Seydu: «A los africanos les digo que no se acomoden en Europa, que regresen»

Llegó a España en patera con 11 años. Tocó en la calle y después con Kiko Veneno y Alejandro Sanz. Publica «Sadaka», un disco de esperanza para Sierra Leona, donde su ONG da enseñanza a 400 niños.

Llegó a España en patera con 11 años. Tocó en la calle y después con Kiko Veneno y Alejandro Sanz. Publica «Sadaka», un disco de esperanza para Sierra Leona, donde su ONG da enseñanza a 400 niños.

Como dice Seydu, «Sierra Leona = calamidad». Aunque sus paisajes, asegura, tengan la forma de un paraíso terrenal, en nuestras cabezas se encienden imágenes llenas de dolor. Esclavismo, guerras provocadas por las minas de diamantes, niños soldado y, ahora, el ébola. Seydu publica «Sadaka», un disco lleno de sabiduría.

–Ha titulado su disco «Sadaka (The Gift)», el regalo.

–La vida es el regalo, yo lo sé bien. Cuando das un regalo, ya estás recibiendo algo en ese instante.

–En sí misma, la música ya es una ofrenda.

–Así es. Y estos tiempos incluso más, porque la música grabada no se hace para ganarse la vida. Pero si mis canciones te alimentan y te hacen volver a ti, yo vivo.

–Además, trabaja para que el folclore de su país no se pierda.

–De hecho, en parte está perdido, porque ya son muchos años de atrocidades, guerras y epidemias. La mayor parte de los artistas se tuvieron que marchar o se han muerto, y con ellos, los instrumentos y cantos antiguos. Yo emigré con 11 años, y poco a poco he buscado en mis raíces. De mi abuelo adquirí mucho de la Palm Wine Music.

–¿En qué consiste?

–Lo que pude salvar eran instrumentos de material reciclado y de desecho. Palos viejos, cables de metal, calabazas, hilo de pescar... pude salvar el legado gracias a que me fui a España. Recalé en Las Palmas, en una patera, con muchos otros.

–¿Viajó solo?

–Con unos cuantos más que he ido perdiendo por el camino...

–¿Nadie de su familia?

–No, no... gente que encontré.

–Era un niño. ¿Por qué?

–Buscaba un lugar donde la música pudiera tener sentido y en el que aprender. Eso es Occidente. En África pasa el tiempo y que alguien te apoye es sencillamente imposible. Es una tragedia, porque te quedas tirado. Muchos jóvenes hemos salido para tener una vida digna.

–¿La encontró en España?

–Sí. Con mucho trabajo. Pero escuché y mostré también lo que tenía dentro. Se produjo un intercambio. En definitiva, «Sadaka».

–¿Cómo ha sido su periplo?

–Recalé en Madrid después de las Canarias cuando todavía el Metro de Gran Vía se llamaba José Antonio. Hacía un frío atroz y nevaba, para que veas cuánto han cambiado las cosas. La vida me enseñó lo difícil que era la realidad. Lo pasé muy mal por lo menos cinco años, pero seguí con la música, tocando en la calle y el metro.

–¿Hasta cuándo?

–Pues un día estaba tocando en el pasadizo del Retiro y pasaron un par de señores. Me miraron y dijeron: «Vaya, con un tambor y un par de palos que te has inventado, qué bien tocas. Tienes mucho arte». ¿Quieres venir a tocar con nosotros? Dije que sí sin saber que eran Raimundo Amador y Kiko Veneno. Acababan de hacer un disco, «Échate un cantecito».

–Encontró a las personas más adecuadas de España.

–Sí (ríe), y a partir de ahí empezó a producirse el intercambio de África y de España. Conocí a Joe Dworniak, que es un productor que tanto tiempo después me ha producido el disco que ahora presento, «Sadaka». Todo encaja, porque Kiko había trabajado con músicos africanos para el disco y los necesitaba para la gira. Y después me llamaron Alejandro Sanz, Rosario... A todos los que les gustaba el ritmo de verdad, porque mi vida es contar una historia con el tambor.

–¿Pudo volver a su país?

–Los primeros cinco o siete años, no. Fui encontrando el camino y veía que nada cambia. Tristemente, los niños están dejados de la mano de Dios, son una herramienta más y lavan ropa o venden cosas en vez de estudiar. Yo padecí esa realidad. Canto «Return to Africa» porque nunca he olvidado mi tierra, mi vida está muy arraigada y recuerdo por lo que he pasado. Siempre les digo a mis hermanos y hermanas africanos que no se acomoden en Europa. Es verdad que aquí puedes ir al supermercado y encontrar todo lo que necesitas, pero recuerda que, si pudieses transmitir tus habilidades allá, van a ser más útiles. De esa forma, llevas dignidad.

–Así surge su fundación.

–Eso es, la ONG Diamond Child, que sólo tiene un proyecto: proveer a jóvenes de una educación para que se puedan valer por sí mismos y que no tengan que arriesgar la vida. ¡Allí hay todo para ser feliz! Pero el problema de África se llama aprendizaje. Y no hay nada tan triste como abandonar tu casa por algo no sabes si vas a encontrar. Muchos amigos que emigraron conmigo se han quedado por el camino.

–¿Cómo se siente cuando ve las noticias?

–Me veo allí, lo recuerdo todo. Imagina un segundo cómo se siente un ser humano que camina sin rumbo.

–¿La guerra ha terminado?

–Sí, pero hace un año o dos el ébola empezó a arrasar. En España nos enteramos de la enfermedad cuando supimos que había un sacerdote que se puso enfermo y el pobre se murió. A esa persona yo la conocí, era de la orden de San Juan de Dios y muy querido por todos nosotros. Dio su vida por los demás y es triste. Pero han muerto más de 12.000 personas y otros tantos están enfermos y sin tratamiento. Es un país frágil, con miles de huérfanos y familias rotas.

–¿Qué haría falta?

–Apoyo. Sabemos lo duro que es y las calamidades por las que hemos pasado. Sin ese apoyo, lo tengo que hacer de mis escasos recursos y muchos esfuerzos. Pero ¿sabes qué? Me siento grande por hacerlo. Cuando voy a Freetown y veo que los jóvenes encuentran paz y amor y a unos profesores que lo dan todo para ayudarlos, me siento feliz. Es un lugar pequeño donde la gente sueña con ser digna de su comunidad. Siempre que voy, 420 seres humanos están motivados y salen a abrazarme. Aunque no esté, si lo imagino, me da alegría. Por esto voy a luchar hasta el final.