó en el olvido ayer durante dos horas delante de las leyendas en cuanto sonaron los primeros acordes de «Jumpin' Jack Flash». El de anoche fue un concierto memorable, lleno de imposible energía, un espectáculo de rock and roll como si el tiempo corriera para otros.

¿A quién le importa su posibilismo cuando suena «Simpathy For The Devil»? La única contingencia es verles o volver a hacerlo, en un escenario. Jagger hizo su aparición estelar en americana de lentejuelas rojas moviéndose sin parar un instante, con zapatillas deportivas, mientras, unos pasos por detrás, Keith Richards sonreía diabólicamente con una cinta multicolor atada a la frente y sudadera deportiva, aunque ambos cambiarán varias veces de vestuario cual «prima donnas». Todos lo hicieron, en realidad, salvo Wyman, con su impertérrita faz de jazzman. «Hola Madrid, hola España», dijo con su acento cockney, sin acabar las palabras como si fuera todavía el chico malo de barrio que fingió ser una vez. Y sin tregua se lanzó a por «You Got Me Rockin»"en la que Wood y Richards empezaron el primer duelo de guitarrazos. «Es genial estar aquí otra vez», proclamó Jagger y se desprendió de su americana, para quedarse en mangas de camisa de seda. «It's Only Rock & Roll», pero nos gusta, cantó mientras movía la pelvis adelante y atrás. Y en ese instante el video mostró imágenes de fans enloquecidas en blanco y negro y lo entendimos todo. «Tumbling Dice» sonó a la perfección con la ayuda de la banda y los coros: vaya músicos son Darryl Jones, Chuck Leavell, Bobby Keys, Tim Ries, Lisa Fischer, Bernard Fowler y Matt Clifford. Jagger cambió a la seda azul de otra camisa e interpretó «Angie», el primer número uno del grupo en España. Acto seguido, los presentes ayer tuvieron la suerte de asistir nada menos que a «Like a Rolling Stone», el mágico tema de Dylan.

Anoche, el ambiente era exactamente el de un rito intergeneracional, en un mar de millares de camisetas con la flamante lengua registrada, de esas que hoy se pueden comprar en Inditex o en el Rastro. Eso sí, de las ventas del producto oficial no todos los Stones reciben lo mismo. Su sociedad anónima (con sede fiscal en Holanda, donde los impuestos ahogan menos que en Gran Bretaña) no reparte igual los beneficios a la pareja Jagger/Richards que a los secundarios Wood/Watts. Este es un grupo de rock con jerarquías, no una comuna hippie.

Y hablando de organización, parece que entre Jagger y Richards se han superado algunas de las antiguas e insondables diferencias, esas que trazan para muchos de sus aficionados la línea que sitúa al guitarrista como el simpático y al cantante como presumido y ambicioso. El suicidio hace tres meses de L'Wren Scott, la última novia del cantante, fue un golpe duro para el músico, pero el apoyo de la banda parece ser que ha reforzado unos lazos no siempre tan estrechos, incluida una guerra subterránea que Jagger ha preferido olvidar. En «Out o Control» tuvieron su momento frente a frente, como en los viejos tiempos. Llegó «Honky Tonk Women» y Jagger sin parar de saltar, hasta que, después de las presentaciones del grupo, dejó el sitio a Keith Richards con el blues «You've Got The Silver», interpretado junto a Ronnie Wood, ambos a la acústica. Despues, una fantástica «Midnight Rambler» con Mick Taylor de invitado, «Miss You», con un impresionante solo de bajo de Darryl Jones, «Gimme Shelter», «Start Me Up», «Simpathy For The Devil» con una espectacular atmósfera de humo y luces rojas y momentos para el lucimiento de todos y los cambios de vestuario. Llegó «Brown Sugar» y «You Can't Allways Get What You Want» con la ayuda del celestial coro de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Con «Satisfaction» se lanzaron fuegos artificiales y llamaradas al cielo de Madrid y la ceniza cayó sobre las primeras filas. Faltó sólo el aroma a azufre.

Nadie puede reprochar a estos señores que hayan roto una promesa que jamás hicieron por tocar siendo viejos y ricos. Si acaso, el primer y único contrato que tienen que cumplir se firmó con el diablo, como Robert Johnson en un cruce de caminos, y sólo el podrá pedirles cuentas. Malditos sean.