Sokolov, un grande en un día no tan grande

Crítica de clásica / Ciclo Scherzo. Obras de Mozart y Beethoven. Grigory Sokolov, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 20-II-2017.

La Razón
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No debe resultarle nada fácil a un artista estar en gira tocando cada dos jornadas el mismo extenso y comprometido programa. A todos nos pasa, incluidos naturalmente quienes escribimos, que un día no nos encontramos tan en forma, tan inspirados o con tantas ganas como otros. Grigory Sokolov empezó su gira por España el 12 de febrero. Ha tocado en Oviedo, Bilbao, Valencia y ahora en Madrid. Junto a él los dos pianos Stenway con los que viaja y también Patrick Hinves, su afinador. Tampoco el espectador se halla igual de dispuesto para la escucha unos días que otros y cuando artista y público sintonizan ondas distintas no se produce esa comunión que precisa la música. Esperaba mucho de este recital del que para bastantes, incluido quien firma, es la máxima referencia pianística de la actualidad, muy especialmente tras las noticias que llegaban de su actuación en Valencia. No suelen ser positivas las grandes esperanzas y no lo han sido esta vez. Sokolov no tuvo en Madrid uno de esos días que guardamos en el recuerdo. Dicho esto, añadiré que un día no tan bueno de Sokolov es mucho mejor que un buen día de la gran mayoría de sus colegas. Interpretó Mozart con una delicadeza, un preciosismo y una trasparencia admirables. Fue además un Mozart compactado, con premeditada ausencia de pausa entre la luminosa «Sonata K 545», la imaginativa «Fantasía en do menor» y la sombría «Sonata en do menor, K 457», objetivo sólo interrumpido por los aplausos del público en una ocasión. Una larga y excelente primera parte en espera del plato fuerte de la segunda: la introvertida sonata Op.27, gran puente en la creación beethoveniana y la Op.32, la última del genio de Bonn y la más actual. Beethoven intuía el futuro. Las tocó irreprochablemente en sus aspectos técnicos –no siempre infalible– pero le faltó la implicación emotiva de otras ocasiones. Un excelso pianista en un día rutinario. Así impregnó de toda su fortaleza los compases iniciales de la Op.32, pero con exceso de pedal, y cuando llegó a la maravilla de las maravillas, la Arietta, ese tema con cinco variaciones, nos hizo añorar alguna inolvidable lectura de Barenboim. Sokolov no llegó a hacernos ver el tránsito al más allá que impregna esta música sublime. Sí estaban esas notas desnudas, sobre compás 9/16, pero no todo el calor que hubiera debido acompañarlas. Tras los acordes finales no cabe más que el silencio, pero los conciertos del ruso mantienen imperturbable su ceremonial y la rutina de las propinas, esta vez seis largas desde Chopin a Rachmaninov, aunque el público no las pidiese con la insistencia de otras noches. Había sido tres horas de música.